En este camino no se encuentran arrieritos.

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Queridos reyes magos:
Creo que soy de las pocas personas que quedan sin ver el musical de “El Rey León” y quieren (me valen otros también). Me gustan las cremas que me gustan, pero no tengo que reponer todavía, volved más adelante, mi cumple es en marzo. Quiero libros de psicología (mejor mientras más sistémica), y tiempo para leerlos. Hay unos cuantos en Amazon. El tiempo no sé dónde se compra. Pero también hay cosas que no me compraría y me gustan.
Los conciertos me suman minutos de vida, así recupero esos que me quita el hecho de estar dedicando horas a ser un robot de escritorio. No me gustan los perfumes. Me gustan los abrazos largos y sin hueco. No me gustan las frases vacías ni la nueva corriente buenista y sus fieles que comparten insustancialidad sin cuestionársela. Igual me iría mejor si supiera ser feliz leyendo carteles obligándome a serlo.
Ya me hice una agenda y tengo varias libretas. Me gusta escribir. Creo que tengo material de oficina de sobra. Me gustan los dos puntos al empezar una carta, nunca he confiado en esa coma.
Quiero creerme lo que me dicen. Tengo rodillos para quitar pelusas, si hay algo parecido que quite el sentimiento de soledad, impotencia y frustración, lo quiero. Quiero a la gente que ha venido nueva a mi vida este año y quiero que se queden el tiempo que sea bueno. También quiero a los que se han ido, sobre todo los quiero idos. Y quiero a quien vuelve porque quiere.
Tengo bufandas, gorros y guantes. Quiero ver la aurora boreal, polar y austral. Quiero viajar, Asturias me sentó bien. Me queda mucho norte por ver. Quiero que el master se me haga ameno. Quiero trabajar, no quiero estudiar con la sensación de estar cumpliendo un trámite tras otro.
Quiero seguir sintiendo con intensidad aunque no siempre sea bueno. Quiero, tengo, necesito… porque esta es mi carta de reyes y pedir la paz mundial es gritar en un acantilado. Quiero también cosas para otros, pero pide tú por ti.
No quiero gastar tiempo ni dinero en que me enseñen a valorarme. No quiero necesitar aceptación. Deseo que no se cuestionen mis decisiones.
Me gustan los significados de la palabra “familia”. Ponme tres.
Quiero su voz sin dispositivos.
No quiero echar de menos ni de más.
Me he liado, yo sólo venía a decir lo de “El Rey León” y los libros.
He sido buena.
Atentamente,
Eva

Se ha puesto de moda definir a una “mujer real” como alguien con unas características físicas contrarias a lo estipulado. ¿Acaso las primeras no eran reales? ¿Acaso no lo soy yo, que ni tengo delgadez de pasarela ni las curvas de aquellas que aparecen en los artículos que abogan por otro tipo de realidad (tan real – o tan artificial, por photoshopeada – como la anterior)?
Tanto el negocio de la moda con las campañas de marketing apoyando las curvas 9324387-an-image-of-a-girl-with-a-muffin-top-waist-who-doesnt-fit-in-her-jeans-stock-vector(que no los kilos de más, sino los kilos de más puestos donde mejor puestos están), cuestionan el ideal del cuerpo femenino. Y no, nunca encajo. Pero soy real, lo juro. Amo, vivo, respiro, lloro y río. Siento dolor y placer. Me agobio, me canso… Y, sobre todo, me canso de la estupidez. Y no caigo en la trampa de sentirme halagada cuando tiran por tierra la belleza de una modelo porque deja de ser “una mujer real” en el peligroso lenguaje de una campaña publicitaria. No sólo siento que no lo hacen a mi favor, sino que lo hacen en contra de alguien más. No deja de ser, una vez más, una guerra de tallas que no benefician ni a unas ni a otras.

Os voy a enseñar algo. ¿Sabéis que es esto?

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Soy yo y mi barriguita de hace unos días. Yo, más de 160 centímetros y menos de 60 kilos. Pero ahí está, esa barriga definida como antiestética, porque así nos lo han enseñado. Lo reconozco, no está tonificada porque, ¿sabéis qué significa esta protuberancia?

