Hoy he tenido un sueño muy bonito, de esos que hacen que te dé pena despertar. Cecilia, madre de Cristina, venía al pueblo y me dejaba a tres de mis niños de 9-10 años: Cristina, Noelia y Adrián para pasar la tarde con ellos. No era una responsabilidad, no tenía que darles clase ni cuidarlos, sólo estar con ellos porque a todos nos apetecía. Ha sido de los sueños más bonitos y divertidos que he tenido desde hace mucho. Todo esto me ha traído aquí, a escribir el texto que necesito y quiero escribir sobre lo que ha significado mi trabajo de estos últimos 5 años.

Acabé en ese pueblo por motivos que resumo en una frase: “llegué por amor y me quedé por trabajo”. Quien me conoce, sabe bien que el trabajo me aportaba experiencia, pero que el trabajo en una academia no es un trabajo de por vida por inestable, por horarios y por cuestiones económicas. Y cuando digo “me quedé por trabajo” ahora también pienso que lo podía completar con “y por amor” porque mis alumnos me han hecho sentir muy querida.

En estos últimos meses, cuando ya estaba más claro que algún día me iría (ni ellos ni yo sospechábamos que sería tan pronto) me fueron dejando frases y momentos que olían a despedida y que recordaré siempre. Cosas como que nunca volverán a tener a una profesora a la que le cruje la cadera cuando enchufa la radio y que lleva calcetines de los Minions. Esa profesora que dijo frases que jamás pensaron que oirían como “vale, César, puedes cantar, pero sin gritar y sin comer madera”. La misma que apuntaba frases y anécdotas de clase en una libreta. Y no se hacen una idea de lo que me llevo yo de ellos, de lo mucho que he aprendido porque me lo han enseñado personas nacidas en el nuevo siglo. Esas por las que no apuesta quien no se ha parado a escucharlos. Pero yo lo hice. Yo paré clases por escuchar sus inquietudes, sus problemas o sus payasadas. Y nada de eso impidió seguir un temario.

Esperaba que me llamaran de Delegación a finales de curso o nunca y, cuál fue mi sorpresa cuando, el miércoles 19 de abril, me llaman de repente y me tengo que ir al día siguiente. Ningún trabajo era compatible con el que acababa de aceptar.

El año anterior había prometido que al siguiente no vería la fortaleza desde ninguna de mis ventanas, dando por hecho que me iba de la ciudad pero, el azar es caprichoso y guasón y, claro que no la vería… me mudé a un primero. Tenía mi piso alquilado, mi rutina, mis rincones, pocos amigos y poca vida social en general, pero disfrutaba de un ajetreo cultural considerable y un ocio solitario bastante satisfactorio. Una parte de mí quería acabar el curso allí y, otra, irse cuanto antes. He tenido varias anécdotas como para salir corriendo de allí, pero aguanté y me hice fuerte. Luego la vida me fue poniendo en mi sitio y el hecho de llegar a las 4 y ver las caras de mis niños (especialmente los lunes, los benditos lunes en los que tenía los grupos con los que más cómoda he trabajado) hacían de mí una persona nueva cada día. Empezaré a hablar de ellos por orden de edad y nombres de libros (así llamábamos a cada grupo):

