En este camino no se encuentran arrieritos.

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No sé cuánta gente más llevará una, pero apuesto a que a mí se me nota en la cara.

No fue difícil conseguirla. En un papelito, firmado por alguen que daba su autorización, ponía que la necesitaba. Lo entregué. No dije nada. Nadie hizo preguntas. Me la dieron y la metí rápido en mi bolso.

Me la entregó una señora mayor acostumbrada a hacer su trabajo. La gente que se dedica a esto, lo hace ya de forma automática: recogen tu papel, te entregan lo que la otra persona ha pedido para ti y, si no te has enterado de que el proceso acaba ahí, te dice “ya está”.

Y está. Y todo parece fácil hasta que llego a casa. No es que no lo haya hecho antes, es que siempre me entran dudas. Sólo tengo una oportunidad, no me puedo equivocar.

Las indicaciones han sido claras y precisas. Salgo de casa y siento deseos de no encontrarme con nadie conocido y de que ningún extraño me mire a los ojos ni necesite nada de mí.

Palpo dentro del bolso para asegurarme de que sigue ahí. La noto, aún puedo sentirla tibia. Saco la mano en seguida, procurando que nadie se dé cuenta y teniendo cuidado de que no se vea.

Camino deprisa, evitando ser vista, apretando el bolso bajo mi brazo por puro instinto, a pesar de saber que no es la mejor idea.

Por fin llego al lugar donde voy a deshacerme de ella.

Tengo que hacer cola. No parece que vaya lenta, pero se me hace eterna. Miro a los demás, cada uno está allí por un motivo diferente y pienso, ¿cuántos más llevarán un botecito con su pis en el bolso?

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Imagen ¿Dónde estoy? Sólo consigo ver un haz de luz a lo lejos, tras la densa oscuridad forjada piedra a piedra. Jamás lograré llegar hasta ella, me resulta casi imposible moverme.

Estoy muy débil. Unas voces distorsionadas se burlan de mí: “¡Alejandro nunca fue tuyo!”. No consigo averiguar de dónde proceden. Tal vez, de mi cabeza. Estoy tan confundida.

     Un fuerte ruido me hace estremecer mientras la luz se apaga sin darme apenas cuenta. Siento mi cuerpo más pesado que nunca, de nuevo me mareo… y caigo. “¡Alejandro nunca fue tuyo!”, vuelvo a oírlas. Pero, ¿tengo los ojos cerrados o acaso es la oscuridad tan impenetrable? No entiendo nada, ni siquiera sé cómo llegué hasta aquí. Siento agudas punzadas de dolor por todo el cuerpo. Puedo sentir los latidos del corazón en mis sienes. Necesito levantarme, reaccionar. No tengo fuerzas. ¿Qué sucede? Los bloques de piedra parecen estar cada vez más juntos ¡No puedo moverme! No consigo doblar la cintura ¡Estoy atascada! Pero, ¿dónde, Dios mío? Y, ¿cómo?

Trato inútilmente de concentrar mis fuerzas para mover las piedras. Imposible, es demasiado fuerte y estoy cada vez más débil. No puedo ver nada.Imagen

     Esto es muy estrecho pero, ¿qué es esto? ¿dónde estoy? ¿cuánto tiempo llevo aquí? Hace frío, un frío terrible que congela los huesos y hace aún más difícil respirar. Quiero gritar, pedir ayuda. Tampoco lo consigo. Tal vez huir… Sospechan mi intención y responden con una carcajada diabólica y malvada. “¡Alejandro nunca fue tuyo!”, repetían.

     El terror se apodera de mí. Ni siquiera sé si estoy viva. Estoy a punto de enloquecer. Los escalofríos me hacen reaccionar, siento que la sangre me hierve en las venas y un sudor frío recorre mi frente. No hay salida.

–     ¡Maldita seas, sácame de aquí!

De nuevo la carcajada responde, aún más sonora y cercana. Parece disfrutar con mi padecimiento. Oigo pasos que se alejan.

–          ¡No te vayas, hija de puta, vuelve!

–          ¡Alejandro nunca fue tuyo!

El pánico y la ira encienden mis nervios. Oleadas de electricidad recorren mi cuerpo. Se hace el silencio. Estoy encerrada y… sola. Enterrada en la oscuridad, enterrada viva. No puedo evitar que unas lágrimas desesperadas acudan a mis ojos. ¡Dios, mío, no dejes que muera, no de este modo! Me retuerzo agónicamente. Casi no hay aire. La claustrofobia es insoportable.

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   En uno de mis vagos movimientos logro tocar algo. Ese algo… es una parte de alguien. Concretamente una mano. Una mano suave, fría… inerte. La agarro con fuerza, con la poca que me queda.  De nuevo, un rayo de luz a lo lejos. ¡Puedo ver! Tras esa mano, un rostro desencajado por la más cruel de las torturas, la misma cara que me sonreía feliz y enamorada hacía unos años cuando puse el anillo en la cálida mano de mi amado, Alejandro.


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Antes de contarlo, me he asegurado de que alguien se acuerda de algo que viví algunas veces el año pasado.

Buscaba piso y encontré uno enorme, luminoso, céntrico, reformado y a buen precio. Allí me encontraba a gusto y durante cortos periodos, tuve alguna que otra compañía, pero la mayor parte del tiempo la pasé sola.

Varias veces oí un piano. A veces, por la tarde; otras veces, por la noche, no demasiado tarde. Nunca supe de dónde venía, pero siempre me daba mucha paz, hasta el punto de casi dormirme en el sofá. Tampoco identifiqué ninguna de las piezas que tocaba, pero lo hacía con gran maestría. Incluso llegué a pensar que no tocaban, sino que alguien ponía cds de música clásica. Pero las pausas no eran propias de ninguna grabación. Fuera lo que fuera, lo disfrutaba cada vez que ocurría hasta el punto de dejar lo que estuviera haciendo para sentarme a escucharlo.

Hoy he coincidido con las inquilinas del año anterior. No sabemos cómo lo hemos sabido, pero enseguida hemos sentido que nos conocíamos, que había algo que nos unía y una de las chicas ha dado con la respuesta. Nos preguntamos por nuestra relación con el casero, nos contamos los desperfectos del piso, las ventajas e inconvenientes de sus dimensiones, etc. Les he contado que la mayor parte del tiempo viví sola. Y claro, una ya se espera la pregunta que todos repiten cuando alguien recibe esa información: “¿Y no te da miedo?” Y mi respuesta es siempre la misma: “no, para nada, estuve muy a gusto, muy tranquila…” Y, entre anécdotas y risas, finalmente, una de ellas me ha dicho: “¿Te contaron alguna vez la leyenda del fantasma que tocaba el piano?”

Nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera ser en mi propia casa porque, entre otras cosas, allí no había ningún piano. Pero lo malo no es eso. Lo complicado sería contarles que disfruté de escucharle y que lo echo de menos.



Juan Maggiani

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En este camino no se encuentran arrieritos.

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