En este camino no se encuentran arrieritos.

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¿Sabes eso que hacemos de pagarle a alguien para que te diga algo que sabes pero que tú no te dices? Pues en un mecanismo muy parecido alguien me dijo que tenía que emplear esas horas en algo. Obvio, ¿eh? A veces tiene que ser otra persona la que te diga las cosas para oírte a ti mismo desde fuera. img_3315Fue así como empecé a crear mi propia agenda. Eso sí, después de tirar otro montón de papeles que acumulaba de la carrera, otra de esas cosas que siempre posponía y por la que nunca estaba contenta con el poco espacio en esos estantes. Las prioridades las estableces tú. Las “tonterías” en las que emplear el tiempo, por exceso o por defecto, dependen de ti. Te lo dice una persona que suele desayunar dos tostadas, una de cada sabor. A ver si no es importante, por ejemplo, el orden en el que nos comemos cada color en un helado de corte.

Fue en agosto cuando empecé a crear mi agenda particular (- ¡Madre mía, qué cantidad de idiotez tiene esta mujer en la cabeza! – ¡Sigue leyendo, carajo!). Decidí compartirlo en alguna red para generarme una especie de compromiso y poder terminarla. Hubo quien me dijo que quería ver los progresos y también quien me recomendó lugares donde las vendían hechas por muy poco precio. Si tenéis la sensación de que sólo estoy diciendo cosas obvias, lo corroboro. Ante la recomendación de lugares para comprarla, mi respuesta siempre fue: Pero esas no se llaman “mía”. 

Cuando busco una agenda, la quiero de septiembre a agosto. ¿Sabéis qué? No existen. Si la quieres de un año, es de enero a diciembre. Si comienza en septiembre, habitualmente termina en junio. Una vez encontré una que terminaba en julio. En otra ocasión, una agenda tipo escolar, contenía páginas en blanco, por lo que pude continuar usándola a mi conveniencia hasta el curso siguiente. Todo esto, sumado al hecho de que cuento con varias libretas que no uso, me llevó a crear una a mi medida. Tenía una libreta de anillas, de pasta dura, con la contraportada más ancha y con un tubo para meter en el boli.  Además, se cerraba con una goma. ¿Qué más podía pedirle a esta libreta? ¡Ah! ¡Sí! Que fuera agenda.

Comencé sacando material para manualidades que tenía por casa: rotuladores y washitape, básicamente. Escogí recortes de revistas y reciclé secciones de agendas antiguas. Las conservo. Aquí no consigo practicar el desapego si cada vez que decido deshacerme de ellas, las miro por dentro. Las agendas de los primeros años de universidad son auténticos diarios y muros de creatividad mío y de los compañeros que sabían que podían usarla con esos fines.

Así nació la que es mi agenda desde septiembre (¡y hasta septiembre!). Con un diseño sencillo, tapando toda huella de libreta con publicidad y amoldándola a mis necesidades. Con más espacio para los días de lunes a viernes y una sección pequeñita para los fines de semana, que, el ocio, lamentablemente, ocupa menos y, además, no se me olvida.

Fue tan grata la experiencia, que no he parado de recomendar a mis amigos que se hagan una. Pocos entienden mi entusiasmo, porque en mi recomendación no han entendido que hacer esto me mantuvo alejada de monstruos como la ansiedad o el desaliento. Por eso, en cada una de las ocasiones en las que aconsejé emprender una actividad semejante, recibí esa mirada de how dare you. Y sí, lo hice en situaciones que no creeríais. Y no, no era falta de empatía cuando respondí “hazte una agenda” al amigo que me contaba que los resultados de unas pruebas médicas importantes se iban a retrasar meses. Tampoco lo era el “hazte una agenda” cuando se retrasaba un ansiado juicio que resolvería parte de la vida de una persona. Ni el “hazte una agenda” como respuesta al “tía, que no me contesta”. Ni el “hazte una agenda” a quien su mayor problema es que las que le gustan son muy caras porque Mr. Wonderful te saca una sonrisa (¡una mierda mu’ gorda!) y mucha pasta.

Esto es sólo un ejemplo de las muchas cosas que puedes hacer para ahuyentar a los monstruos haciendo algo de provecho. Ahora, puedes dejarme un comentario, o hacerte una agenda y contármelo cuando la tengas. Donde yo digo “agenda” tú puedes cambiarlo por “bufanda”, “mueble bar”, “maqueta” o “pulseras de goma”. Allá cada uno con sus habilidades. Sin duda, lo mejor de esta experiencia es descubrir nuestra capacidad de superación con un ejercicio de lo más simple.