Esto es anatomía, es genética, es grasa, piel, músculo… La mayoría de las veces representa un momento concreto de mi ciclo menstrual. A menudo, gases, estreñimiento, estrés, falta de ejercicio… Yo soy esta barriguita y soy todas esas cosas que acabo de nombrar. Soy una mujer – obviemos lo de real – que ya celebró los 30, que ha pasado años enteros combinando la silla del escritorio con la del trabajo, que ha vivido día y noche trabajando y estudiando sin apenas descanso y sin tiempo para hacer ejercicio, ni currarse un sanísimo y sabroso menú del que presumir en Instagram. No son excusas, son motivos reales que justifican mi cuerpo imperfecto.

¿Pero sabéis qué significa también? Significa no ponerme un vestido en concreto por si se nota, supone un complejo que hace 15 años me llevaba incluso a no salir o a vestirme diferente para disimular, a comer menos, a esconderme, a ser infeliz.

Y esto lo ha conseguido año tras año la cultura en la que nos ha tocado nacer y lo mucho que nos ha contaminado. Aunque es cierto que hay cabezas más vulnerables que otras, yo caí en la trampa de no verme nunca bien porque alguna parte de mí misma, de eso que soy y no se puede cambiar, no encajaba en unos cánones de belleza en los que parecía que también tenía que incluirme por haber nacido aquí y así.

Y por eso tampoco es 100% culpa de la mujer que hace unos días destacó que a ella no le marca barriga algo que a mí sí (incluso habiendo ella parido y yo no, que bien claro me lo dejó). Ni de la que cumplió los 45 teniendo un cuerpazo retando a otras mujeres a llegar a su edad con sus mismas condiciones físicas. Me gustaría, sí, pero tengo barriguita a los 30 porque mis aspiraciones en la vida no son llegar a según qué edad con un físico determinado, sino con una plaza como docente, entre otros retos personales. Que si la naturaleza ha sido generosa contigo, ambas cosas son compatibles, pero también estamos los que tenemos que trabajarnos tener el vientre plano o el pelo liso y, a menudo, hay que hacer sacrificios para obtener otras metas menos perecederas.

No necesito que me digáis que estoy bien o, peor aún, bien para mi edad. No quiero que me digáis que mi barriguita no es para tanto porque he protestado. Me basta con que no le digáis a otra persona, o a mí misma, que no está bien, porque siempre hay una historia debajo de esos kilos que nos han enseñado a juzgar como de más o de menos, a no ser que entre en juego la salud, que ese ya es otro tema. No me estoy quejando de mi cuerpo, mi protesta va más allá. Si llegas hasta aquí creyendo que me lamento por no tener un cuerpo de catálogo o que busco autoafirmarme o conseguir aprobación, por favor, vuelve a empezar la lectura.


Hoy he tenido un sueño muy bonito, de esos que hacen que te dé pena despertar. Cecilia, madre de Cristina, venía al pueblo y me dejaba a tres de mis niños de 9-10 años: Cristina, Noelia y Adrián para pasar la tarde con ellos. No era una responsabilidad, no tenía que darles clase ni cuidarlos, sólo estar con ellos porque a todos nos apetecía. Ha sido de los sueños más bonitos y divertidos que he tenido desde hace mucho. Todo esto me ha traído aquí, a escribir el texto que necesito y quiero escribir sobre lo que ha significado mi trabajo de estos últimos 5 años.

Acabé en ese pueblo por motivos que resumo en una frase: “llegué por amor y me quedé por trabajo”. Quien me conoce, sabe bien que el trabajo me aportaba experiencia, pero que el trabajo en una academia no es un trabajo de por vida por inestable, por horarios y por cuestiones económicas. Y cuando digo “me quedé por trabajo” ahora también pienso que lo podía completar con “y por amor” porque mis alumnos me han hecho sentir muy querida.

