En este camino no se encuentran arrieritos.

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21, 22 y 23 de julio de 2017 es de esas de fechas que no vienen destacadas pero tú las ves con luces de colores alrededor. Etnosur es siempre el tercer fin de semana de julio. Si aún no sabes qué es Etnosur, pincha en el nombre, que ya lo expliqué en 2014.

Este año, en su XXI edición, ha vuelto a envolverse de ese espíritu cooperativo, ecológico, multicultural y lleno de vida que tanto le caracteriza. De nuevo ofrecen talleres, juegos en la calle, foros, exposiciones, narradores, conciertos, cine… ¡y todo gratis! Lo que te da la oportunidad de gastarte la pasta en probar algún plato de la gastronomía, principalmente internacional, que ofrece el Pipiripao, o de comprarte un caprichito en el Zoco.

Como ya expliqué qué es Etnosur (en general y para mí), voy a contaros, adjuntando fotos descargadas de la página de Facebook de Etnosur, cómo me lo he montado este año:

En primer lugar, gracias a la generosidad de mi amiga Encarni, volví a gozar de ducha privada con agua caliente y cama mullidita. Quien me conoce sabe que mi intención es contar con esas comodidades porque me facilita el sueño reparador previo al madrugón que me doy para hacer cola para los talleres. Etnosur para mí es más que jolgorio. No niego que me pego unos juergones de aúpa, pero principalmente me organizo para la parte práctica del festival.

Viernes, 21 de julio: llegamos por la tarde y encontramos aparcamiento cerca y pronto. Nos sorprendimos un poco. Sólo había que dejar pasar unas horas para ver cómo la población iba creciendo y empezábamos a ver duendes por todas partes. Solté la mochila y me di una vuelta por la ciudad para ver el percal. Había llegado tarde para los talleres y pronto para los conciertos, pero aún tenía la opción de asomarme por el circo. Fui sin esperanza, ya que mi experiencia me dice que al circo hay que ir con un mínimo de una hora de antelación al reparto de entradas (insisto, gratuitas). El Etnocirco es uno de los mejores espectáculos que he visto nunca. Y cada día y cada año son compañías distintas las que ofrecen sus funciones. Allá que fui, tampoco tenía otra cosa que hacer. Al llegar, me sorprendí al verme posicionada con sólo unas 50 personas delante de mí. Yo, que he llegado a hacer cola de hora y media temiendo que se acabaran los tickets justo al llegar mi turno. Nada más llegar, la cola fue creciendo a sus dimensiones habituales, pero yo ya tenía mi entrada y mi sitio a la sombra (¡milagro!) asegurados. Una vez hecha la cola para la taquilla, hay que continuar y hacer la de la entrada. Todo esto bajo el sol de julio, pero los que ya nos lo sabemos, vamos equipados con pulverizadores y botellas de agua para refrescarnos por dentro y por fuera, protector solar, sombreros, paraguas, gafas de sol… Y todo se comparte con todos porque se crea un ambiente especial que sólo se da en sitios como este. 20369625_1636918016327653_3654492139573253529_oAl entrar, hora y media después de maravillarme al ver una entrada en mis manos, unos espontáneos en el público hicieron algunas acrobacias que nos hicieron la espera más amena.

Y, por fin, ahí estaba Vaivén Circo con su espectáculo Do not Disturb. 

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Un show dinámico, divertido, absurdo y lleno de ternura donde se mezcla la interpretación con la danza y las acrobacias, todo sincronizado a la perfección. El show transcurre alrededor del montaje de una rueda que tienen que crear a partir de cuatro piezas que, uniéndolas, darán paso a diferentes formas y aventuras: puedes verlos perfectamente paseando a caballo o en barco, entre otras. Fin del circo, boca abierta.

