En este camino no se encuentran arrieritos.

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¿Sabes eso que hacemos de pagarle a alguien para que te diga algo que sabes pero que tú no te dices? Pues en un mecanismo muy parecido alguien me dijo que tenía que emplear esas horas en algo. Obvio, ¿eh? A veces tiene que ser otra persona la que te diga las cosas para oírte a ti mismo desde fuera. img_3315Fue así como empecé a crear mi propia agenda. Eso sí, después de tirar otro montón de papeles que acumulaba de la carrera, otra de esas cosas que siempre posponía y por la que nunca estaba contenta con el poco espacio en esos estantes. Las prioridades las estableces tú. Las “tonterías” en las que emplear el tiempo, por exceso o por defecto, dependen de ti. Te lo dice una persona que suele desayunar dos tostadas, una de cada sabor. A ver si no es importante, por ejemplo, el orden en el que nos comemos cada color en un helado de corte.

Fue en agosto cuando empecé a crear mi agenda particular (- ¡Madre mía, qué cantidad de idiotez tiene esta mujer en la cabeza! – ¡Sigue leyendo, carajo!). Decidí compartirlo en alguna red para generarme una especie de compromiso y poder terminarla. Hubo quien me dijo que quería ver los progresos y también quien me recomendó lugares donde las vendían hechas por muy poco precio. Si tenéis la sensación de que sólo estoy diciendo cosas obvias, lo corroboro. Ante la recomendación de lugares para comprarla, mi respuesta siempre fue: Pero esas no se llaman “mía”. 

Cuando busco una agenda, la quiero de septiembre a agosto. ¿Sabéis qué? No existen. Si la quieres de un año, es de enero a diciembre. Si comienza en septiembre, habitualmente termina en junio. Una vez encontré una que terminaba en julio. En otra ocasión, una agenda tipo escolar, contenía páginas en blanco, por lo que pude continuar usándola a mi conveniencia hasta el curso siguiente. Todo esto, sumado al hecho de que cuento con varias libretas que no uso, me llevó a crear una a mi medida. Tenía una libreta de anillas, de pasta dura, con la contraportada más ancha y con un tubo para meter en el boli.  Además, se cerraba con una goma. ¿Qué más podía pedirle a esta libreta? ¡Ah! ¡Sí! Que fuera agenda.

Comencé sacando material para manualidades que tenía por casa: rotuladores y washitape, básicamente. Escogí recortes de revistas y reciclé secciones de agendas antiguas. Las conservo. Aquí no consigo practicar el desapego si cada vez que decido deshacerme de ellas, las miro por dentro. Las agendas de los primeros años de universidad son auténticos diarios y muros de creatividad mío y de los compañeros que sabían que podían usarla con esos fines.

Así nació la que es mi agenda desde septiembre (¡y hasta septiembre!). Con un diseño sencillo, tapando toda huella de libreta con publicidad y amoldándola a mis necesidades. Con más espacio para los días de lunes a viernes y una sección pequeñita para los fines de semana, que, el ocio, lamentablemente, ocupa menos y, además, no se me olvida.

Fue tan grata la experiencia, que no he parado de recomendar a mis amigos que se hagan una. Pocos entienden mi entusiasmo, porque en mi recomendación no han entendido que hacer esto me mantuvo alejada de monstruos como la ansiedad o el desaliento. Por eso, en cada una de las ocasiones en las que aconsejé emprender una actividad semejante, recibí esa mirada de how dare you. Y sí, lo hice en situaciones que no creeríais. Y no, no era falta de empatía cuando respondí “hazte una agenda” al amigo que me contaba que los resultados de unas pruebas médicas importantes se iban a retrasar meses. Tampoco lo era el “hazte una agenda” cuando se retrasaba un ansiado juicio que resolvería parte de la vida de una persona. Ni el “hazte una agenda” como respuesta al “tía, que no me contesta”. Ni el “hazte una agenda” a quien su mayor problema es que las que le gustan son muy caras porque Mr. Wonderful te saca una sonrisa (¡una mierda mu’ gorda!) y mucha pasta.

Esto es sólo un ejemplo de las muchas cosas que puedes hacer para ahuyentar a los monstruos haciendo algo de provecho. Ahora, puedes dejarme un comentario, o hacerte una agenda y contármelo cuando la tengas. Donde yo digo “agenda” tú puedes cambiarlo por “bufanda”, “mueble bar”, “maqueta” o “pulseras de goma”. Allá cada uno con sus habilidades. Sin duda, lo mejor de esta experiencia es descubrir nuestra capacidad de superación con un ejercicio de lo más simple.