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He perdido el móvil y eso significa algo más.
¿Cuántas veces hemos oído eso de: “he perdido la cartera CON DINERO dentro”? Yo puedo decir que he perdido el móvil con dos años de mi vida dentro. Lo que importa no es la cartera, no es el móvil, en sí, es todo lo que conlleva su pérdida: buscar, renovar, recuperar, denunciar…

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Tanto plantearme que me lo robaran, como que se me perdiera, me deja perpleja. No soy despistada, ni a mí ni a nadie de mi entorno nos encaja que se me haya caído. ¡Si hasta cuando se me cae un pelo lo oigo! Cuando lo irremediable ya ha ocurrido, asumo los hechos con un “estaba pa’ mí”.

No es, lo puedo asegurar, apego por lo material. Llevar encima un móvil es llevarse a sí mismo a cuestas, en una de esas mochilas con mucho agarre, que no pesan.

Cuando hablé con mi madre, me quitó la tontería del posible apego cuando le dije “yo tenía un móvil” y me contestó “ya… y yo tenía una madre”. Y se relativiza todo.

Pero, ¿qué supone hoy en día perder un móvil?

Con él se fueron fotos, conversaciones y recuerdos que, como lo último que pienso es que va a dejar de estar conmigo, a veces no guardo en el portátil que, por otra parte, también podría fallar. Afortunadamente, tengo la cabeza en su sitio y no había nada comprometido, pero símplemente el hecho de sentir que mis payasadas estaban en manos de un desconocido, hacía ya que me sintiera desnuda. Lo superé pronto: esta soy yo, no tengo nada de qué avergonzarme. Yo no he entrado en tu casa, has sido tú el que ha mirado por la cerradura de la mía. Algunas fotos y vídeos se quedan allí, o en la nada, para siempre.

Según iban pasando las horas, y tras asumir que no lo iba a encontrar, iba notando cómo tengo el cuerpo acostumbrado a gestos que ya son involuntarios cuando quiero consultar la hora, cuando quiero dejarle un beso a él, cuando tengo alguna duda en la cocina o con algo relacionado con mi trabajo, cuando quiero llenar el silencio de mi casa con música, cuando necesito consultar el tiempo por si lavo hoy o mañana las sábanas (soy de las que tienden al aire)… Me di cuenta entonces de que no tengo relojes en casa. Mi hermano me regaló uno grande, muy yo, que espera en un cajón a que tenga residencia fija. El año pasado compré uno pequeño que me recordaba al recordatorio que mi madre encargó para mi comunión, pero estaba sin pilas desde hacía meses. ¿Cómo me iba a despertar al día siguiente? Mi móvil era también mi alarma. La primera y la segunda. Me di cuenta, además. de lo que es que se paralice el mundo porque me llamaban al fijo: apagar el fuego, levantarme del sofá, dejar una ficha a medio corregir, el bocado en el plato…

Mi móvil era mi calculadora, mi agenda, mis citas para el médico; mi lista de la compra – la libreta al final siempre me la dejaba en casa – ; mi calendario menstrual – aunque ahí no necesito recordatorios, pues mi menstruación llama a la puerta con objetos punzantes… pero llevar la comparativa de síntomas y el control del peso me dan tranquilidad -. Era mi contacto con el mundo, mi salir más allá que de mi casa al trabajo. Hablar con gente a horas a las que no las llamarías. Mi libro de direcciones, mi juego de palabras favorito en una nota entre otras que dicen naranjas de zumo o, martes 28 a las 17:30 o, rebeca azul o, 17 docentes. Mensajes inconexos que sólo tienen sentido si los leo yo.

Mi móvil tenía las capturas de pantalla de nuestras coincidencias, fotos para publicar o enviar en días concretos a personas determinadas, los vídeos de mis playbacks de sola en casa, mis contactos desde hace siete años; aplicaciones que nunca he usado, mi Flappy Arturo, porque nos gusta hacer cosas con nuestras cabezas; canciones que no sé cómo llegaron hasta ahí, alarmas para despertares físicos y mentales, redes sociales que me mantienen activa (viva ya estoy).

Sin mi móvil he sabido que mi ordenador va más lento de lo que parecía ir cuando no me hacía tanta falta, que lo estoy haciendo bien, que no he perdido el tiempo. Me he evaluado y he medido el tiempo que le dedico a todo. Pensé que la conclusión sería que ganaría algunos minutos al dedicárselos a otras cosas pero, para mi sorpresa, tardo más que antes en hacer todo al tener que buscar por otros medios las cosas que antes tenía en una misma pantalla.

Si bueno ha sido descubrir que no había espacios desaprovechados en mis horarios tan agitados, mejor ha sido saber que, sin móvil, mis hábitos no son más sanos, tampoco mis posturas ni mi salud. No salgo más a la calle, ni me duermo antes. No leo más. No quedo más con mis amigos.

Y es por eso, porque he descubierto que puedo pasar sin él, que ya me he comprado otro.



Juan Maggiani

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En este camino no se encuentran arrieritos.

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