En estos últimos meses, cuando ya estaba más claro que algún día me iría (ni ellos ni yo sospechábamos que sería tan pronto) me fueron dejando frases y momentos que olían a despedida y que recordaré siempre. Cosas como que nunca volverán a tener a una profesora a la que le cruje la cadera cuando enchufa la radio y que lleva calcetines de los Minions. Esa profesora que dijo frases que jamás pensaron que oirían como “vale, César, puedes cantar, pero sin gritar y sin comer madera”. La misma que apuntaba frases y anécdotas de clase en una libreta. Y no se hacen una idea de lo que me llevo yo de ellos, de lo mucho que he aprendido porque me lo han enseñado personas nacidas en el nuevo siglo. Esas por las que no apuesta quien no se ha parado a escucharlos. Pero yo lo hice. Yo paré clases por escuchar sus inquietudes, sus problemas o sus payasadas. Y nada de eso impidió seguir un temario.

Esperaba que me llamaran de Delegación a finales de curso o nunca y, cuál fue mi sorpresa cuando, el miércoles 19 de abril, me llaman de repente y me tengo que ir al día siguiente. Ningún trabajo era compatible con el que acababa de aceptar.

El año anterior había prometido que al siguiente no vería la fortaleza desde ninguna de mis ventanas, dando por hecho que me iba de la ciudad pero, el azar es caprichoso y guasón y, claro que no la vería… me mudé a un primero. Tenía mi piso alquilado, mi rutina, mis rincones, pocos amigos y poca vida social en general, pero disfrutaba de un ajetreo cultural considerable y un ocio solitario bastante satisfactorio. Una parte de mí quería acabar el curso allí y, otra, irse cuanto antes. He tenido varias anécdotas como para salir corriendo de allí, pero aguanté y me hice fuerte. Luego la vida me fue poniendo en mi sitio y el hecho de llegar a las 4 y ver las caras de mis niños (especialmente los lunes, los benditos lunes en los que tenía los grupos con los que más cómoda he trabajado) hacían de mí una persona nueva cada día. Empezaré a hablar de ellos por orden de edad y nombres de libros (así llamábamos a cada grupo):