Querido 2017,

Habrá quien te hable como si tú escucharas, ¡qué curioso! ¿No?

Por eso, porque sólo eres un número, una idea abstracta, yo no voy a pedirte nada. Por eso, y porque una mujer sabia me dijo “no te generes expectativas”. Pocas veces me han ayudado tanto con algo, a simple vista, tan desalentador.

No te estreses conmigo, 2017, este vértigo es sólo mío. La prisa me la he inventado yo. En 2016 supe de los beneficios de procrastinar, aunque siga sintiendo que llego tarde a las cosas.

2016… de ese ladrón quería hablarte. ¡Menudo desorden emocional!

2017, no intentes desbordarme, 2016 ya lo sabe: mi cauce es moldeable. No trates de aprisionarme, en 2016 ya me aplastó el techo y resultó ser porque yo me había elevado.

Te puedo dar un consejo: intenta no hacer lo que ya hayan hecho otros. 2016 ha sido un año de mucha pérdida, donde para que mi vida diera un giro vertiginoso, a alguien le tuvo que ir algo mal. Aquel año se me fueron algunas personas y a otras “las fui” yo. Gracias, 2016,  por no llevarte a quien creíamos que nos ibas a quitar. El resto de espacio ya ha sido ocupado.

2016 me puso cerca de Leo, de Desi… sólo quiero orientarte un poco por si dudas sobre mis preferencias. Esa es la gente que me gusta.

Dije que no te iba a pedir nada, pero sí quiero indicarte: las cosas que no elijo me gustan si están entre normal y bien.

Estoy preparada para los retos que ofrezcas, total, en 2016 aprendí a esperar, a arriesgar y a mear en botellas.

Puedes venir como quieras, me siento fuerte pero, si puedo elegir, ven bien.


No sé por qué siempre digo “hago teatro” en lugar de “soy actriz”, cuando ninguna de las dos cosas son correctas al 100%. No sólo hago teatro, también cuentacuentos, cortometrajes, sketches y anuncios. Y actriz es sólo una parte de las muchas cosas que soy y de las que disfruto oficialmente desde el año 2000.

De las primeras cosas que hago cada vez que cambio de ciudad (y no han sido pocas las ocasiones) es buscar el grupo de teatro local y meterme de lleno. Así es como he pasado por un total de 5 agrupaciones culturales en 3 ciudades distintas.

Lo que venía a contar no es mi recorrido por la interpretación, sino aspectos relacionados con mi observación del mundo (pa variar) y mi experiencia como “actriz en garitos pequeños”.

Como ya he indicado más arriba, he actuado en ciudades diferentes. No sólo por las diversas agrupaciones de las que he formado parte, sino porque afortunadamente no nos quedábamos únicamente en la localidad cuna de los grupos en sí. Han sido varias las ocasiones en las que hemos disfrutado de la convivencia, del trayecto y de la actuación en cualquier otro sitio relativamente cercano.

Pero, ¡ay! Cuando actúas en tu pueblo, durante varios días, no sabría decir cuántos, tú no eres tú. Si ya, automáticamente, en los ensayos te acostumbras a responder por tu nombre y por el de tu personaje, durante algunas semanas, en el pueblo la gente por la calle también te hablará como si formaran parte de la obra.  Así pues, he respondido a los nombres de Julia, RitaBlanca, Alicia, Melodía… y, como parte del equipo, también se me ha identificado este año con el nombre de micro 2. Es un gusto ver a tus vecinos mirarte con asombro por la calle, como si tú no fueras tú porque no es a ti a quien ven, sino a tu personaje, al que ayer estaba en el escenario, al que les hizo reír o llorar, al que les conmovió o les hizo pensar. Y en ese momento no eres Eva ni te brota responder como tal porque no es a ti a quien buscan, lo percibes y, al menos a mí, me agrada.

Tanto es así que, hace unos días, una persona que conozco de toda la vida, sin tener un trato personal, pero sabiendo el uno del otro de nuestra existencia, me paró por la calle para felicitarme, darme dos besos y decir que estaba encantado de conocerme. No me acababa de conocer, era obvio, pero el mensaje iba más allá. Estaba conociendo a quien tanto le había hecho reír y ese personaje soy y no soy yo. Tenía razón, era su primer contacto con ese ente.