Mi próximo paso es por el Pipiripao. Es buena hora para cenar y hay muchas personas que han pensado como yo. Busco algo sano y diferente. Empiezo con algo que debía haber hecho hace mucho tiempo, ya que el zumo de caña de azúcar es lo primero que te encuentras cada año y nunca lo había probado. Este año iba decidida y muerta de sed, así que me pedí uno y me habría tomado tres sin enterarme. Aderezado con un chorrito de limón, me resultó delicioso. Además, este año he sabido que la bebida se llama guarapo, aunque tampoco lo supieran quienes lo elaboran. En un puesto de comida griega ofrecen spirelli crudos, así que decido probarlos con pesto rojo. Yo ya los preparo en casa, pero dándoles una vueltecita en la sartén. Realmente quedan al dente y le puedes poner cualquier acompañamiento. Y no, no fueron una buena elección, no sentí que me entusiasmara la idea de comer algo frío cuando llevaba dos horas con la rebeca puesta y tampoco me gustó la falta de sabor. Me la jugué y de eso se trata. Como no estaba satisfecha, me pasé por la sorpresa de este año y el que, para mí, ha hecho las delicias del Pipiripao esta edición: Mandala Helados, unos helados artesanos que preparaban uno a uno sobre la marcha. Claro, tenías que tener paciencia. Una buena forma de pasar el tiempo era observar cómo el helado iba solidificando y cómo se mezclaban los colores. Realmente la espera mereció la pena. El primer helado fue de mango decorado con plátano deshidratado y galleta triturada. Me voy de conciertos con la barriga contenta.

Desde el Pipiripao escuché a Seydu, original de Sierra Leona, regalándonos ritmos africanos. Supe que, hace mucho, había entrado en Canarias como inmigrante ilegal. Ya nunca miraréis igual a aquellos que huyen en patera, ¿eh? Seydu, siguiendo a su abuelo, fabrica instrumentos con materiales reciclados. Es, en sí mismo, Etnosur recogido en una persona.
20280659_1636925296326925_5235563961010628438_oEl punto culminante de la noche fue el siguiente concierto, uno de los más esperados de esta edición, el de Youssou N’dour, premio Etnosur 2017, llevando la música senegalesa a cualquier punto del planeta. Y esta vez estaba yo en ese punto para verlo. Carismático, divertido, comprometido con asuntos sociales y políticos, supo transmitirnos su pensamiento y su cultura. No importa el idioma si lo sabes decir con música y danza. De camino a casa escuché a Cabruéra, un grupo musical brasileño que mezcla rock y funk con ritmos brasileños cuyo género no sabría citar sin hacer una búsqueda. Y llegué a casa.

Sábado, 22 de julio: Pensé que la pereza iba a poder conmigo cuando tras haber dormido apenas 4 horas, sonó el despertador. Quedar con Rosa me motivó. Suelo hacer los talleres sola, pero saber que alguien contaba conmigo, me sacó de la cama. 20369563_1636936049659183_1526273761648646007_oÍbamos al taller de Mindfulness, impartido por Santiago Orea. Fue difícil elegir entre este taller, el de Ser Payaso, Velas ArtesanalesSandalias Descalzas Construcción de Instrumentos. Pero había que elegir y fue más fácil elegir de los dos que más le interesaban a Rosa que entre los casitodos que me interesaban a mí. El hecho de que una hora antes del taller, el aforo ya estuviera completo, también ayuda a descartar…

(Si me lee alguien de la organización, que me consta que sí – por cierto, un beso – habría que ir regulando los de las “listas ilegales” que, en este caso, se abrieron incluso antes de las 8:30 de la mañana, por lo que a veces ya no asegura nada ir con una hora de antelación).

