En este camino no se encuentran arrieritos.

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Vivimos en un mundo tan agresivo que nos sentimos culpables por vernos guapos, por pensar en nosotros, por gustarnos y por querernos. Aunque muchas veces oímos el “tienes que quererte tú”, hay muchas fórmulas aprendidas que invitan a hacer lo contrario. No tendríamos que aprender a querernos si no nos hubieran enseñado a menospreciarnos.

¿Quién no ha sido vapuleado al decir algo positivo de sí mismo con el famoso “no tienes abuela” o el “baja, Modesto…”? ¿Cuántas veces nos hemos excusado empezando nuestro autobombo con un “está feo que yo lo diga”?

Intentamos reforzar nuestra autoestima pidiendo a nuestras parejas que nos reafirmen su amor. Un día, jugando con mi pareja a la novia pesada, pregunté el típico: “Cariño, ¿tú me quieres?”. Me contestó como todos sabemos que se contestan estas cosas y sonreí. Acto seguido le pregunté: “¿y yo a ti?”. “Mucho y muy bien”, contestó.

Si bonito es que te digan que te quieren, no os imagináis lo que se siente al saber que tus seres queridos tienen la certeza de que tú les quieres a ellos. Por eso, hace unos días,  puse lo siguiente en Twitter:

Fav si te quiero

Las reacciones fueron inmediatas. La primera fue @Niladynimedia y cada fav era una alegría. Algunos me dijeron “tú sabrás”; se apuntó al carro incluso gente a la que no conocía ni me conocía a mí (¡bienvenidos a la rueda del amor!), y otros dijeron tímidamente: “supongo que sí”. Entre la plena convicción y los porsiacasos llegamos casi a ser 50 personas sintiéndonos queridas. Os animo desde aquí a aumentar la cifra.

¿Veis que el corazón está en rojo? ¿Sabéis que significa eso? Sí… yo también hice fav.

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¡Qué difícil es disimular cuando no te da la gana! ¡Qué vidilla nos da esa tensión emocional cuando sumas inconvenientes y da positivo! ¡Y qué bonito es olvidar los obstáculos por un momento y tirarnos a la piscina a oscuras, de la mano, desnudos y en bomba!

Aquella noche hubo risas y lágrimas y una cantidad innumerable de “madre mía” por minuto. Si me dicen que tengo que condensar varios años en un par de horas, diría que es imposible. Pero es que ese día pasaron muchos imposibles juntos: imposible que se acuerde de mí, imposible que se quiera acordar, imposible que podamos hablar, imposible, imposible, imposible, posible, sible, ble… y así fuimos deshaciendo lo inverosímil y nuestros nudos en la garganta y en el lazo de mi vestido.

Mientras me decías que, allí arriba, te sobra el mundo, mi sonrisa dejaba ver la superioridad de quien sabe que rompe la estadística. No es la primera vez que me clasifico, no es la primera vez que encuentro sin buscar. No es la primera vez que nos encontramos. ¿Forzamos la siguiente?

Fue la empatía del artista, ese afán por subir a descargarte los hombros y esa mirada tuya del que busca la conexión que no le deja no mirar a la décima fila. “De esos polvos, estos lodos”, te diría mientras masajeo con torpeza tu espalda dolorida (si yo lo que quiero es no dejar de acariciarte el pelo). Y tú sonreirías por la obviedad de mis palabras, el chiste fácil y amargo si lo rematas con la hipótesis que me coloca donde no puedo estar porque seríamos muchos. Y al rato nos levantamos mutuamente la cabeza y nos sonreímos, y nos reímos, porque es de risa que nos riamos dentro de la boca de otro.

Y yo qué sé qué es esto y yo qué sé si se repetirá, si ni sé con certeza quién eres tú, ni si hay otro tú más allá del que yo – un yo que tampoco me resulta familiar – conozco. No me hagas preguntas, avísame cuando llegues. Sí, sí puedes vivir sin mí y con esto. Y yo con esto y sin ti. La vida nos ha sido ingeniosa. Si nos tiene preparado más, tendremos nuestro hueco.


¡Qué fácil es cagarla en San Valentín!

sanvalentin.jpgEl día de los enamorados es algo que nos enseñaron a tener en cuenta y del que ahora nos enseñan a ponernos en contra. En medio de esa contradicción, nos encontramos felicitaciones camufladas de yo-no-quería-pero, el mejor amor es mi mascota, mis hijos… pero hay que quererse todos los días, aunque te lo voy a decir hoy, incluyendo una dedicatoria de esas que tanto detesto porque este día es sólo un día más. Todas las dedicatorias son “una más”, menos la mía. La mía no es una más. Es una más hoy, pero yo ya te quería ayer y, probablemente, te quiera mañana.