Me gusta que me paren por la calle, siempre dicen algo que te hacen sentir bien. Los más tímidos, te miran y sonríen y tú ya adivinas que ocuparon algún lugar en el patio de butacas. Los niños, algunos se acercan y otros te llaman por tu nombre ficticio y luego disimulan. Hay quien te grita tu frase más típica. Este año, lo que más me han dicho es “¿Te puedo tocar?” al haber representado a un personaje extremadamente escrupuloso. Pero hay quien fue más allá y le dio otro sentido a la frase añadiendo “para ver si eres de verdad”.

Es un gusto sentirse atendida de este modo, ser tú y a la vez esa criatura que tanto has estudiado, cuyos movimientos tanto has medido para que, aun teniendo tanto de ti, se parezcan lo menos posible a los tuyos. Se cierra el telón y no das el trabajo por concluido porque el público te espera en cualquier calle para recordarte quién has sido en las tablas. No me dedico profesionalmente a la interpretación (no por falta de ganas), pero tanto en esta afición como en mi profesión, me quedo con la satisfacción de sentir que hago algo por alguien más que por mí misma y que a la vez recibo reacciones, impulsos que me animan a seguir por ambos caminos, esos que vi claros desde muy pequeña cuando vestida de princesa, de hada o de bruja, soñaba con dar clases en un idioma que aún desconocía.

No me equivoqué.

*Aplausos*


Hoy he tenido un sueño muy bonito, de esos que hacen que te dé pena despertar. Cecilia, madre de Cristina, venía al pueblo y me dejaba a tres de mis niños de 9-10 años: Cristina, Noelia y Adrián para pasar la tarde con ellos. No era una responsabilidad, no tenía que darles clase ni cuidarlos, sólo estar con ellos porque a todos nos apetecía. Ha sido de los sueños más bonitos y divertidos que he tenido desde hace mucho. Todo esto me ha traído aquí, a escribir el texto que necesito y quiero escribir sobre lo que ha significado mi trabajo de estos últimos 5 años.

Acabé en ese pueblo por motivos que resumo en una frase: “llegué por amor y me quedé por trabajo”. Quien me conoce, sabe bien que el trabajo me aportaba experiencia, pero que el trabajo en una academia no es un trabajo de por vida por inestable, por horarios y por cuestiones económicas. Y cuando digo “me quedé por trabajo” ahora también pienso que lo podía completar con “y por amor” porque mis alumnos me han hecho sentir muy querida.

En estos últimos meses, cuando ya estaba más claro que algún día me iría (ni ellos ni yo sospechábamos que sería tan pronto) me fueron dejando frases y momentos que olían a despedida y que recordaré siempre. Cosas como que nunca volverán a tener a una profesora a la que le cruje la cadera cuando enchufa la radio y que lleva calcetines de los Minions. Esa profesora que dijo frases que jamás pensaron que oirían como “vale, César, puedes cantar, pero sin gritar y sin comer madera”. La misma que apuntaba frases y anécdotas de clase en una libreta. Y no se hacen una idea de lo que me llevo yo de ellos, de lo mucho que he aprendido porque me lo han enseñado personas nacidas en el nuevo siglo. Esas por las que no apuesta quien no se ha parado a escucharlos. Pero yo lo hice. Yo paré clases por escuchar sus inquietudes, sus problemas o sus payasadas. Y nada de eso impidió seguir un temario.

Esperaba que me llamaran de Delegación a finales de curso o nunca y, cuál fue mi sorpresa cuando, el miércoles 19 de abril, me llaman de repente y me tengo que ir al día siguiente. Ningún trabajo era compatible con el que acababa de aceptar.

