En este camino no se encuentran arrieritos.

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3 de marzo de 2017.

Hacía más de dos meses que había escrito en mi agenda: “concierto Sofía Ellar”. El lugar del concierto me quedaba a casi 400 kms. Vamos, más o menos los mismos que hice para ver AC/DC. Y no es sólo que los conciertos, de quien sean, me suman minutos de vida, es que ahora puedo decir que vi el último de AC/DC con Brian Johnson y el primero de Sofía Ellar con disco en el mercado.

dO2ngnyTCqKhzq42Tenía pendiente escribir sobre Sofía cuando apenas había información sobre ella en la web. Pero ahora que ya la hay, quiero hablar de lo que significa para mí. Descubrí a esta chica en Instagram. La búsqueda en esa aplicación puede ser maravillosa si le sabes sacar partido. Y yo se lo saqué aquel día cuando pinché en un vídeo en el que se veía en miniatura una chica joven de rasgos que se intuían agradables. Lo que no sabía era que estaba a punto de pasar algo irreversible: la escuché. Y ya no pude no estar pendiente de sus actualizaciones desde entonces. Es ahí, en Instagram, donde Sofía se ha hecho grande. Para mí, que alguien triunfe en esa red social, es todo un acontecimiento, acostumbrada a ver que quienes consiguen muchos seguidores ahí es porque ya les vienen rebotados de otro sitio. La evolución de Sofía ha sido a la inversa (a menos que me falte algún dato). Parte de su éxito se debe al mimo con el que gestiona sus redes, ya que procura llevar al día las interacciones con sus seguidores. Y no debe ser fácil de llevar teniendo más de 80,000 seguidores. Por eso ya no sólo sentimos admiración hacia alguien que nos transmite con su música y sus letras, sino que estamos agradecidos por el trato que nos dispensa.

imagesDesde el principio pensé que ella no era la típica chica que sube versiones y se queda sentada esperando a un cazatalentos – de hecho, todas las canciones publicadas desde que sé de su existencia son suyas -. Podía haberme equivocado, pero no. Sofía, junto con un grupo de amigos currantes, ha ido más allá. Y somos muchos los que lo hemos vivido junto a ella paso a paso, viendo cada día sus sesiones agotadoras de grabación y ensayos desde que empezó el año. Del mismo modo, hemos sido los primeros en saber cuándo podríamos escuchar algo suyo en Spotify o cuándo podíamos hacer la compra anticipada de su primer disco, Seis Peniques, en iTunes. Lo confieso, yo fui de esas ansiosas que no pudo esperar.

maxresdefault-2Así que allí estábamos A. y yo, de camino a un lugar que él conocía y yo no para ver a una artista que yo conocía y él no. Ni siquiera se parece al tipo de música que solemos escuchar. Que a mí me iba a gustar, ya lo sabía.
El culmen fue oírle a él decir “¡qué bien canta esta chica!” y que pusiera su disco al llegar a casa de vuelta del concierto.
3 de marzo de 2017, nueve y media de un día lluvioso. La sala Joy Eslava se inunda de aplausos y Sofía entona: Ojos de mar, dime que sientes… 

Y es así como supe la onomatopeya de la eclosión de una estrella.


nominados-goya-2017.jpgAyer vi la gala de los Goya. Creo que no podía empezar con una frase más impactante que esa. Quien me conozca, lo sabe.

Pues sí, ayer vi la gala de los Goya por aquello de hallar el equilibrio entre momentos en los que hacemos mis cosas y otros en los que nos dedicamos a sus mierdas (❤). Por eso, ayer vi la gala de los Goya.

Creo que he dejado ya lo suficientemente claro que ayer… vale, vale.

