Nunca me sobra un concierto, podría incluso no gustarme el artista, que me gustará ir al concierto. Desde muy joven siempre quise ver a “Jarabe de Palo” en directo. Hace unos años, los tuve a 2 kilómetros de casa dando un concierto gratis. ¿Por qué no fui? Porque otra persona tenía otros planes para mí y yo era de esas que lo creían todo eterno. Nada lo era, y mucho menos aquello por lo que cedí.

A Pau Donés le llegó el éxito a los 30. No sé si es tarde – ni sé qué es “tarde” -, hay profesiones para las que parece que hay caducidad o edad mínima para empezar. Desde luego, no era tarde para él, ni tampoco era pronto para mí, que tenía unos 10 años por entonces. Su música es una de esas cosas que hacían lazos entre mi hermano y yo. En la búsqueda de nuestra identidad, era más difícil encontrar algo que nos uniera y, la música, en ocasiones, era el mejor vínculo.

Pero se puso de moda decir que de este grupo todo suena igual. Esto me lo ha dicho incluso gente que escucha a Fito. Se llama “sello”, amigos, y todos los cantantes lo tienen. Y ocurrió porque Pau y su banda demostraron que no serían un one-hit wonder y siguieron haciendo música para quienes supiéramos disfrutar de ella. He seguido su pista todos estos años y, en ese “escucharlos en silencio”, llegó el día en que me dijeron que esto se acababa… Y desde entonces me pongo en bucle “50 Palos”.

Mi pareja y yo solemos ir a conciertos de todo tipo. Nos hemos permitido el lujo de ver a “AC/DC” y “Guns N’ Roses” y hemos hecho la broma recurrente de que puede que sea el último concierto. Es muy fácil decirlo de un pollavieja (el término es goloso, Michelle), pero puede que sea el último concierto porque seamos nosotros los que ya no estemos aquí para el próximo.

He querido contar todo esto antes de llegar a lo que de verdad me inspiró para venir aquí y es justo eso, el último disco, que incluye versiones de 21 de sus canciones más conocidas y 1 tema inédito. Puedes pensar, escuchando el tema inédito, que Pau se está despidiendo. Él dice que es un canto a la vida pero, ¿no parece más un canto al fin de la misma? Veamos:

50 años y un cáncer (bueno, dos, pero uno es fruto del anterior). 50 años y un día te dicen: “te quedan menos de 5”. Y tú escuchas esa frase con letra de médico y piensas con letra de médico: “¿qué se hace ahora?”. O lo que sea que piensen quienes se encuentren con eso… Lo que sea que pensaran mi abuela, mi suegro, la prima Ángeles, el padre de Isa, el bueno de Juan… porque un día llega alguien que te sabe decir, con más o menos certeza, que tu vida se acaba. La única diferencia, a simple vista, con la vida de los demás, es que tú sabes cuándo. Y esto es lo que me ha hecho plantearme si él habla de él o de mí, de nosotros, en su canción. Si cuando pide un abrazo, que puede que sea el último, es el último porque se va él o porque te vas tú. Lo básico es pensar que es él el que se marcha, porque es él el que lleva la bomba de relojería que un día estallará. Pero yo no me quedo aquí. Y quién sabe si no me voy antes. O te vas tú.

“Ahora que sólo el ahora es lo único que tengo”, como si antes tuvieras algo más. De nuevo, yo creo que tengo un “después” y todos mis proyectos van en esa dirección; Pau sabe que sólo tiene un ahora. Yo no lo sé. Yo no lo vivo. ¿Y tú?

¿Qué haríamos si supiéramos cuándo vamos a morir? Hace unas semanas planteábamos esta pregunta en unas clases de inglés (ya… ¡yo qué sé!) y nadie quería saber la fecha de su muerte, en caso de que se pudiera saber de alguna manera. Ninguno de los que estábamos allí, ni siquiera los que propusimos esa reflexión, supimos responder con la cabeza fría. Yo, en particular, no sabría qué hacer con ese dato. Y es que el plazo viene de la mano de una dolencia que no sabes si los años o los meses que te quedan van a ser realmente de vida o de padecimiento (las veces que lo he visto, no se le podía llamar “de vida”). Pero, ¿y si viniera sin achaques? ¿Y si tuviéramos la posibilidad de conocer el momento de nuestra muerte, de prepararnos para ella? ¿Viviríamos de manera diferente? ¿Seríamos mejores si fuéramos realmente conscientes de que un día dejamos de estar? ¿Seríamos consecuentes sabiendo que esa persona que tenemos cerca también se marchará algún día? ¿Nos preocuparíamos por dejar una huella más bonita que la que dejamos? ¿Nos comportaríamos de manera más afable?

Pau, desde su experiencia, me está haciendo ver que esto se acaba. Lleva años diciéndomelo, antes incluso de que la fiera le mordiera las entrañas. Lo he visto ahora, pero no lo entiendo. Lo veo, pero no lo asimilo. No sé vivir el ahora. No lo digiero.

Si hubiera sabido vivir el ahora, habría ido a aquel concierto al lado de casa. Habría abandonado creencias e ideales mucho antes y me habría aferrado a otras que me hacen más feliz. Todo tiene su momento, pero a veces ese momento no llega. A veces hay que forzarlo. Por eso, hoy los veo en concierto a 400 kms de casa y por eso no los vi cuando estaban gratis y al lado. Gracias, Pau.

 

 

 

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