  • High Five 2, 7-8 años: El grupo más complicado que he tenido en 5 años, el más indisciplinado y con el que me supe hacer en pocos días. Nos supimos escuchar mutuamente y empezaron a decirse entre ellos “hoy te ha fallado un poquito lo del respeto” y me confesaban sus mentiras a los pocos segundos de decirlas y me agradecieron que no les obligara a quedarse sentados toda la hora de clase. Aprendí que al niño malo hay que decirle que es bueno hasta cuando no lo es, porque se lo acaba creyendo y deja de interesarle hacer trastadas (supe, perfecta y tristemente a quién no se le había dicho nunca algo tan simple como “eso que has hecho ha estado muy bien”). Aprendimos juntos a suavizar los roles de “el chivato”, “el graciosillo”, “el pelota”. Y a convertirnos en un grupo que cooperaba en todas las actividades. La frase “esto lo vais a corregir entre vosotros” les encantaba. Aprendieron que en mi clase se puede llorar si se tienen ganas (y, progresivamente, fueron teniendo menos) y que no tenían que contármelo todo a menos que quisieran. Con ellos puse en práctica los miles de roles que implica ser profesora. Y, hoy día, no sé quién de los dos, si ellos o yo, aprendió más en esas clases.
  • High Five 4 (A y B) 9-10 años: Mi(s) grupo(s) favorito(s) y todos los demás lo saben. Me dolió en el alma que tuviera que separarse el grupo original. Me cuido de los favoritismos pero la mitad de estos grupos la componen alumnos a los que he visto crecer desde lo 4-5 añitos. 111120114238Niños tan pequeñitos que cabían en una alfombra y que no entendieron por qué al año siguente ya no cabían, si eran los mismos.
    Siempre ha sido muy fácil trabajar con ellos y de ese grupo tengo la mayor colección de frases y anécdotas en mi libreta. Recuerdo a la primera persona que se le cayó un diente (Andrea I.) y al que tardó más en mudarlos (Adrián), a quien se le cayó algún diente en clase (Cristina) y quien más moratones y arañazos tenía por metro cuadrado (Noelia)IMG_1111. Recuerdo cada vez que se escondían debajo de las mesas si les tocaba a primera hora y yo aún no había llegado. Alguna vez me lo creí y costó convencerlos de que repetirlo todos los días le quitaba la gracia y que yo ya sabía que estaban escondidos. Cambiaron la estrategia: ya no hacían “¡Buh!” cuando yo llegaba, ahora salían y me daban una abrazo colectivo. No volví a intentar persuadirlos, me gustaba la nueva norma. Recuerdo cuando Silvia me pedía complicidad para asustar a sus compañeros diciendo que tenían deberes cuando no tenían o que yo me había enfadado y había examen sorpresa. Esto último no se lo creyeron nunca y eso dice tanto de mí como profesora como de ellos. 2013-02-08 17.27.45Recuerdo a César cantando la canción en otro tono a propósito o el villancico que cantó a mil palabras por minuto y que nos provocó una risa contagiosa y sanísima. Esa risa que ponía colorada a Emma y a Andrea, que luego no podían volver a ponerse serias. Recuerdo a María y Andrea I. celebrando su amistad con 6 años diciéndose que ambas eran lo mejor que tenían para la otra. Han sido muchos años y muchas vivencias que llevaré siempre conmigo. A lo bueno del grupo se le unió más bueno: María, Carmen, Lucía (Y.)… que entendieron pronto la dinámica de los grupos y cantaron, contaron, bailaron y accedieron a hacer cualquier idiotez que esta teacher chiflada les proponía. Y el resto, los que llegaron ya más mayores, más tímidos, mirando asombrados desde detrás del pupitre. Irene, Jose, Carlos, Yeray, Marco, es arriesgado nombrarlos sin dejarme a nadie atrás. Nombrados o sin nombrar, forman parte de mis mejores recuerdos en aquel centro.
  • Star Turn 3, 11-12 años: 5 niños, la clase soñada por cualquier docente, pero 5 niños con ganas de distraerse y hablar de cualquier cosa que no fuera estudiar. Dos de ellos han estado conmigo desde los comienzos y me han dado momentos como el de “100 sillitas blancas” que he compartido con algunos compañeros y siempre es risa.