El taller de mindfulness fue interesante por escuchar a una persona contando su transformación. Lo escuchas y no te crees la evolución ni física ni psicológica que ha experimentado el monitor porque un día decidió que esa no era la vida que quería para él. Por lo demás, no me pareció muy diferente a otros talleres de meditación que ya había hecho, lo que no indica que no fuera bueno, sino que igual, como aquellos spirelli, no fue mi mejor elección de esta edición, sólo porque habría preferido experimentar algo diferente. De mindfulness fuimos a desayunar y a pasear por el microclima del Paseo de los Álamos mientras sonaba la música de Ogun Afrobeat y, más tarde, The Nomadubs. La tarde la pasé con amigos y preferí su compañía a otra cola para el circo. De todos modos, siempre voy al circo sólo uno de los días (creo recordar que únicamente en 2006 fui viernes y sábado), porque de otro modo resulta agotador y en total son 6 horas empleadas haciendo cola. Tiempo que se puede aprovechar en otra cosa, por mucho que compense ver un espectáculo de esas dimensiones. En Etnosur hay siempre mucho que hacer. Tampoco tenía la energía suficiente como para hacer 2 horas de danza con Kata Kanona y su taller Báilale a la tierra. Escucho a mi cuerpo y sé que hice bien no forzando, pero me quedé con las ganas de hacerlo. La noche llegó y el Pipiripao ya estaba en marcha. Decidí ir a lo seguro, a mí nunca me sobra un pad thai, así que fui a uno de los dos puestos que ofrecía noodles y entre el que tenía curry y el que no, me quedé con el que no. A lo seguro dije que iba… mis noodles con verdura eran verduras con noodles. Verduras cortadas demasiado grandes que hacían que no fueran agradables, al menos para mí. Así que acabé retirándola y tomando sólo los noodles de arroz. Me quedé con hambre, claro (Rosa y yo, con la charla, nos habíamos olvidado de comer a mediodía). Así que pensé: “voy a ir a lo seguro de lo seguro”. E hice algo que no suelo hacer: comer algo que me puedo hacer en casa. Fui al puesto de las pizzas y pedí una porción (1/4). Ya era algo funcional, tenía hambre, dos decepciones habían sido suficientes, nunca me había pasado en estos sitios, y creedme cuando digo que algo he probado ya allí. Esa pizza me pareció un regalo divino. Creo que sólo he probado una que se le acerca, pero no la supera. Y bueno, después del disgusto, hice algo que no pensaba repetir (“al lugar donde has sido feliz…”): me pedí otro helado en Mandala Helados. Esta vez, de chocolate (ya no estaba para hostias) con lacasitos y plátano deshidratado (otra vez). La pareja que atendía ese puesto me pareció de lo más encantadora. Y ahora sí, con más gula que hambre, me llené de gloria. Así, hecha una bola y con ganas de pillar una cama, me di una vuelta por los puestos mientras sonaba la música en directo de Pascuala Ilabaca y Fauna, un grupo chileno que no sabes muy bien por dónde te va a salir ni por qué son se guía, pero que hizo las delicias de quienes estaban allí, en calidad de espectadores o, como yo, de oyentes lejanos mientras hacía unas compras. Antes, durante la cena y recena, sonó Shiva Tantra, pero no puedo decir mucho de ellos, ya que he de reconocer que no le presté mucha atención, al estar compartiendo mesa con dos familias con muchos niños pequeños dispuestos a compartir asiento, risas y juegos. 20449200_1636940382992083_1214456328817814728_oY el grupo más esperado de la noche fue Aterciopelados. Si el viernes primaba la cultura africana, la noche del sábado era de los latinos. De esta actuación me rechinó (claro, que la gira se llama Relucientes y Rechinantes) el hecho de que Andrea, la vocalista, destacara continuamente las diferencias entre españoles y latinos y que dijera en varias ocasiones que seguro que no la estábamos entendiendo, que no nos sabíamos las canciones y que teníamos cara de no saber de qué iba aquello. Lo hizo con todo el buen rollo del mundo, pero a mí aquello me desinfló. Escúchame, Andrea, entendimos a Youssou, con quien ni siquiera compartimos idioma y quien hablaba inglés a duras penas. Entendemos la diversidad, entendemos la música, somos Etnosur. De esta actuación destaco su discurso feminista y de fomento del amor propio. La música me dio más igual, me dijo que no la iba a entender y me puse en actitud de “pues vale” (sí, yo, la que ya sabéis algunos que escucho a un grupo israelí que sólo canta en hebreo, entre otros). Tampoco creo que haya que entenderlo todo porque en las expresiones culturales no hay una manera única de entender las cosas. Proyecta la película que quieras y pregúntale a quienes la ven. La película se habrá convertido en tantas películas como espectadores ha tenido. Igual con la música. Me fui a dormir, estaba rota. Porque al día siguiente…

