No sé cuánta gente más llevará una, pero apuesto a que a mí se me nota en la cara.

No fue difícil conseguirla. En un papelito, firmado por alguen que daba su autorización, ponía que la necesitaba. Lo entregué. No dije nada. Nadie hizo preguntas. Me la dieron y la metí rápido en mi bolso.

Me la entregó una señora mayor acostumbrada a hacer su trabajo. La gente que se dedica a esto, lo hace ya de forma automática: recogen tu papel, te entregan lo que la otra persona ha pedido para ti y, si no te has enterado de que el proceso acaba ahí, te dice “ya está”.

Y está. Y todo parece fácil hasta que llego a casa. No es que no lo haya hecho antes, es que siempre me entran dudas. Sólo tengo una oportunidad, no me puedo equivocar.

Las indicaciones han sido claras y precisas. Salgo de casa y siento deseos de no encontrarme con nadie conocido y de que ningún extraño me mire a los ojos ni necesite nada de mí.

Palpo dentro del bolso para asegurarme de que sigue ahí. La noto, aún puedo sentirla tibia. Saco la mano en seguida, procurando que nadie se dé cuenta y teniendo cuidado de que no se vea.

Camino deprisa, evitando ser vista, apretando el bolso bajo mi brazo por puro instinto, a pesar de saber que no es la mejor idea.

Por fin llego al lugar donde voy a deshacerme de ella.

Tengo que hacer cola. No parece que vaya lenta, pero se me hace eterna. Miro a los demás, cada uno está allí por un motivo diferente y pienso, ¿cuántos más llevarán un botecito con su pis en el bolso?

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