El carnaval local es algo de lo que entiendo más de lo que demuestro, incluso más de lo que quiero que se sepa. De hecho, sé tanto, que ya no me gusta.

Lo sigo desde hace años desde mi sillón de acariciar al gato que no tengo. Lo veo con mis gafas de ver de lejos el ridículo.

Todo carnaval local cuenta con sus clichés: una chirigota malvestida de mujer (asumo el riesgo de que me llaméis feminazi, pero debéis saber que no nos hacéis ningún favor…), su pasodoble al político de turno, la declaración de amor mío de mi corazón, y una parte del repertorio en la que quede claro lo orgullosos que estamos de ser de donde somos (que si hubiéramos nacido en otro sitio, lo repitiríamos con muy pocas modificaciones).

El espectáculo grotesco no (siempre) lo ofrece el repertorio, sino los componentes, para los que prima la competitividad sobre el compañerismo. En la mayoría de los casos es un concurso con un premio metálico mínimo (si es que lo hay…), pero hay que ganarlo a toda costa y caiga y quien caiga. He visto dedicar parte del repertorio a menospreciar a otras agrupaciones, he visto reclamar un premio bases en mano agarrándose a una interpretación ambigua del contenido… he visto bien, con esas gafas que os dije.

Quien no gana, se aferra a la idea de lo injusta que es su posición tras tantos meses de ensayo y dedicación que son, día arriba, día abajo, los mismos que le han dedicado los que quedaron por encima y los que quedaron por debajo. Como en todo, las agrupaciones se clasifican en dos grupos: los malos, y los nuestros.

Unos a otros se animan diciéndose que es que había mucha calidad, que todos son igual de buenos, cuando en realidad todas las disputas, y no sólo aplicadas al carnaval, se solucionarían admitiendo que todos somos la misma mierda.

 

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