Domingo, 23 de julio: El más que deseado taller de 20414055_1636931119659676_6557106772851924563_oAcroyoga me esperaba por fin. Pero, ¿qué me encuentro? El taller es a las 11, paso antes de las 10 y ya está el aforo completo. Es de 50 personas y me apunto como suplente. Soy la número 73 y no sé muy bien qué hacer. Me dicen de la organización que había gente apuntándose dos horas y media antes. Don Etnosur, no entiendo muy bien esa forma de organizar los talleres. En 10 ediciones no he visto tal cosa. Me voy a desayunar. Estoy sola, claro, pero vienen 3 personas cuando el bar está lleno y en la mesa que ocupo hay 3 sillas libres. Las ofrezco, aceptan mi compañía y uno de ellos me felicita por tener “espíritu Etnosur”. Me gusta. Me acerco al taller de Acroyoga y sólo unos pocos de los nombrados estaban allí, aún hay esperanzas. Resulta que con las listas ilegales la gente se apunta a todos los talleres, pero luego tienen que decidirse por uno porque se solapan. Me atrevo a decir que allí no estaba ni la mitad de los 50 primeros que se apuntaron, así que llegó mi turno y lo celebré entre las risas de quien me oyó gritar un “¡Soy yo!” emocionado y estridente cuando oí mi nombre. Ese taller es lo mejor que me ha pasado en esta edición. Acroyoga Mandala helados. Al principio todo pintaba mal: la lista de espera, algunas de las personas con las que me tocó compartir experiencia… pero luego todo se pone en su sitio. Normalmente nunca he tenido problemas de ningún tipo en Etnosur, pero coincidí con personas que habían hecho el taller el día anterior (organización, por favor… un poquito de compartir, un poquito de espíritu Etnosur) y no respetaban los ritmos de quienes estábamos viendo y haciendo aquello por primera vez. Contaban con ventaja y querían que quedara claro. Pero llegó quien salvó ese momento y me dijo: “oye, ¿me vuelas?”. Dudé. Me sacaba una cabeza y debíamos agruparnos por tamaño, pero que sobrepasara mi altura era menos arriesgado que hacer acrobacias con alguien que no me inspiraba confianza al no dejarme asimilar los conocimientos al ritmo de mi propio cuerpo. “Sí, claro, a ver…”. Primero intentó hacerlo él, pero resulté ser mejor base que voladora. Así que, chico de sonrisa preciosa, perdona que no recuerde tu nombre, pero tuve tus 70 kilos en horizontal sobre mí, sostenidos únicamente por mis pies y creo que no me he sentido tan poderos en mi vida. Nos atrevimos con muchas cosas y en una de ellas nos dimos cuenta de que físicamente no éramos la pareja ideal para estas cosas, pero nos lo tomamos como se lo toman dos personas que son idóneas en muchos otros aspectos. Al terminar todo, lo busqué, nos abrazamos y le di las gracias por haber hecho posible que fuéramos tan buen equipo (también saludé a su novia, que os estáis emocionando demasiado). Y este día no pudo dar para mucho más, que quedaba recoger, dejarlo todo como si no hubiéramos estado, comer y marchar a casa.

Como veis, en Etnosur nunca se pierde el tiempo si te lo sabes montar bien. Siempre hay algo que hacer, siempre hay alguien con quien hablar y se crea un ambiente en el que el espacio se comparte de verdad y se hace con gente que te va a sonreír, que te va a tender la mano o te va a refrescar con una pistola de agua cuando el calor aprieta. Quería centrarme en mi experiencia, pero no puedo evitar seguir contando maravillas de lo que este festival significa en general. Espero ansiosamente poder contaros cómo me lo paso en la próxima edición.

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