Es muy importante que pongáis hoy, precisamente hoy, una foto de vuestra pareja diciendo que vosotros os amáis siempre. 211392234713-versos-de-amorEs imprescindible que pongáis un cartel ñoño con algún texto tipo “Aunque no creemos en estas cosas”. Hay que dedicarle a esa persona un “Nosotros no somos de esto”. Estamos hechos de otra pasta, por eso no lo vamos a celebrar hoy, pero lo vamos a dejar claro con una dedicatoria. Pero no es una dedicatoria de que te quiero, aunque diga que te quiero, porque… ¡me estoy liando! ¡Te quiero! Pero no hoy, quiero decir… Hoy también, pero es que hoy se están queriendo todos. Necesitamos un rincón, una red social donde no se estén queriendo los demás para ser exclusivos en un día en el que todo se parece tanto entre sí. No sé qué ponerte… algo que te recuerde que sigo pensando que no me iría con Brad Pitt, aunque ahora esté divorciado (¿qué estarán haciendo ellos en este día?). Porque podría hacerlo, está disponible. Pero, es que yo te amo a ti.

meregusta-te-quiero-aunque-seas-enojona-y-alteradita-0-812554.previa.jpgTe amo aunque a veces la cague, aunque no sea la pareja perfecta y a veces te enfadas porque fumo a escondidas o veo porno o… mucho peor, a veces adelanto yo solo capítulos de esas series que vemos juntos. Te amo, aunque no te merezca, porque soy lo peor. Felicidades por este tiempo a mi lado, porque estar conmigo es lo mej… contigo, estar contigo, mi amor. Enhorabuena por tenernos, mi bebé.

hqdefault¡Ay, yo no sé hacer esto! Porque hay querer todos los días y hoy hay tantas flores y tantos corazones y tanto chocolate y tanto rojo, que me pongo nerviosa y acabo enredándome en el conjuntito sexy que me pongo para Instagram, mordiendo las flores y poniendo los bombones en agua.

Y yo hoy, que lo sepáis, no voy a celebrar nada. Ni mañana, que, con la resaca del cenorrio de San Valentín, va a ser insoportable.

 


     Llega una edad en la que ya tienes un rodaje y empiezas a considerar cosas que antes eran menos importantes. Sacas conclusiones reflexionando a raíz de varios hechos a lo largo de tu vida.
Por eso hoy me sirvo de mi blog para hacer público algo que ya es más que evidente:

NO ME GUSTAN LOS HOMBRES.

     Es algo con lo que he vivido desde siempre. Al principio no entendía que tenía de raro y por qué tenía que ser de una manera y no de la que a mí me parecía bien.

     Cuando las niñas contaban los novios casi por decenas en el colegio, yo siempre contaba lo mismo…

     – Pero puedes tener muchos novios, aunque ellos no te quieran. – Me decían.
– Ya… pero es que no me gustan.

     Cuando en plena adolescencia mis amigas me decían que me diera prisa, que era la única que aún no había estado con nadie. Yo no me avergonzaba, les explicaba mi actitud como podía, porque yo la asumía, aunque sabía que no era lo normal.
Recuerdo una conversación con mis amigas del instituto en la que cada una decía quién le gustaba de OT… Yo, que además no soy muy de realities (y no me jodáis diciendo que era un talent show y no un reality…) me encontraba con dos problemas: que no veía OT, ni me gustaban los hombres. A ellas les hacía mucha gracia pero yo notaba que respetaban mi decisión.

     Hace poco más de un año volví a tener la misma conversación. Esta vez con alguien que definió su orientación sexual con la frase: “me gustan todas las mujeres y algunos hombres”. Pero él sí necesitaba clasificarme en un sitio o en otro. Así que, cuando le confesé que no me gustaban los hombres, me preguntó si es que me gustaban las mujeres. Cuando le dije que no, me preguntó si era asexual…

No, simplemente es que no me gustan los hombres. ¿Por qué es tan difícil entender que me guste un solo hombre cada vez?

 


“15 minutos en el microondas”. MicrowaveClock

Pronto estará lista mi lasaña. Le quito el envoltorio, la pongo en el micro, giro la rueda y…

Por lo que sé, no soy la única que aprovecha los eternos minutos del microondas para hacer otras cosas. Es como la leche en un cazo, que hierve sólo cuando no la miras.

Aquel día, decidí dar un paseo. Me puse la sudadera de sacar al perro y allá que nos fuimos Schwarzenegger y yo a dar una vuelta por el barrio. Salíamos a horas inesperadas y sólo nos cruzábamos con esa gente malvestida a la que conviertes en sospechosa hasta que le ves el perro. Schwarzenegger sabía pasear sin incordiar a los demás viandantes, pero ese día se fijó en alguien y yo también.

– Me llamo Andrea. – Dijo mientras nuestros perros se olían los culos.