  • High Five 2, 7-8 años: El grupo más complicado que he tenido en 5 años, el más indisciplinado y con el que me supe hacer en pocos días. Nos supimos escuchar mutuamente y empezaron a decirse entre ellos “hoy te ha fallado un poquito lo del respeto” y me confesaban sus mentiras a los pocos segundos de decirlas y me agradecieron que no les obligara a quedarse sentados toda la hora de clase. Aprendí que al niño malo hay que decirle que es bueno hasta cuando no lo es, porque se lo acaba creyendo y deja de interesarle hacer trastadas (supe, perfecta y tristemente a quién no se le había dicho nunca algo tan simple como “eso que has hecho ha estado muy bien”). Aprendimos juntos a suavizar los roles de “el chivato”, “el graciosillo”, “el pelota”. Y a convertirnos en un grupo que cooperaba en todas las actividades. La frase “esto lo vais a corregir entre vosotros” les encantaba. Aprendieron que en mi clase se puede llorar si se tienen ganas (y, progresivamente, fueron teniendo menos) y que no tenían que contármelo todo a menos que quisieran. Con ellos puse en práctica los miles de roles que implica ser profesora. Y, hoy día, no sé quién de los dos, si ellos o yo, aprendió más en esas clases.
  • High Five 4 (A y B) 9-10 años: Mi(s) grupo(s) favorito(s) y todos los demás lo saben. Me dolió en el alma que tuviera que separarse el grupo original. Me cuido de los favoritismos pero la mitad de estos grupos la componen alumnos a los que he visto crecer desde lo 4-5 añitos. 111120114238Niños tan pequeñitos que cabían en una alfombra y que no entendieron por qué al año siguente ya no cabían, si eran los mismos.
    Siempre ha sido muy fácil trabajar con ellos y de ese grupo tengo la mayor colección de frases y anécdotas en mi libreta. Recuerdo a la primera persona que se le cayó un diente (Andrea I.) y al que tardó más en mudarlos (Adrián), a quien se le cayó algún diente en clase (Cristina) y quien más moratones y arañazos tenía por metro cuadrado (Noelia)IMG_1111. Recuerdo cada vez que se escondían debajo de las mesas si les tocaba a primera hora y yo aún no había llegado. Alguna vez me lo creí y costó convencerlos de que repetirlo todos los días le quitaba la gracia y que yo ya sabía que estaban escondidos. Cambiaron la estrategia: ya no hacían “¡Buh!” cuando yo llegaba, ahora salían y me daban una abrazo colectivo. No volví a intentar persuadirlos, me gustaba la nueva norma. Recuerdo cuando Silvia me pedía complicidad para asustar a sus compañeros diciendo que tenían deberes cuando no tenían o que yo me había enfadado y había examen sorpresa. Esto último no se lo creyeron nunca y eso dice tanto de mí como profesora como de ellos. 2013-02-08 17.27.45Recuerdo a César cantando la canción en otro tono a propósito o el villancico que cantó a mil palabras por minuto y que nos provocó una risa contagiosa y sanísima. Esa risa que ponía colorada a Emma y a Andrea, que luego no podían volver a ponerse serias. Recuerdo a María y Andrea I. celebrando su amistad con 6 años diciéndose que ambas eran lo mejor que tenían para la otra. Han sido muchos años y muchas vivencias que llevaré siempre conmigo. A lo bueno del grupo se le unió más bueno: María, Carmen, Lucía (Y.)… que entendieron pronto la dinámica de los grupos y cantaron, contaron, bailaron y accedieron a hacer cualquier idiotez que esta teacher chiflada les proponía. Y el resto, los que llegaron ya más mayores, más tímidos, mirando asombrados desde detrás del pupitre. Irene, Jose, Carlos, Yeray, Marco, es arriesgado nombrarlos sin dejarme a nadie atrás. Nombrados o sin nombrar, forman parte de mis mejores recuerdos en aquel centro.
  • Star Turn 3, 11-12 años: 5 niños, la clase soñada por cualquier docente, pero 5 niños con ganas de distraerse y hablar de cualquier cosa que no fuera estudiar. Dos de ellos han estado conmigo desde los comienzos y me han dado momentos como el de “100 sillitas blancas” que he compartido con algunos compañeros y siempre es risa.
  • Star Turn 4 (A y B): A partir de aquí, el rango de edad es más confuso y es donde se ve más claro que la distribución se hace por niveles. Los mensajes más bonitos y maduros me han llegado de parte de ellos. Me gusta que sientan la confianza de hablarme de todo, incluso de cosas que no hablarían con sus padres y que saben que yo tampoco iría a contárselas. Me gustó veros niños y adultos a la vez, en esta edad en la que estás muy en el límite de todo, tan indefinidos que ni la palabra “adolescente” engloba lo que sois. Pero eso para quien quiera poneros otro nombre extra a “persona” que es lo que quise que supiérais que sois para mí. Y había dos grupos muy diferentes: aquel en el que había más niños (con su correspondiente salto de nivel por ser unos máquinas) y se hablaba de fútbol (y se iba a clase con la equipación)IMG_0595, de youtubers, se hacían bromas y piques deportivos y me preguntaban cada equis tiempo de qué equipo soy, por si he cambiado de opinión y de pronto me gustaba el fútbol. Y el otro, pequeñito y bien repartido en el que, un buen día, acabamos hablando incluso de política. Probablemente las cabezas más analíticas y lógicas con las que me he encontrado de esa edad. Bueno, eso y la broma recurrente de recordarle a Nuria que una vez no supo guardar un secreto y nos hizo reír mucho.
  • Frontrunner 1: Otros con los que tengo la suerte de seguir en contacto. Otros que me han hecho reír y sentirme especial. A partir de aquí ya se empiezan a interesar por la atención individualizada y esperan al final de clase para contarme algo personal o decirme alguna chorrada y no saben que eso me hace sentir que se amplía mi capacidad pulmonar y respiro mejor. Y si esto no se entiende, lo que vengo a decir es que espero a que se vayan para que no me oigan suspirar emocionada y con la sonrisa de tonta que se me queda.
  • Frontrunner 2: aquellos que se interesan lo mismo por los toros que por la corrupción, temas que hay que abordar con tacto y que yo atajé diciéndoles “vendo droga en la puerta de vuestro colegio y vosotros lo sabéis”. Entendieron la metáfora y nos reímos. Y en este grupo sí que había diferencia de edad entre unos y otros, pero entre todos hacían que no se notaran porque eran, probablemente, más grupo que ninguno. By the way, “shut up, Miguel”.
  • Intermediate: con buena parte del grupo también llevo entre 4 y 5 cursos. Es el único grupo en el que tuvimos “mascota”, una persona protagonista de una historia a la que fuimos caricaturizando y de la que mantuvimos el nombre. Que nos perdone si alguna vez se entera, que ya ni siquiera era la persona en sí, sino la gracia que nos hacía nombrarla por cosas que sólo se podían entender formando parte de ese grupo. Son los mayores que he tenido este año (16 años creo que tiene la persona más mayor, 17 como mucho) porque desde la dirección no se arriesgaban a darme grupos que prepararan exámenes oficiales por si finalmente pasaba lo que acabó pasando. Y recuerdo que, cuando me dijeron que tenían esos planes para este curso, supliqué a todos los dioses que no me quitaran a este grupo. El primer grupo que me ha sacado a la calle, que quiso celebrar conmigo la llegada de la navidad durante dos años consecutivos quedando a cenar pizza en nuestra denominada “cena de empresa” el último día del primer trimestre. Momentos inolvidables en la pizzería, en la pastelería, en el parque, de camino a casa y, sobre todo, en el aula. Los que se tapan los ojos en las fotos porque son menores. Sois enormes.