El año anterior había prometido que al siguiente no vería la fortaleza desde ninguna de mis ventanas, dando por hecho que me iba de la ciudad pero, el azar es caprichoso y guasón y, claro que no la vería… me mudé a un primero. Tenía mi piso alquilado, mi rutina, mis rincones, pocos amigos y poca vida social en general, pero disfrutaba de un ajetreo cultural considerable y un ocio solitario bastante satisfactorio. Una parte de mí quería acabar el curso allí y, otra, irse cuanto antes. He tenido varias anécdotas como para salir corriendo de allí, pero aguanté y me hice fuerte. Luego la vida me fue poniendo en mi sitio y el hecho de llegar a las 4 y ver las caras de mis niños (especialmente los lunes, los benditos lunes en los que tenía los grupos con los que más cómoda he trabajado) hacían de mí una persona nueva cada día. Empezaré a hablar de ellos por orden de edad y nombres de libros (así llamábamos a cada grupo):

  • High Five 2, 7-8 años: El grupo más complicado que he tenido en 5 años, el más indisciplinado y con el que me supe hacer en pocos días. Nos supimos escuchar mutuamente y empezaron a decirse entre ellos “hoy te ha fallado un poquito lo del respeto” y me confesaban sus mentiras a los pocos segundos de decirlas y me agradecieron que no les obligara a quedarse sentados toda la hora de clase. Aprendí que al niño malo hay que decirle que es bueno hasta cuando no lo es, porque se lo acaba creyendo y deja de interesarle hacer trastadas (supe, perfecta y tristemente a quién no se le había dicho nunca algo tan simple como “eso que has hecho ha estado muy bien”). Aprendimos juntos a suavizar los roles de “el chivato”, “el graciosillo”, “el pelota”. Y a convertirnos en un grupo que cooperaba en todas las actividades. La frase “esto lo vais a corregir entre vosotros” les encantaba. Aprendieron que en mi clase se puede llorar si se tienen ganas (y, progresivamente, fueron teniendo menos) y que no tenían que contármelo todo a menos que quisieran. Con ellos puse en práctica los miles de roles que implica ser profesora. Y, hoy día, no sé quién de los dos, si ellos o yo, aprendió más en esas clases.
  • High Five 4 (A y B) 9-10 años: Mi(s) grupo(s) favorito(s) y todos los demás lo saben. Me dolió en el alma que tuviera que separarse el grupo original. Me cuido de los favoritismos pero la mitad de estos grupos la componen alumnos a los que he visto crecer desde lo 4-5 añitos. 111120114238Niños tan pequeñitos que cabían en una alfombra y que no entendieron por qué al año siguente ya no cabían, si eran los mismos.
    Siempre ha sido muy fácil trabajar con ellos y de ese grupo tengo la mayor colección de frases y anécdotas en mi libreta. Recuerdo a la primera persona que se le cayó un diente (Andrea I.) y al que tardó más en mudarlos (Adrián), a quien se le cayó algún diente en clase (Cristina) y quien más moratones y arañazos tenía por metro cuadrado (Noelia)IMG_1111. Recuerdo cada vez que se escondían debajo de las mesas si les tocaba a primera hora y yo aún no había llegado. Alguna vez me lo creí y costó convencerlos de que repetirlo todos los días le quitaba la gracia y que yo ya sabía que estaban escondidos. Cambiaron la estrategia: ya no hacían “¡Buh!” cuando yo llegaba, ahora salían y me daban una abrazo colectivo. No volví a intentar persuadirlos, me gustaba la nueva norma. Recuerdo cuando Silvia me pedía complicidad para asustar a sus compañeros diciendo que tenían deberes cuando no tenían o que yo me había enfadado y había examen sorpresa. Esto último no se lo creyeron nunca y eso dice tanto de mí como profesora como de ellos. 2013-02-08 17.27.45Recuerdo a César cantando la canción en otro tono a propósito o el villancico que cantó a mil palabras por minuto y que nos provocó una risa contagiosa y sanísima. Esa risa que ponía colorada a Emma y a Andrea, que luego no podían volver a ponerse serias. Recuerdo a María y Andrea I. celebrando su amistad con 6 años diciéndose que ambas eran lo mejor que tenían para la otra. Han sido muchos años y muchas vivencias que llevaré siempre conmigo. A lo bueno del grupo se le unió más bueno: María, Carmen, Lucía (Y.)… que entendieron pronto la dinámica de los grupos y cantaron, contaron, bailaron y accedieron a hacer cualquier idiotez que esta teacher chiflada les proponía. Y el resto, los que llegaron ya más mayores, más tímidos, mirando asombrados desde detrás del pupitre. Irene, Jose, Carlos, Yeray, Marco, es arriesgado nombrarlos sin dejarme a nadie atrás. Nombrados o sin nombrar, forman parte de mis mejores recuerdos en aquel centro.