Ver la gala de los Goya en pleno boom de redes, es todo un experimento social. Para empezar, por el hecho de ver una constante campaña en contra del presentador una semana antes de la celebración. Es curioso, muy curioso, cómo usuarios de las redes veían necesario cada día manifestarse en contra de Dani Rovira ondeando la bandera de la soberbia del derrotista. Con esto, no me declaro ni a favor ni en contra de lo que hizo (una vez visto) Dani en la gala. No he venido a eso. No soy tan osada como para juzgarlo y señalar en una persona el trabajo de un equipo. Ni tampoco tengo la arrogancia ni la experiencia suficiente como para hacer crítica de cine. El principio de este párrafo deja claro mi objetivo.

danitacones-u202428855627jac-510x286abcDe la gala, sólo me atrevo a puntualizar el hecho de que un hombre utilice unos tacones para representar el papel de la mujer en el cine y en la sociedad. No me siento identificada con unos tacones, por el mismo motivo que vi inneceario que los monigotes de los semáforos llevaran falda. Pero el gesto, la reivindicación, sí son necesarios. El zapato de tacón, como alegoría, es reconocido universalmente.
Si nos ponemos a ladrar por eso, deberíamos hacerlo sugiriendo algo mejor. DL_u334070_101-1-635x480.jpgPero ya os digo que a mí, como mujer, no me representa ningún símbolo: ni una teta, ni el color rosa, ni el Santo Grial, ni el símbolo de Venus que tan bien hemos asumido como representación de lo femenino. No estoy tampoco orgullosa ni agradecida por que se ponga alguien delante de un micrófono a decir que hacemos falta, porque ocurre que me entristece que, a estas alturas, haya que seguir insistiendo en ello. Mucho más me llega el chal de Cuca Escribano. Más directo, más acorde, y con menos parafernalia.

Pero vuelvo al tema principal: la audiencia que presume de no serlo. Junto con la campaña anti Dani (que ya ves tú lo que afectó a nada), añadimos el hashtag que fue trending topic desde la mañana del día de la gala: #BoicotalosGoya. A elevarlo entre los temas que eran tendencia ese día, ayudaron tanto partidarios como detractores del cine español. Sin embargo, gracias a ese hashtag, hubo gente que supo que existía tal cosa y que era ese mismo día. Bravo, gentes de Twitter, una vez más dejáis claro que las encuestas y la opinión twittera no es más que una versión paralela a la realidad. A mí el término “boicot” me ha parecido siempre gigante, me daba escalofríos. Pero por causas así se ha banalizado de tal forma que se vuelve risible cuando observas que en las puertas de la gala no hay nada reivindicativo más allá de las fronteras de twitter. Tan sólo periodistas que preguntan qué les parece el boicot a supuestos afectados que dicen: “¿qué boicot?”

Que si las subvenciones, mal; que si el IVA, mal. Que sí, que todo está mal, pero no tan mal como que ni el presidente del gobierno ni los reyes hagan acto de presencia en la fiesta del cine español. Hace unos días, varios políticos felicitaban a Rafa Nadal (por jugar) y a Javier Fernández (por ganar). Sin embargo, no encuentro felicitación a los premiados o nominados por parte de los mismos que felicitaron a los deportistas. Si bien contaron una vez más con el apoyo de Manuela Carmena, Pablo Iglesias, Alberto Garzón, y Albert Rivera, no deja de ser vergonzoso no sólo que Mariano Rajoy no acuda a la gala, sino que reconozca en una entrevista su indiferencia para con el cine español (“No lash he podido ver. Para mi deshgracia, no voy al cine. Leo novelash”).

Así, con este panorama, la gente se siente con total confianza para derrotarlo, para valorar un producto que ni siquiera consume, para protestar por la calidad de unas películas que no ven y por el talento de unos actores basando su opinión en su ideología política. O para que nos parezca innecesariamente largo el discurso de la merecedora ganadora del Goya de Honor. Como colofón, el último tweet que leí durante la gala: uno en el que alguien protestaba por el precio de las palomitas. Así se entiende el cine aquí, pero no veremos jamás #Boicotalaspalomitas (¿os imaginais?).

Para poner el punto final a esta publicación, me sirvo de una frase de Bayona (tweet eliminado) que espero remueva conciencias:

“No hay cultura buena o mala, la hay constructiva o destructiva. Y vosotros sois una expresión de ella.”


No sé por qué siempre digo “hago teatro” en lugar de “soy actriz”, cuando ninguna de las dos cosas son correctas al 100%. No sólo hago teatro, también cuentacuentos, cortometrajes, sketches y anuncios. Y actriz es sólo una parte de las muchas cosas que soy y de las que disfruto oficialmente desde el año 2000.

