“¡Dime algo, por favor!”

Esas fueron mis palabras antes de las campanadas, justo en el tercer cuarto.

En las horas siguientes, ya en el nuevo año, esas palabras han flotado en mi cabeza como un salvapantallas en un ordenador de un cíber a principios de siglo y han acabado trayéndome aquí, a mi blog.

No he hecho balance de mi año en redes ni he posteado un collage de fotos. No me hace mejor que quienes lo han hecho, pero me pregunto si este tipo de reflexiones proyectadas en Facebook de verdad han madurado en la mente de quienes lo escribieron o simplemente surgió para morir estrellado contra ese muro virtual. Pronto saldrán estudios que calculen cuánto de lo expuesto es verdad.

“¡Dime algo, por favor!”

Pronunciado una vez y rebotando uno a uno en el vacío que dejaron todos los segundos en los que este año he tenido que parar mi vida esperando respuesta. Pocas cosas me angustian más que sentir que el próximo movimiento en mi vida no depende de mí. Yo muevo ficha y asumo las consecuencias o saboreo los buenos resultados. Pero no me gusta tener que permanecer en la misma casilla esperando a que alguien con más poder, mueva sus hilos para yo poder mover el culo. Para mí no es un juego.

“¡Dime algo, por favor!”

Como un ruego. Esas palabras hicieron balance por sí solas de lo que ha sido para mí 2015. Esperar movimientos ajenos, respuestas, procedimientos… para tomar decisiones tan importantes como cambiar de casa, de ciudad, de trabajo, elegir un camino para seguir creciendo. Mi estabilidad emocional se ha tambaleado hasta el vértigo más impetuoso.

Ha sido casualidad que haya tocado techo a finales de año para decidir ponerme las pilas y tomar decisiones para hacer que la gran parte de las cosas que haga dependan de mí y de nadie más. Quiero labrarme mis propios éxitos y fracasos. He sido y seré siempre un tía trabajadora, no concibo la vida de otra manera. Por eso voy a hacer que tiemble todo, que se derrumbe poco a poco lo que había hecho hasta ahora para reponer las piedras que necesite cambiar y rescatar las que aún me sirvan.

¿Es esto balance de fin de año? Sí. 2015 apenas ha dependido de mí, se me ha ido entre los dedos, he sido una marioneta en muchas manos.

Me siento contagiada por esta ola de buenos propósitos en los que nunca he creído. Para muchos de mi círculo, el año termina en septiembre. Nunca hemos creído que el 1 de enero nos haga más fuertes, más capaces, mejores personas… El renacer empieza en septiembre, que es cuando verdaderamente ponemos orden a nuestras vidas. La diferencia es que no lo anuncian en televisión. Hace años que Fran (El niño que llegaba a los planetas) y yo, nos felicitamos el año nuevo haciéndolo coincidir con la festividad de Rosh Hashaná.

El año nuevo es año nuevo porque así lo decidimos. Realmente me entristece pensar que hay gente que pospone todo hasta fin de año camuflando con excusas su falta de voluntad. El momento para hacer cambios en tu vida puede ser un día a mediados de mayo sin necesidad de esperar a que la tierra complete una vuelta alrededor del sol. Y si tienes que esperar a que acabe el año, usa otro calendario y acaba el ciclo a tu conveniencia.

Ponte un límite, tómate unos días para reflexionar y empieza a moverte, a cambiar lo que no te gusta, independientemente de la fecha que sea. Ojalá tengáis un feliz temblor en los cimientos de vuestras vidas.

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