índiceVoy a ser obvia: voy a escribir una entrada sobre el otoño y la voy a titular Otoño. Porque sí, porque me siento apática, porque tengo los bolsillos llenos de este equinoccio.

Si me preguntásteis años atrás cuál era mi estación favorita, seguro que os dije “el otoño”.  En otros otoños he sido feliz. Recuerdo que Fran (el niño que llegaba a los planetas) y yo nos felicitábamos el año a finales de septiembre, celebrando el año nuevo al más puro estilo hebreo. Otoño significaba renovación, un nuevo comienzo. También significaba la llegada de los coleccionables, pero esa es otra historia.

Cuando me preguntaban qué estación prefería, hacía una clara reflexión y un balance de ventajas y desventajas:

Verano, mucho calor; invierno, mucho frío.

Sólo me quedaban la primavera y el otoño, pero padezco (sí, padezco) una empatía tan fuerte que descartaba la primavera porque no me gustaba ver a mis compañeros ahogándose, asistiendo a clase con mascarilla y perdiéndose los recreos en el patio por su alergia al olivo o las gramíneas, abundantes en la zona donde me tocó vivir. Aunque luego yo no encuentro ni una pizca de esa empatía cuando me toca sufrir mi alergia y escucho: ¿pero de verdad hay tantos cipreses? (leed esta frase como cuando imitáis a alguien que os cae mal). Y elegía el otoño, porque era neutro, porque no hacía daño, porque era siempre comienzo de muchas cosas.

Los buenos otoños eran aquellos que venían tras un verano ocioso. Aquellos veranos que simbolizaban vacaciones, pero vacaciones de verdad, de las de hartarse de ellas y añorar una mínima rutina que te ponga la cabeza y los hábitos en su sitio. Y yo, ya sabéis, cubro cada hueco con una afición, por lo que el aburrimiento me llegaba sólo muy de cuando en cuando.

Pero ahora los otoños vienen desmadejados. Las hojas secas enseguida son hojas secas mojadas y resbaladizas que ensucian más de lo que decoran. La presencia de las setas me asquea y apenas si he tenido tiempo de recuperarme de la paliza del trabajo del verano, que no sólo es más cantidad, sino que pesa el doble sobre mis hombros. La noche es más noche, las diez de la noche son más diez, y los domingos de otoño son más domingos. Y si algún día me aburro en esta estación, no reconozco los síntomas, me da por llorar y me diagnostican cosas sin base científica.

La fruta de otoño es más aspera y, la ropa, ni te digo.

No, no estoy preparada para los otoños, aunque no me acuerde de un año para otro y los reciba con la misma emoción que cuando era niña. No, no estoy preparada, aunque los escaparates de ropa intenten colarme las chaquetas desde finales de agosto.

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