De las primeras cosas que hago cada vez que cambio de ciudad (y no han sido pocas las ocasiones) es buscar el grupo de teatro local y meterme de lleno. Así es como he pasado por un total de 5 agrupaciones culturales en 3 ciudades distintas.

Lo que venía a contar no es mi recorrido por la interpretación, sino aspectos relacionados con mi observación del mundo (pa variar) y mi experiencia como “actriz en garitos pequeños”.

Como ya he indicado más arriba, he actuado en ciudades diferentes. No sólo por las diversas agrupaciones de las que he formado parte, sino porque afortunadamente no nos quedábamos únicamente en la localidad cuna de los grupos en sí. Han sido varias las ocasiones en las que hemos disfrutado de la convivencia, del trayecto y de la actuación en cualquier otro sitio relativamente cercano.

Pero, ¡ay! Cuando actúas en tu pueblo, durante varios días, no sabría decir cuántos, tú no eres tú. Si ya, automáticamente, en los ensayos te acostumbras a responder por tu nombre y por el de tu personaje, durante algunas semanas, en el pueblo la gente por la calle también te hablará como si formaran parte de la obra.  Así pues, he respondido a los nombres de Julia, RitaBlanca, Alicia, Melodía… y, como parte del equipo, también se me ha identificado este año con el nombre de micro 2. Es un gusto ver a tus vecinos mirarte con asombro por la calle, como si tú no fueras tú porque no es a ti a quien ven, sino a tu personaje, al que ayer estaba en el escenario, al que les hizo reír o llorar, al que les conmovió o les hizo pensar. Y en ese momento no eres Eva ni te brota responder como tal porque no es a ti a quien buscan, lo percibes y, al menos a mí, me agrada.

Tanto es así que, hace unos días, una persona que conozco de toda la vida, sin tener un trato personal, pero sabiendo el uno del otro de nuestra existencia, me paró por la calle para felicitarme, darme dos besos y decir que estaba encantado de conocerme. No me acababa de conocer, era obvio, pero el mensaje iba más allá. Estaba conociendo a quien tanto le había hecho reír y ese personaje soy y no soy yo. Tenía razón, era su primer contacto con ese ente.

Me gusta que me paren por la calle, siempre dicen algo que te hacen sentir bien. Los más tímidos, te miran y sonríen y tú ya adivinas que ocuparon algún lugar en el patio de butacas. Los niños, algunos se acercan y otros te llaman por tu nombre ficticio y luego disimulan. Hay quien te grita tu frase más típica. Este año, lo que más me han dicho es “¿Te puedo tocar?” al haber representado a un personaje extremadamente escrupuloso. Pero hay quien fue más allá y le dio otro sentido a la frase añadiendo “para ver si eres de verdad”.

Es un gusto sentirse atendida de este modo, ser tú y a la vez esa criatura que tanto has estudiado, cuyos movimientos tanto has medido para que, aun teniendo tanto de ti, se parezcan lo menos posible a los tuyos. Se cierra el telón y no das el trabajo por concluido porque el público te espera en cualquier calle para recordarte quién has sido en las tablas. No me dedico profesionalmente a la interpretación (no por falta de ganas), pero tanto en esta afición como en mi profesión, me quedo con la satisfacción de sentir que hago algo por alguien más que por mí misma y que a la vez recibo reacciones, impulsos que me animan a seguir por ambos caminos, esos que vi claros desde muy pequeña cuando vestida de princesa, de hada o de bruja, soñaba con dar clases en un idioma que aún desconocía.

No me equivoqué.

*Aplausos*


A Mariló García le dieron un título y se tuvo que inventar el contenido, si no, no me explico que escribiera un artículo titulado “Diez razones por las que no echaremos de menos a Downton Abbey“.

A raíz de terminar la serie y haber publicado un post para comentar el final, me encontré con la peor crítica sobre la serie, no por ser negativa, sino por tener argumentos pobres, en El País (ver aquí). Recomiendo abrir el artículo a la vez que este post y leer los puntos según los nombro: primero las bocanadas de Mariló y, después, mi reflexión.