Gracias a todos los que me habéis mandado mensajes de ánimo. Yo siempre dije que si alguna vez no estaba en la academia, sería porque estaría en un sitio mejor, que no se preocuparan por mí, que sólo cambiaría para mejorar y lo entendieron tanto que en los mensajes, entre los “te echo de menos”, sobresalían los “nos alegramos por ti”, “te lo mereces” y todas esas cosas que piensas que los niños no tienen por qué comprender y, sin embargo, respaldaron. Aprovecho también para agradecer a los familiares que me han mandado sus buenos deseos: la abuela de Joana, los papás de Fátima, la mamá de César, siempre atenta desde el principio… Gracias porque entre todos me habéis cambiado – y no exagero – mi perspectiva del mundo y de las generaciones venideras. No me acostumbro, ni creo que lo haga, a decir “mis ex alumnos”. No sólo es que no quiero que forméis únicamente parte de mi pasado, es que sois parte de mi día a día y aún estamos a tiempo de que nos volvamos a encontrar, incluso de nuevo como vuestra profesora.  Os cuidaré siempre a vosotros y a los alumnos que aún no conozco. No porque seáis el futuro, sino porque sois el presente.

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Lo primero que supe sobre la copa menstrual contenía trazas de información demoníaca. Y todo por esos malditos tabúes y por seguir permitiendo que “el mes”, el periodo, la menstruación, LA REGLA siga estando mal visto, como si la tuviéramos por capricho o por puro vicio. Mientras la sociedad en la que vivimos niegue este proceso fisiológico, habrá que seguir escribiendo posts como este.

Y no, no sólo nos escondemos de los hombres, también nos escondemos de otras mujeres. Y este “esconderse” es tristemente contagioso, pues la respuesta que obtengo cuando recomiendo la copa menstrual suele ser reacia.

Normalmente, cuando recomiendo la copa, me hacen preguntas sin terminar como:

“¿Pero…?” y me hacen gesto con el dedito hacia arriba. Sí, me la meto, la copa se mete en la cueva, en la vagina, en EL COÑO. O “¿Pero tú…?” (dedito hacia arriba haciendo círculos). Sí, meto los dedos en MI CUERPO para ponerla y para quitarla. Sobre todo para quitarla.

Reconozco que fui bastante cortarollos en una reunión de mujeres en la que se reían de que se inventaran cosas para meternos por ahí, que qué se creían que teníamos. Corté en seco, lo siento, “tengo copa menstrual y va genial”. Se acabaron las bromas y necesitamos más cervezas para que digirieran la información que le estaba dando (¡Oh, dios mío, una de las nuestras se mete cosas por ahí!). Quizás fuera el hecho de que las mujeres que hacían bromas habían pasado los 40 años y su perspectiva es distinta, pero esto no es un asunto de una generación determinada, sino de todas y cada una de las mujeres del planeta.