  • Star Turn 4 (A y B): A partir de aquí, el rango de edad es más confuso y es donde se ve más claro que la distribución se hace por niveles. Los mensajes más bonitos y maduros me han llegado de parte de ellos. Me gusta que sientan la confianza de hablarme de todo, incluso de cosas que no hablarían con sus padres y que saben que yo tampoco iría a contárselas. Me gustó veros niños y adultos a la vez, en esta edad en la que estás muy en el límite de todo, tan indefinidos que ni la palabra “adolescente” engloba lo que sois. Pero eso para quien quiera poneros otro nombre extra a “persona” que es lo que quise que supiérais que sois para mí. Y había dos grupos muy diferentes: aquel en el que había más niños (con su correspondiente salto de nivel por ser unos máquinas) y se hablaba de fútbol (y se iba a clase con la equipación)IMG_0595, de youtubers, se hacían bromas y piques deportivos y me preguntaban cada equis tiempo de qué equipo soy, por si he cambiado de opinión y de pronto me gustaba el fútbol. Y el otro, pequeñito y bien repartido en el que, un buen día, acabamos hablando incluso de política. Probablemente las cabezas más analíticas y lógicas con las que me he encontrado de esa edad. Bueno, eso y la broma recurrente de recordarle a Nuria que una vez no supo guardar un secreto y nos hizo reír mucho.
  • Frontrunner 1: Otros con los que tengo la suerte de seguir en contacto. Otros que me han hecho reír y sentirme especial. A partir de aquí ya se empiezan a interesar por la atención individualizada y esperan al final de clase para contarme algo personal o decirme alguna chorrada y no saben que eso me hace sentir que se amplía mi capacidad pulmonar y respiro mejor. Y si esto no se entiende, lo que vengo a decir es que espero a que se vayan para que no me oigan suspirar emocionada y con la sonrisa de tonta que se me queda.
  • Frontrunner 2: aquellos que se interesan lo mismo por los toros que por la corrupción, temas que hay que abordar con tacto y que yo atajé diciéndoles “vendo droga en la puerta de vuestro colegio y vosotros lo sabéis”. Entendieron la metáfora y nos reímos. Y en este grupo sí que había diferencia de edad entre unos y otros, pero entre todos hacían que no se notaran porque eran, probablemente, más grupo que ninguno. By the way, “shut up, Miguel”.
  • Intermediate: con buena parte del grupo también llevo entre 4 y 5 cursos. Es el único grupo en el que tuvimos “mascota”, una persona protagonista de una historia a la que fuimos caricaturizando y de la que mantuvimos el nombre. Que nos perdone si alguna vez se entera, que ya ni siquiera era la persona en sí, sino la gracia que nos hacía nombrarla por cosas que sólo se podían entender formando parte de ese grupo. Son los mayores que he tenido este año (16 años creo que tiene la persona más mayor, 17 como mucho) porque desde la dirección no se arriesgaban a darme grupos que prepararan exámenes oficiales por si finalmente pasaba lo que acabó pasando. Y recuerdo que, cuando me dijeron que tenían esos planes para este curso, supliqué a todos los dioses que no me quitaran a este grupo. El primer grupo que me ha sacado a la calle, que quiso celebrar conmigo la llegada de la navidad durante dos años consecutivos quedando a cenar pizza en nuestra denominada “cena de empresa” el último día del primer trimestre. Momentos inolvidables en la pizzería, en la pastelería, en el parque, de camino a casa y, sobre todo, en el aula. Los que se tapan los ojos en las fotos porque son menores. Sois enormes.

Gracias a todos los que me habéis mandado mensajes de ánimo. Yo siempre dije que si alguna vez no estaba en la academia, sería porque estaría en un sitio mejor, que no se preocuparan por mí, que sólo cambiaría para mejorar y lo entendieron tanto que en los mensajes, entre los “te echo de menos”, sobresalían los “nos alegramos por ti”, “te lo mereces” y todas esas cosas que piensas que los niños no tienen por qué comprender y, sin embargo, respaldaron. Aprovecho también para agradecer a los familiares que me han mandado sus buenos deseos: la abuela de Joana, los papás de Fátima, la mamá de César, siempre atenta desde el principio… Gracias porque entre todos me habéis cambiado – y no exagero – mi perspectiva del mundo y de las generaciones venideras. No me acostumbro, ni creo que lo haga, a decir “mis ex alumnos”. No sólo es que no quiero que forméis únicamente parte de mi pasado, es que sois parte de mi día a día y aún estamos a tiempo de que nos volvamos a encontrar, incluso de nuevo como vuestra profesora.  Os cuidaré siempre a vosotros y a los alumnos que aún no conozco. No porque seáis el futuro, sino porque sois el presente.

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