La autora de dicho artículo tacha la última temporada de “fraude” y afirma que la serie debería acabar antes. Estoy convencida de que a Mariló la obligaron a escribir aquello o que no supo asumir la evolución de la serie.

Voy a rebatir, una a una las diez razones que ella ha dado para demostrar por qué yo no me he sentido estafada:

  1. La hija de Edith: no he entendido muy bien el problema que plantea con la aparición de la hija ilegítima de Edith. El hecho de que Edith tuviera que esconder su embarazo, que pactara su adopción y que después la secuestrara; la postura de cada miembro de la familia según iba conociendo la noticia; el querer guardar el secreto por el qué dirán… todo eso es muy significativo tanto para proyectar el pensamiento de la sociedad de la época, como para la evolución de uno de los personajes más desgraciados de la serie. Mariló, no has entendido a Edith.
  2. La violación de Anna: la queja de Mariló es que se han cebado con Anna. Si nos ponemos así, se han cebado con Edith, con Anna, con Bates, con Daisy… Yo empecé a pensar que a Julian Fellowers no le gustaban los “feos”. Pero si el problema es que la violación no salió más allá de la casa, Mariló, no has entendido la moral de la sociedad de Downton Abbey. Era  evidente, con todo lo que pasó después, que era más prudente ocultar una violación para pasar desapercibidos en el asunto de la muerte de Mr. Green que buscar justicia en una época en la que la mujer violada, más que ser víctima, representaba la deshonra.
  3. Bates, el vago: el vago es un ex combatiente al que la guerra dejó cojo. Aun así, ayudado por su bastón, trabaja para los Crawley por cortesía de Robert. Después de los juicios, las acusaciones, las idas y venidas, en la 6ª temporada, con todos aquellos tejemanejes ya resueltos, su personaje es más pasivo. ¡Ya era hora! Mariló, no has entendido a Bates.
  4. Los amoríos de Mary: Ni que fuera Paris Hilton, dice Mariló. Mary liga por lo mismo por lo que liga Paris: por ser una rica heredera. Para centrar todo en Henry Talbot, había que haber sabido con antelación que, a partir de la 3ª temporada, iban a tener que prescindir del actor que daba vida a Matthew. Ana es ligona, fría y borde. Los guionistas supieron reflejar su frivolidad (también sus miedos) y darle ese giro sutil a su carácter cuando conseguía admitir que se había enamorado. La tensión del accidente de coche era necesaria para poder ver el pánico que Mary sentía tras el trauma por el accidente que la convirtió en viuda del heredero. Y, si te sobró, por nombrar uno, el romance con Gillingham, no has entendido a Lady Mary.
  5. Tom, sujetavelas: yo lo cambiaría por “Tom, conciliador”. El papel de Tom en la última temporada es de conciliador entre hermanas. Sorprendentemente, tiene una bronca con Mary, a quien nadie hasta entones había sido capaz de echarle huevos, no como él. No es un sujetavelas, está cumpliendo una función entre las hermanas que, aunque lo presentan como “mi cuñado”, dicen “eres mi hermano” en privado. Llena, de alguna manera, el espacio que en la casa dejó Sybil. ¿Eso tampoco lo entiendes, Mariló?
  6. Daisy, la bocazas: Ahí estoy de acuerdo, pero lejos de tacharlo de inverosímil, admito que me esperaba la explosión. Tengamos en cuenta que tuvo una profesora particular con ideas revolucionarias. El cambio de Daisy surgió a partir de ahí. Aunque es verdad que es un personaje muy ingenuo e indeciso, sentirse traicionada (por un malentendido) y ver a su suegro en una situación complicada le hace enfrentarse a Lady Cora y montar un escándalo por el que, acto seguido, es reprendida y del que se arrepiente por las formas. Si no, no sería Daisy. Mariló, no entendiste los motivos de Daisy para sublevarse.