Hace unas semanas, mi buen amigo Javi, animaba a sus amigas a preguntarse entre ellas las dudas sobre la copa. Yo dejé mi aportación y di permiso para que quien quisiera me escribiera dudas por privado. Lo hicieron. Por una parte, sentí la alegría de ver cómo una desconocida confiaba en mí para hablar de su intimidad y dejarse recomendar. Por otra, la inquietud de ver que nadie me preguntó en abierto. Si es por intimidad, lo entiendo; si es por el hecho inconsciente de extender el tabú, ¡qué pena!

Y, ahora sí, LA COPA MENSTRUAL:

Empecé a plantearme usar la copa el verano de 2014. Los tampones me resultan incómodos y siento que me resecan y, las compresas, en verano, me producen dermatitis. Es decir, a los 5 días de dolor e incomodidad, súmale otros 5 más de granitos, picor y rojeces.

Pero dejé pasar el verano por inseguridad, por no conocer a nadie que la usara. Levanté una piedra y salieron unas cuantas mujeres de diferentes edades escribiéndome por privado sobre su experiencia. Cuando pregunté, la copa prácticamente sólo se podía comprar online y era cara.

Mi primera copa fue un error. La segunda, comprada ya por necesidad, más barata y mejor.

Las copas tienen tallas ¿Cuál me compro?

Esta es la primera duda, ya que cuando empiezas a investigar, te das cuenta de que las copas tienen talla. Nuestro chocho tiene tallas, chicas (“¡Oh! Unas de las nuestras ha escrito ‘chocho’ en su blog”) . ¿Cómo sé cuál es la mía? Hay mujeres que lo saben, a veces se lo ha dicho un ginecólogo o un chico con el que tuvo relaciones le ha dicho que lo tiene apretadito (conozco ambas experiencias: gracias A. y N. por compartirlas conmigo). Básicamente, la norma es que si eres joven y no has parido o has parido mediante cesárea, tu talla es la pequeña. Si has parido, pero practicas yoga u otra actividad en la que se ejercite el suelo pélvico, tu talla sigue siendo la pequeña. Generalmente, el tamaño de la copa no lo determina la cantidad de flujo menstrual, sino la elasticidad de los músculos vaginales. Por mucho flujo que haya, la copa no se va a llenar, a menos que seas kamikaze y no te la cambies en días (no seáis marranas).

¿Qué modelo me compro? 

No tengo experiencia con cada uno de los modelos existentes en el mercado (no me importaría hacer de conejillo de indias si alguna marca me diera a probar), pero sí te puedo decir qué NO comprar. Mi primera copa, de Comfycup, comprada en Amazon, ya no la encuentro y espero que no la encuentre nadie más. El mundo copa ha evolucionado y al probar otra he sentido como si antes me hubiera estado poniendo una copa de esparto. ¿Cuál era el principal problema? El material era bastante rígido por lo que al no tener experiencia ni ser mi vagina el bolsillo de Doraemon, me costaba ponérmela. Además, el extremo que se supone que ayuda a sacarla, era macizo (observad la foto de un modelo parecido) y me hizo una herida en un labio. Huid de estos modelos. Acabé cortando el extremo, que era poco más que un estorbo. El extremo siembre se puede cortar, pero cuidado con apurar demasiado, ya que podríamos perforar la base e inutilizar la copa.

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Imagen del vídeo “Fleurcup Copa Menstrual” vía lacopamenstrual.es

¿Cómo debe ser el extremo? Hueco, siempre hueco, como un tubito y muy flexible (foto abajo). Tened en cuenta que el extremo queda fuera y debe amoldarse a cada movimiento. De no ser flexible, os aseguro que la supuesta comodidad de la copa se convierte en tortura cada vez que te sientas.

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Imagen de copasmesntruales.com

¿Qué pasa si me hace ventosa? 