  • Star Turn 3, 11-12 años: 5 niños, la clase soñada por cualquier docente, pero 5 niños con ganas de distraerse y hablar de cualquier cosa que no fuera estudiar. Dos de ellos han estado conmigo desde los comienzos y me han dado momentos como el de “100 sillitas blancas” que he compartido con algunos compañeros y siempre es risa.
  • Star Turn 4 (A y B): A partir de aquí, el rango de edad es más confuso y es donde se ve más claro que la distribución se hace por niveles. Los mensajes más bonitos y maduros me han llegado de parte de ellos. Me gusta que sientan la confianza de hablarme de todo, incluso de cosas que no hablarían con sus padres y que saben que yo tampoco iría a contárselas. Me gustó veros niños y adultos a la vez, en esta edad en la que estás muy en el límite de todo, tan indefinidos que ni la palabra “adolescente” engloba lo que sois. Pero eso para quien quiera poneros otro nombre extra a “persona” que es lo que quise que supiérais que sois para mí. Y había dos grupos muy diferentes: aquel en el que había más niños (con su correspondiente salto de nivel por ser unos máquinas) y se hablaba de fútbol (y se iba a clase con la equipación)IMG_0595, de youtubers, se hacían bromas y piques deportivos y me preguntaban cada equis tiempo de qué equipo soy, por si he cambiado de opinión y de pronto me gustaba el fútbol. Y el otro, pequeñito y bien repartido en el que, un buen día, acabamos hablando incluso de política. Probablemente las cabezas más analíticas y lógicas con las que me he encontrado de esa edad. Bueno, eso y la broma recurrente de recordarle a Nuria que una vez no supo guardar un secreto y nos hizo reír mucho.
  • Frontrunner 1: Otros con los que tengo la suerte de seguir en contacto. Otros que me han hecho reír y sentirme especial. A partir de aquí ya se empiezan a interesar por la atención individualizada y esperan al final de clase para contarme algo personal o decirme alguna chorrada y no saben que eso me hace sentir que se amplía mi capacidad pulmonar y respiro mejor. Y si esto no se entiende, lo que vengo a decir es que espero a que se vayan para que no me oigan suspirar emocionada y con la sonrisa de tonta que se me queda.
  • Frontrunner 2: aquellos que se interesan lo mismo por los toros que por la corrupción, temas que hay que abordar con tacto y que yo atajé diciéndoles “vendo droga en la puerta de vuestro colegio y vosotros lo sabéis”. Entendieron la metáfora y nos reímos. Y en este grupo sí que había diferencia de edad entre unos y otros, pero entre todos hacían que no se notaran porque eran, probablemente, más grupo que ninguno. By the way, “shut up, Miguel”.
  • Intermediate: con buena parte del grupo también llevo entre 4 y 5 cursos. Es el único grupo en el que tuvimos “mascota”, una persona protagonista de una historia a la que fuimos caricaturizando y de la que mantuvimos el nombre. Que nos perdone si alguna vez se entera, que ya ni siquiera era la persona en sí, sino la gracia que nos hacía nombrarla por cosas que sólo se podían entender formando parte de ese grupo. Son los mayores que he tenido este año (16 años creo que tiene la persona más mayor, 17 como mucho) porque desde la dirección no se arriesgaban a darme grupos que prepararan exámenes oficiales por si finalmente pasaba lo que acabó pasando. Y recuerdo que, cuando me dijeron que tenían esos planes para este curso, supliqué a todos los dioses que no me quitaran a este grupo. El primer grupo que me ha sacado a la calle, que quiso celebrar conmigo la llegada de la navidad durante dos años consecutivos quedando a cenar pizza en nuestra denominada “cena de empresa” el último día del primer trimestre. Momentos inolvidables en la pizzería, en la pastelería, en el parque, de camino a casa y, sobre todo, en el aula. Los que se tapan los ojos en las fotos porque son menores. Sois enormes.