  7. Thomas, qué te han hecho: se te olvida que después de que se fuera O’Brian, Thomas fue un incordio para Baxter y escribió cartas entrometiéndose en asuntos que no eran de su incumbencia y siguió jugando al malote aquí y allá. La diferencia es que antes hacía mal por el gusto de hacerlo y luego alguna vez hizo mal a alguien para proteger a los suyos. Thomas dejó de comportarse así poco a poco según se iba dando cuenta de quién era. Este personaje no ha pasado de villano a ser pura bondad en la serie, pero sí cambió de actitud después de que enfermara por el tratamiento para “curar” su homosexualidad. A medida que va viendo que hay gente que sabe que es diferente y, aun así, lo acepta, va suavizando su carácter, aunque no deja de tener una lengua de serpiente según a quién se dirija. ¿Tampoco has entendido a Mr. Barrow, Mariló?
  8. Carson, inaguantable: Carson ya era así antes de casarse. ¿Te imaginas que trata mal al resto de mujeres menos a la suya? Tal como está configurado el personaje, al tener a su propia mujer, siente más confianza para no morderse la lengua y decirle, por ejemplo, que cocina mal. Tampoco te puede parecer Mrs. Hughes la mujer más feliz del mundo desde que Carson le pidió matrimonio, porque estuvo más angustiada que nunca y le pidió a Mrs. Patmore que se asegurara de si él quería hacer “ya sabes qué”, porque no tenía un cuerpo bonito que ofrecerle y se sentía muy insegura. Ella quería casarse “a media jornada”. Cuando Carson se entera, salen de su boca las palabras más bonitas que de tal boca pueden salir. Este personaje ha sido muy tajante siempre con su trato a los que están por debajo de él, a las mujeres y a Barrow (homosexual). Si tú, Mariló, pensaste que casándose se enmendaba, es que no has entendido a Carson.
  9. Robert, un cero a la izquierda: El personaje de Robert sí es cierto que permanece al margen, dejando que los demás dirijan todo a su antojo. Pone su carta sobre la mesa, pero no impone nada. A lo mejor se te ha olvidado que despidió a alguien después del incendio y no contó con la aprobación de nadie para hacerlo ni contó lo sucedido. A lo mejor también se te ha olvidado el detalle de homenajear al sobrino fusilado de Mrs. Patmore (a lo que Carson se oponía). A lo mejor hemos visto una serie diferente. A lo mejor el vómito de sangre cuando enferma en la temporada 6 (muy criticado, por cierto) es más responsabilidad del director que de los guionistas. A lo mejor, Mariló, lo que dices en el artículo es carne de foro.
  10. El enfrentamiento Violet-Isobel: la relación de amor odio entre estos dos personajes ha dado los diálogos más divertidos e incisivos de toda la serie. Realmente no he entendido qué es lo que te ha molestado de aquí. en boca de Mariló: Isobel no ha estado a la altura de la némesis yanki interpretada por Shirley MacLaine. Claro que no, porque representan personalidades muy distintas. Siendo Isobel una mujer independiente, honesta, preparada para el cambio, no le llega ni a la suela a ninguno de los personajes americanos que aparecen en la serie. Se nota un contraste muy fuerte porque es lo que se pretende. Si el conflicto con Isobel fuera de la misma dimensión que el establecido con Cora o con Martha Levinson, no podrían existir los maravillosos diálogos de los que te hablaba antes, porque estarían tan enfrentadas que apenas se dirigirían la palabra, como ocurre con su nuera y la madre de esta. Mariló, no te has enterado de nada.

