De pequeña aprendí que se votaba cada cuatro años y, desde que tengo edad de votar, hasta la fecha, no me salen las cuentas.

Ayer repetimos las elecciones de hace seis meses y en estos meses he vivido la insistente invitación a Windows 10 que se negaba a aceptar una decisión que ya había tomado. Igual con las elecciones.

No voy a hablar de resultados ni de acuerdos o desacuerdos. Voy a hablar de actitudes.

  • Las fotos votando: de un tiempo a esta parte, con el boom de las redes sociales, parece mucho más importante parar el mundo para que los ciudadanos puedan publicar una foto depositando su voto en la urna. Eso ha sido siempre tarea de los candidatos que ese día eran noticia. Pero tú, alma de cántaro, vota y vuela, que hay gente esperando.
  • Los votos nulos, ¿protesta o búsqueda de popularidad?: no sé si realmente la gente utiliza el voto nulo a modo de protesta o sólo aprovecha la certeza de saber que al día siguiente algún medio hará una recopilación de “los mejores votos nulos marca España”. Este año, por primera vez, los he visto firmado con la @ que indica el usuario de Twitter, ya que en Twitter importan los números: los de los seguidores y los de los me gusta y los retweets, porque no nos ha quedado claro aún con las encuestas de ayer que los números de Twitter no significan absolutamente nada.
  • El voto es secreto: hay quien interpreta ese “secretismo” como protección personal ante ataques o lo malinterpreta pensando que el hecho de que sea secreto implica que no se lo puedes contar a nadie. De hecho, en la campaña anterior vi a gente que protestaba enseñando la papeleta de a quién iba a votar diciendo que nunca entendió que tuviera que callarse. No entendió nada esa persona ni quienes le dijeron “¡pues claro que sí, ya está bien, yo también lo voy a enseñar!”. El sufragio secreto pretende proteger la libertad de lo votado, sin influencias. Por eso se habilita un cuarto oscuro en los colegios electorales. Por ese motivo, tampoco se debe anunciar el voto en los centros de votación, bajo pena de nulidad del voto. ¿Qué hacemos entonces con este votante que, aunque no tenga pájaro en la bandera, está claro que no votará a PACMA?  o este de UPyD?
  • Futbolizar la política: hay una tendencia más o menos lógica a politizar el fútbol, pero lo alucinante viene cuando se futboliza la política y se defienden los colores en lugar de la ideología, se portan banderas y símbolos que deje muy clara cuál es mi tribu y surgen cánticos horteras y garrulos. Cánticos que no sólo son el himno de un partido, sino que se utilizarán en contra de otros. Recordemos la ironía con la que los votantes del PP, en lugar de entonar su himno, gritaban el eslogan de otro partido al conocerse la victoria saciando así ese ansia de pertenencia a toda costa.
  • El voto NO es una obligación: El voto es un derecho. Lo ideal sería que, ya que podemos beneficiarnos del privilegio del voto, lo hiciéramos todos y a consciencia. Podemos protestar y enfadarnos (yo lo hago) con quien, tal como está el panorama, se permite el lujo de no tomar parte en algo tan importante, pero no está obligado a hacerlo. Aunque nos escueza y aunque no haga bien a nadie.
  • Se nos limita el léxico: durante las horas previas a las votaciones y ya no te digo las de después del escrutinio, se repiten las mismas frases, palabras y comportamientos en cada casa, en cada bar, en cada canal de televisión y en cada red social. Pucherazo, democracia, justicia, cuñao, paletos, gilipollas… Y reincidimos cada vez que hay elecciones en tener razón dialogando con un número restringido de palabras y comportamientos inmutables.

Esta desfachatez de la que todos hemos participado – no estoy hablando de política – sólo ha sido el entrenamiento previo al partido de hoy, que nos invita a disociarnos para tenernos controlados desde el descontento y la hostilidad.

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