Gracias a todos los que me habéis mandado mensajes de ánimo. Yo siempre dije que si alguna vez no estaba en la academia, sería porque estaría en un sitio mejor, que no se preocuparan por mí, que sólo cambiaría para mejorar y lo entendieron tanto que en los mensajes, entre los “te echo de menos”, sobresalían los “nos alegramos por ti”, “te lo mereces” y todas esas cosas que piensas que los niños no tienen por qué comprender y, sin embargo, respaldaron. Aprovecho también para agradecer a los familiares que me han mandado sus buenos deseos: la abuela de Joana, los papás de Fátima, la mamá de César, siempre atenta desde el principio… Gracias porque entre todos me habéis cambiado – y no exagero – mi perspectiva del mundo y de las generaciones venideras. No me acostumbro, ni creo que lo haga, a decir “mis ex alumnos”. No sólo es que no quiero que forméis únicamente parte de mi pasado, es que sois parte de mi día a día y aún estamos a tiempo de que nos volvamos a encontrar, incluso de nuevo como vuestra profesora.  Os cuidaré siempre a vosotros y a los alumnos que aún no conozco. No porque seáis el futuro, sino porque sois el presente.

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La gente bonita de de krakens y sirenas me dejan navegar con ellos. Aquí el relato de mi estreno, que hoy comparto con vosotros:

Origen: Mi paraíso – @Eva_Zeta


“¡Dime algo, por favor!”

Esas fueron mis palabras antes de las campanadas, justo en el tercer cuarto.

En las horas siguientes, ya en el nuevo año, esas palabras han flotado en mi cabeza como un salvapantallas en un ordenador de un cíber a principios de siglo y han acabado trayéndome aquí, a mi blog.

No he hecho balance de mi año en redes ni he posteado un collage de fotos. No me hace mejor que quienes lo han hecho, pero me pregunto si este tipo de reflexiones proyectadas en Facebook de verdad han madurado en la mente de quienes lo escribieron o simplemente surgió para morir estrellado contra ese muro virtual. Pronto saldrán estudios que calculen cuánto de lo expuesto es verdad.

“¡Dime algo, por favor!”

Pronunciado una vez y rebotando uno a uno en el vacío que dejaron todos los segundos en los que este año he tenido que parar mi vida esperando respuesta. Pocas cosas me angustian más que sentir que el próximo movimiento en mi vida no depende de mí. Yo muevo ficha y asumo las consecuencias o saboreo los buenos resultados. Pero no me gusta tener que permanecer en la misma casilla esperando a que alguien con más poder, mueva sus hilos para yo poder mover el culo. Para mí no es un juego.

“¡Dime algo, por favor!”

Como un ruego. Esas palabras hicieron balance por sí solas de lo que ha sido para mí 2015. Esperar movimientos ajenos, respuestas, procedimientos… para tomar decisiones tan importantes como cambiar de casa, de ciudad, de trabajo, elegir un camino para seguir creciendo. Mi estabilidad emocional se ha tambaleado hasta el vértigo más impetuoso.

Ha sido casualidad que haya tocado techo a finales de año para decidir ponerme las pilas y tomar decisiones para hacer que la gran parte de las cosas que haga dependan de mí y de nadie más. Quiero labrarme mis propios éxitos y fracasos. He sido y seré siempre un tía trabajadora, no concibo la vida de otra manera. Por eso voy a hacer que tiemble todo, que se derrumbe poco a poco lo que había hecho hasta ahora para reponer las piedras que necesite cambiar y rescatar las que aún me sirvan.

¿Es esto balance de fin de año? Sí. 2015 apenas ha dependido de mí, se me ha ido entre los dedos, he sido una marioneta en muchas manos.

Me siento contagiada por esta ola de buenos propósitos en los que nunca he creído. Para muchos de mi círculo, el año termina en septiembre. Nunca hemos creído que el 1 de enero nos haga más fuertes, más capaces, mejores personas… El renacer empieza en septiembre, que es cuando verdaderamente ponemos orden a nuestras vidas. La diferencia es que no lo anuncian en televisión. Hace años que Fran (El niño que llegaba a los planetas) y yo, nos felicitamos el año nuevo haciéndolo coincidir con la festividad de Rosh Hashaná.

El año nuevo es año nuevo porque así lo decidimos. Realmente me entristece pensar que hay gente que pospone todo hasta fin de año camuflando con excusas su falta de voluntad. El momento para hacer cambios en tu vida puede ser un día a mediados de mayo sin necesidad de esperar a que la tierra complete una vuelta alrededor del sol. Y si tienes que esperar a que acabe el año, usa otro calendario y acaba el ciclo a tu conveniencia.

Ponte un límite, tómate unos días para reflexionar y empieza a moverte, a cambiar lo que no te gusta, independientemente de la fecha que sea. Ojalá tengáis un feliz temblor en los cimientos de vuestras vidas.