Recomiendo leer los comentarios que siguen al artículo. He llegado tarde a acusar a Mariló de poco profesional y de no haber visto la misma serie que el resto. Pero he llegado. Mariló.

 


Anoche terminé de ver Downton Abbey, una serie que dejé de decir que estaba viendo porque hay quien piensa que es gracioso hacer spoilers y ya me comí uno en su día. La gente considera que no importa hacer spoilers de algo que ya está acabado. Importa, cada uno lleva un ritmo. Ya hablaremos de esto en otra ocasión.

De las reacciones derivadas del final de Perdidos, aprendí lo fácil que es opinar y tirar por tierra el trabajo ajeno únicamente porque la mayoría de la gente no quiere tener que hacer su propio proceso mental. Me considero afortunada por saber ver más allá de la propia frustración que provoca que acabe algo que te ha dado tantas horas de gloria.

Por las noticias que me iban llegando, he visto la última temporada temiendo la muerte de la fabulosa Lady Violet, la condesa viuda de Grantham.

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El primer capítulo de la serie coincide con el naufragio del Titanic, en el que fallece el pariente heredero con el que planeaban casar a Lady Mary Crawly, la hija mayor del conde, para que la familia siguiera gozando de sus bienes, ya que no habían tenido ningún hijo varón y se arriesgaban a perder las propiedades . Por aquel entonces, Lady Violet tenía ya 70 años. En la 6ª y última temporada ya era 1925 y Violet habría cumplido 83 años, habiendo superado en 2 años a la reina Victoria. La misma Maggie Smith tenía ya 80 y no pensaba continuar más allá de esa temporada. Tomada la decisión, el equipo tuvo que tomar la suya y prefirió cerrar ahí antes que continuar sin Maggie. Sinceramente, no me hacía a la idea de cómo sería la serie sin ella.

De la serie, a grandes rasgos, me sobró parte de la historia de Bates y fui echando en falta las complicaciones para encontrar heredero, ya que la trama quedó solucionada en la 3ª temporada con el nacimiento de George, hijo de Matthew (otro heredero muerto) y Mary.

Como puntos fuertes, destaco la ambientación, la caracterización de los personajes, la evolución del vestuario adaptándolo a los tiempos en cada temporada, los diálogos, especialmente los de Violet e Isobel, y la recreación de la época en la que está basada la serie, así como el conseguido reflejo de la sociedad británica de aquellos años.

Del final de Downton he leído de todo, aunque bastante más críticas a favor que en contra.
Las opiniones negativas son, cuanto menos, curiosas, pues se quejan de que el final fue excesivamente feliz. Está claro que la felicidad molesta, sobre todo la ajena (y yo quejándome durante toda la serie de exceso de desgracias en las vidas de Bates, Anna y Edith…). También molestó que no quedara nada abierto a la imaginación, por considerar todas las historias con un final bastante hermético. Quien dice esto, no entendió los guiños hacia el personaje de Tom y el hecho de que Laura Edmunds, la editora de Edith, cogiera el ramo de la novia. Tampoco se enteraría de la movida con Mrs Patmore o Daisy, aunque esta última fuera bastante más evidente.

Por mi parte, destaco varios puntos:

  • El hecho de que Anna, criada de Mary, se ponga de parto en el dormitorio de esta, que lo acepta de buena gana y hace lo que Anna lleva tanto tiempo haciendo para ella: desvestirla y acomodarla para que todo marche bien. Aparecerán Anna, Bates y el bebé acostados en la cama de Mary, todo ha pasado en esa habitación y todos lo aceptan de buen grado, dejando claro que no hay tanta distancia entre la gente de abajo y la de arriba. Carson es el único que no lo ve apropiado. De haber opinado lo contrario, no sería creíble.
  • Que nazca una nueva criatura en Downton y no traiga la muerte de otra persona. Recordemos: nace Sibbie, muere Sybil en el parto que ya se preveía complicado; nace George, muere Matthew en un accidente de coche (muerte inesperada que me fastidiaron los spoilers); nace Marigold, muere Michael Gregson.
  • Ver a Barrow jugar con los niños nos reconcilió con él (Rob James-Collier, actorazo, por cierto). Pero a mí no me apaciguó tanto como para querer verlo de mayordomo sustituyendo a Carson, después de todo.

Ascenso, nacimiento, despedida, buenas noticias médicas, reconciliaciones, nuevos amoríos por doquier, boda, embarazo… pero, ¿qué esperabais? Estáis viendo Downton Abbey e igual de terrible os habría parecido que en el último capítulo muriera Lord Grantham, que este pomposo y acelerado happy ending. 

Cuando quedaban unos minutos para el cierre definitivo de la serie, deseé con todas mis fuerzas que no acabara con piquito de los recién casados ni con el propósito de matrimonio feliz de Lord Grantham a Lady Cora.