Que es lo mejor que te puede pasar. Esto no lo he leído en ningún sitio, pero hablando con otras mujeres hemos concluido que no damos la copa por colocada hasta que no sentimos que hace ventosa y no sale al tirar. Si no hace ventosa, parte del flujo saldrá por los laterales y manchará la ropa. Esta es la parte que peor llevo, pues a veces es difícil quitarla precisamente por eso y hay que meter un dedito para hacer vacío y que pueda salir. El proceso me resulta un poco molesto (físicamente). Y sí, insisto, hay que meter los dedos, superadlo.

¿Cada cuánto tiempo la vacío? 

Generalmente depende de la cantidad de flujo, pero como no notas cuánto sale, es imposible saberlo a menos que lo tengas muy claro por otras experiencias. Puedes dejarte la copa puesta unas 10 horas. Yo lo hago así y nunca he llegado a llenar la mitad de la misma. Eso sí, por tu propia comodidad, mejor que lo hagas en casa por la tranquilidad de disponer de tiempo, jabón, toallas…

¿Cómo la vacío? 

Insisto, no sé si lo harán igual el resto de mujeres, pero yo necesito:

  1. Sentarme tranquilamente en el váter o en el bidé.
  2. Meter un dedo para romper el hermetismo.
  3. Hacer pinza con dos dedos y tirar.
  4. Enjuagar.
  5. Colocar de nuevo.

El paso 5 hay que omitirlo si hemos terminado de usarla hasta el mes siguiente. Si es así, habrá que dejarla un ratito en agua hirviendo para esterilizarla, secarla y guardarla en su bolsita hasta el siguiente uso.

¿Qué veré cuando la quite? 

Era uno de mis mayores temores. Yo era de las escrupulosas con la regla. Me habían enseñado a serlo. Y lo que veía en compresas y tampones me resultaba desagradable y maloliente. Temía que se hiciera más evidente en la copa. Al revés: no sólo es que el hecho de ver exactamente la cantidad de sangre que expulsas da tranquilidad (en las compresas la sangre se extiende y a veces parece que ha habido matanza), sino que al mantenerse caliente dentro del cuerpo, no huele mal.

¿Cuánto cuesta la copa?

El rango de precios que he visto va desde los 8€ hasta los 40€, pero el precio no debe ser el criterio a seguir para saber si una copa es, o no, buena. La copa de los horrores que mencioné al principio me costó unos 14€ (+ gastos de envío) en Amazon y, la última, mucho mejor que la primera, sólo 8€. Pagar más de 15-20€ es pagar marca o distribución. Ese precio ya me parece excesivo.

¿Dónde la compro? 

La primera la compré en Amazon, que siempre me da seguridad porque jamás he tenido problemas con ningún envío. Pero claro, era mi primera copa y ni siquiera había visto nunca cómo era una. La segunda copa fue un acierto en todo. Pasaba unos días en Madrid, me tocaba la regla y había olvidado mi copa. Hice cuentas pensando en comprar tampones, pero como los necesito diferentes según el día del periodo, la compra se ponía en unos 10€ tranquilamente. Así que, paseando por Chueca, me acerqué a cotillear a un sexshop. Me atendió un señor amabilísimo que sabía más que yo de vaginas y ciclos menstruales. Tenía muestra de las copas y las podías tocar, manosear, apretar, arrugar, comprobar los tamaños, el material… Y, por 8€ me llevé una que, ¡oh, vaya! Tuve que utilizar esa misma noche. No recuerdo el nombre del sexshop (ojalá el nombre estuviera en la horrible bolsa negra – no vayan a saber que has comprado en el sexshop), pero valdría cualquiera, al menos para informarse.

También me han dicho que por comprar en la web de Ruby Cup envían una copa a una chica en Kenia. Claro que, si os gana el gesto solidario, siempre podéis pasaros antes por un sexshop para tocar los modelos que tengan disponibles, comprobar lo que os digo del rabito que sobresale y hacer las preguntas que creáis oportunas.