Estoy siguiendo una serie que es una p̶u̶t̶a̶ maravilla porque una persona a la que adoro y en cuyo criterio confío, me la recomendó.

Episodes, una serie que destripa el mundillo interno de las series, tiene a Matt Leblanc como protagonista. Sean y Beverly, matrimonio y guionistas, han triunfado en Gran Bretaña con una serie y le proponen hacer la versión americana en Hollywood, dejando su reputación por los suelos, debido a las condiciones con las que se encuentran una vez instalados en Los Ángeles. El primer cambio tiene que ver con el actor principal: la cadena que les compró la serie se las ingenia para meter por la fuerza a Matt Leblanc para el papel protagonista. Ahí empieza el lío.

Seguro que lo recordaréis por Joey, su personaje en la serie Friends. imagesSi como Joey se le puede llegar a adorar; como Matt Leblanc le quieres matar. Matt, en Episodes, es una caricatura de sí mismo. Debe ser muy divertido hacer de uno mismo en la versión más miserable, deshonesta y ruin. El Matt Leblanc ficticio es todo eso y más.

Además, en esta serie que, por supuesto, veo en versión original, estoy aprendiendo a poner en contexto todas las palabrotas que ya sabía en inglés y muchas otras que desconocía. Los personajes están indignados, las sueltan en cadena. ¿El problema? La traducción.

He aprendido a divertirme comparando la versión original con la traducida y pongo los subtítulos en español, aunque no los necesito. Así, contrasto lo que dicen y lo que nos cuentan que han dicho. Y alucino de cómo todo pierde intensidad al ver que en español los personajes son más tontos y se indignan más flojito. Todo les va mal y continuamente dicen fuck, I’m fucked, you’re a dick… y otras lindezas que vienen a cuento porque van saltando d̶e̶ ̶p̶u̶t̶a̶d̶a̶ ̶e̶n̶ ̶p̶u̶t̶a̶d̶a̶ de faena en faena y l̶e̶s̶ ̶l̶l̶e̶g̶a̶ ̶l̶a̶ ̶m̶i̶e̶r̶d̶a̶ ̶a̶l̶ ̶c̶u̶e̶l̶l̶o̶ no paran de padecer. Y, cuando parece que todo se va a solucionar, viene alguien y lo j̶o̶d̶e̶ fastidia.

Sin embargo, los traductores (y no se me ofendan los traductores y me vengan con lo de que hay supervisores y censores y bla, bla, bla… pues con traductores me refiero a todo el equipo) deciden traducir fuck off como date el piro, restando la intensidad de mandar a alguien a la mierda cuando no sólo es lo que dice, sino que es lo que pega, dadas las circunstancias. Dedidí escribir esta entrada cuando leí ¡Oh, vaya! como alternativa a Bloody hell!! Para quien no lo sepa, hell significa infierno y está considerada palabra malsonante. Para los angloparlantes, nombrar el infierno o al diablo, es como nombrarle la muerte a un gitano. Además, el infierno no viene solo, sino acompañado de bloody, que en su significado más literal significa sangriento y, en el menos, jodido o maldito.

En ningún capítulo hay un único perjudicado, pero en uno en concreto están todos como p̶a̶r̶a̶ ̶q̶u̶e̶ ̶l̶e̶s̶ ̶d̶e̶n̶ ̶p̶o̶r̶ ̶c̶u̶l̶o̶ para tirarse de un noveno. En ese en particular es donde creo que más maldiciones seguidas se pueden escuchar. Todos están obligados a hacer algo de lo que creían haberse librado y todos se ven de pronto forzados a volver a lo que más problemas les ha causado durante varios meses. Matt llega a la puerta de lo que en ese momento bien podría representar el cadalso para él y con todo su cuerpo expresando indignación, exclama: MOTHERFUCKER! El ambiente es tal que, sin saber inglés, sabes que se está cagando en todo lo que se menea. Sin embargo, los motherfuckers de los que se encargaron de traducir, disfrazaron a Matt de blandito llegando a su hell particular y diciendo: ¡Me cago en la leche!

En el caso de Sean, por su personalidad, me encaja que ciertas expresiones las maquillen de diplomacia, pero, ¿¡con Matt!? ¡¡ME CAGO EN LA PUTA!!



Jordi Bachero

En este camino no se encuentran arrieritos.

jftorres

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Harto de tanta porfía…

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