Acabó como tenía que acabar: con una frase de Lady Violet, de esas que, siendo mérito de la creatividad de los guionistas, sólo Maggie Smith sabe llenar de significado.

 

 

 

 

 

 


El carnaval local es algo de lo que entiendo más de lo que demuestro, incluso más de lo que quiero que se sepa. De hecho, sé tanto, que ya no me gusta.

Lo sigo desde hace años desde mi sillón de acariciar al gato que no tengo. Lo veo con mis gafas de ver de lejos el ridículo.

Todo carnaval local cuenta con sus clichés: una chirigota malvestida de mujer (asumo el riesgo de que me llaméis feminazi, pero debéis saber que no nos hacéis ningún favor…), su pasodoble al político de turno, la declaración de amor mío de mi corazón, y una parte del repertorio en la que quede claro lo orgullosos que estamos de ser de donde somos (que si hubiéramos nacido en otro sitio, lo repitiríamos con muy pocas modificaciones).

El espectáculo grotesco no (siempre) lo ofrece el repertorio, sino los componentes, para los que prima la competitividad sobre el compañerismo. En la mayoría de los casos es un concurso con un premio metálico mínimo (si es que lo hay…), pero hay que ganarlo a toda costa y caiga y quien caiga. He visto dedicar parte del repertorio a menospreciar a otras agrupaciones, he visto reclamar un premio bases en mano agarrándose a una interpretación ambigua del contenido… he visto bien, con esas gafas que os dije.

Quien no gana, se aferra a la idea de lo injusta que es su posición tras tantos meses de ensayo y dedicación que son, día arriba, día abajo, los mismos que le han dedicado los que quedaron por encima y los que quedaron por debajo. Como en todo, las agrupaciones se clasifican en dos grupos: los malos, y los nuestros.

Unos a otros se animan diciéndose que es que había mucha calidad, que todos son igual de buenos, cuando en realidad todas las disputas, y no sólo aplicadas al carnaval, se solucionarían admitiendo que todos somos la misma mierda.

 


Julio de 2013.

Una llamada rutinaria, que nunca lo es, me saca del tedio en un descanso del trabajo…

¿Dije “rutinaria”? ¡Ja!

Arturo me contaba que había tenido una idea, intercalando sus “ya sabes cómo tengo la cabeza”, con información que sólo mentes como la suya pueden concebir. Me daba detalles de un proyecto formidable al que su talento estaba dando forma. “Se me ha ocurrido”, me decía y, tal como se le ocurrió, me lo estaba contando. Yo estaba emocionada: “sí”, “sí”, “¡qué guay!”, “sí”. Y desde su humildad de puto amo me decía: “¿Sí? No sé, igual es una tontería…”

La tontería de pensar que aquello podía serlo, se la quité de inmediato. Pocas cosas había más lejos de ser un disparate.

– Pues voy a contárserlo a Juan.

Desde el principio supo quién iba a estar a su lado y ahí siguen Arturo y Juan constituyendo el equipazo que forman desde que se conocen. Se complementan, se alimentan de la agudeza tan dispar de cada uno y se cuidan.

Y, también desde el principio, supo que se llamaría Todopoderosos.

Un año y unos meses  después, vio la luz el que sería número uno de Itunes con cada programa, empezando con Batman y la gallina Cocoguagua.  Por la primera temporada pasaron también personajes como Sergio Fernández, Rodrigo Cortés o Antonio Santos.

Si no lo sabéis ya, con estos pocos datos lo supondréis: la esencia del programa es la cultura friki, pero como nadie antes la ha tratado. Si de algunas películas de animación se suele decir aquello de: “los adultos la entienden, los niños la disfrutan”, de Todopoderosos bien se puede hacer un paralelismo cambiando “adultos” por “frikis” y “niños” por “cualquiera que lo escuche”.

En unos días comienza la segunda temporada y lo hace con invitados como Javier Cansado, Carlos Pacheco y Alberto Chicote, entre otros. Y es por eso por lo que vengo emocionada a contarlo: porque lo has conseguido, Arturo, porque “sí”, “sí”, “sí” y “sí”. Tu creación ya tiene un año y casi camina sola. ¡Enhorabuena!



Jordi Bachero

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