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Las instrucciones de uso, el material con el que se realiza y toda esa información de “primera mano” la podéis encontrar con una simple búsqueda en google y en el manual que viene con la copa. Con este post he querido ir más allá, resolviendo cuestiones que fui descubriendo por mí misma.

No dudéis en compartir esta información si creéis que puede ser útil para alguien de vuestro entorno o simplemente si os ha gustado. Contadme si tenéis alguna experiencia diferente a la mía y preguntadme cualquier duda que tengáis, teniendo siempre claro que hablo desde mi propia experiencia.

Espero, con esta publicación, despejar dudas tanto de hombres como de mujeres y extender el mensaje de aceptación de lo natural.


No sé cuánta gente más llevará una, pero apuesto a que a mí se me nota en la cara.

No fue difícil conseguirla. En un papelito, firmado por alguen que daba su autorización, ponía que la necesitaba. Lo entregué. No dije nada. Nadie hizo preguntas. Me la dieron y la metí rápido en mi bolso.

Me la entregó una señora mayor acostumbrada a hacer su trabajo. La gente que se dedica a esto, lo hace ya de forma automática: recogen tu papel, te entregan lo que la otra persona ha pedido para ti y, si no te has enterado de que el proceso acaba ahí, te dice “ya está”.

Y está. Y todo parece fácil hasta que llego a casa. No es que no lo haya hecho antes, es que siempre me entran dudas. Sólo tengo una oportunidad, no me puedo equivocar.

Las indicaciones han sido claras y precisas. Salgo de casa y siento deseos de no encontrarme con nadie conocido y de que ningún extraño me mire a los ojos ni necesite nada de mí.

Palpo dentro del bolso para asegurarme de que sigue ahí. La noto, aún puedo sentirla tibia. Saco la mano en seguida, procurando que nadie se dé cuenta y teniendo cuidado de que no se vea.

Camino deprisa, evitando ser vista, apretando el bolso bajo mi brazo por puro instinto, a pesar de saber que no es la mejor idea.

Por fin llego al lugar donde voy a deshacerme de ella.

Tengo que hacer cola. No parece que vaya lenta, pero se me hace eterna. Miro a los demás, cada uno está allí por un motivo diferente y pienso, ¿cuántos más llevarán un botecito con su pis en el bolso?


El carnaval local es algo de lo que entiendo más de lo que demuestro, incluso más de lo que quiero que se sepa. De hecho, sé tanto, que ya no me gusta.

Lo sigo desde hace años desde mi sillón de acariciar al gato que no tengo. Lo veo con mis gafas de ver de lejos el ridículo.

Todo carnaval local cuenta con sus clichés: una chirigota malvestida de mujer (asumo el riesgo de que me llaméis feminazi, pero debéis saber que no nos hacéis ningún favor…), su pasodoble al político de turno, la declaración de amor mío de mi corazón, y una parte del repertorio en la que quede claro lo orgullosos que estamos de ser de donde somos (que si hubiéramos nacido en otro sitio, lo repitiríamos con muy pocas modificaciones).

El espectáculo grotesco no (siempre) lo ofrece el repertorio, sino los componentes, para los que prima la competitividad sobre el compañerismo. En la mayoría de los casos es un concurso con un premio metálico mínimo (si es que lo hay…), pero hay que ganarlo a toda costa y caiga y quien caiga. He visto dedicar parte del repertorio a menospreciar a otras agrupaciones, he visto reclamar un premio bases en mano agarrándose a una interpretación ambigua del contenido… he visto bien, con esas gafas que os dije.

Quien no gana, se aferra a la idea de lo injusta que es su posición tras tantos meses de ensayo y dedicación que son, día arriba, día abajo, los mismos que le han dedicado los que quedaron por encima y los que quedaron por debajo. Como en todo, las agrupaciones se clasifican en dos grupos: los malos, y los nuestros.

Unos a otros se animan diciéndose que es que había mucha calidad, que todos son igual de buenos, cuando en realidad todas las disputas, y no sólo aplicadas al carnaval, se solucionarían admitiendo que todos somos la misma mierda.

 


Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 9.800 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 4 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.



Jordi Bachero

En este camino no se encuentran arrieritos.

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