Pensé que, si no eres famoso, no tienes por qué tener nombre de chica. Andrea era un chico con el pelito largo y una perrita gorda que en verdad sólo está entradita en carnes, porque su raza es así. Pero a Schwarzenegger parecía encantarle. Se llamaba Lulú. No se complicaron mucho. Deseaba que me contara que el nombre lo había elegido su hermana pequeña. Por miedo a que no fuera esa la respuesta, no le pregunté por el nombre de su perra, al igual que no le pregunté por el suyo.

El cortejo entre Lulú y Schwarzenegger fue fácil. Entre Andrea y yo también, aunque un poco más lento. Al tercer día de coincidir y mirar con dientes largos cómo nuestros perros se revolcaban, se mordían, se ladraban y se montaban, los invité a casa.

Hace meses que nos despertamos los unos a los otros a lametones en la misma cama.

Lulú y Andrea se saben mis costumbres y cada rincón de mi casa. Andrea y yo procuramos hacer algo diferente al menos dos días a la semana para no caer en la rutina. La convivencia es agradable. Ha incluido objetos suyos en la decoración de mi casa. Le gusta cocinar, lo que ha hecho que libere mucho espacio en el congelador de mis precocinados.

Hablando de cocinar, ¿cuánto le quedará a la lasaña que tenía en el micro?


Me encantan nuestras rarezas:

Pisarte descalza cuando comemos en casa.

Ir a suspirar a centros comerciales.

Enlazar las manos por encima de nuestras cabezas cuando dormimos.

Inspirar el olor a los dos.

Nuestras piernas enredadas cuando comemos fuera.

No ir a Segovia.

Las manías con el café.

Pedir una pizza a las 7 de la tarde.

Las películas para dormir que acabo viendo yo.

Los huevos fritos sin clara.

Decir lo mismo a la vez.

La tarta de queso sin cobertura.

Asegurarnos, en la oscuridad, que estamos al otro lado.

Llamarnos como nunca antes hemos llamado a nadie.

Nuestro ¡FELIZ ANIVERSARIO! siempre.


Como ya dije una vez, soy lectora de ADV. En esta web, usuarios anónimos exponen qué es lo que hizo que ese momento, esa semana, ese mes, año o vida no fueran como ellos esperaban.

Los temas más comunes son los estudios, la familia y el sexo. En el post en el que la mencioné por primera vez, hablaba del premio a la ignorancia, de la (no) importancia que se le da a los estudios y a tener inquietud por aprender. Hoy, abarco los otros dos temas: familia y sexo.

Hace tiempo que leo a hijos juzgando a sus padres, avegonzándose de ellos porque les han pillado haciendo alguna cosa.

“He pillado a mi padre viendo porno.”

“Oigo gritar a mis padres cada mañana mientras yo sigo virgen a mis 25 años.”

“He encontrado un consolador y sólo puede ser de mi madre.”

“Mis padres esconden películas porno y condones de sabores.”

Normalmente, estas publicaciones acaban con “y no sé cómo mirarles a la cara.”

Pero, ¿cómo crees que estás tú en el mundo, desgraciao? ¿Quiénes somos para juzgar lo que hacen nuestros padres? Y, sobre todo, ¿quiénes nos creemos que somos para censurarlos? ¿Ser padre ya te quita la posibilidad de disfrutar del sexo (y de la vida)? ¿Ser hijo supone que “yo sí, pero mis padres… ¡puaj!”?

Pocas cosas habrá más bonitas que el hecho de tus padres sigan amándose y dándose placer. Eso sí, yo prefiero no saberlo, lo mismo que intuyo que ellos no quieren saber mis cómo, cuándo, ni con quién…

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Hace tiempo tenía una conversación con una amiga a la que la gente del grupo con la que salía la molestaba diciendo “tu hermana ya folla”. Ella siempre ha querido proteger a su hermana pequeña de todo pero, por aquel entonces, ella ya era una jovencita que salía, bailaba y bebía, y ni la primera ni la última parte las llevaba mi amiga del todo bien. Me explicó y la entendí: “También sé que mis padres follan, pero no quiero enterarme.” Y es que hay cosas obvias que no tenemos por qué saber.

Pero una cosa muy diferente es pensar en cómo mirarles a la cara, “¡oh, dios mío, mis padres disfrutando! ¿Qué hago yo ahora? Dejaré de hablarles hasta que recapaciten…”

¿Por qué no mejor nos distanciamos y pensamos que antes de padres son personas? Con sus deseos, sus pasiones, sus secretos… Y que nosotros, como hijos, tenemos mucho que aprender o, como poco, todo que asumir y mucho que respetar.

Y asumir también que ellos, afortunadamente, también tienen sexo.

Llámalo como quieras: copular, fornicar, tener sexo, hacer el amor, follar… para que lo puedas hacer tú, tuvieron que hacerlo antes tus padres. Si te avergüenzas de ellos por eso, empieza por avergonzarte de tu propia existencia.



Juan Maggiani

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En este camino no se encuentran arrieritos.

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