Soy una observadora, que es más que una simple mirona. A veces no miro, sólo escucho; otras, leo. Pero siempre con ese punto crítico que me define.

Observo el comportamiento de las personas a mi alrededor, cómo se mueven, cómo hablan, cómo actúan, con quién se rodean, cómo me tratan, cómo tratan a los demás…

Últimamente me doy cuenta de lo bien que se vive con la compasión de los demás. Si demuestras tu debilidad, tendrás gente alrededor. Si no, es que no necesitas a nadie, tienes un carácter huraño, o quizás, arrogante. Con las relaciones sociales nunca se sabe. O tienes un compromiso muy fuerte o no tienes nada, porque tendemos a forjarnos ideas fijas, como: “Sonríe; es feliz.” o “Se queja; le duele.” Y, si te sales de lo que les encaja a los demás, te conviertes en alguien en quien desconfiar.

A lo largo de los años he visto cómo algunas personas se lamentan una y otra vez de caer en el mismo error. Como ejemplo, puedo citar algunos muy obvios, sobre relaciones sentimentales.

Conozco a varias chicas que siempre conocen a chicos iguales. Una, ya ha dejado a tres por ser adictos a la cocaína. Su padre, con quien tenía cierta confianza, me contaba la mala suerte que tenía su hija y yo, que a veces consigo no decir lo que pienso, me quedé con las ganas de decirle: “habrá que revisar sus costumbres”. Otra, coincidió con varias relaciones con chicos también con adicciones; uno, a otra droga; otro, a los videojuegos. Otra de quien compadecerse, a ojos de su allegados. En alguna ocasión pudo ser mala suerte, ¿quién soy yo para negarlo?

Si bien es cierto que solemos rodearnos de más o menos personas parecidas, afines a nosotros en vicios y aficiones, va siendo necesario seleccionar qué subgrupo nos conviene y cuál no.

Lo que intento decir con esta parrafada es que siento que a veces escogemos el daño que queremos que se nos haga, que elegimos de qué queremos quejarnos o de qué queremos que se nos consuele. No creo, o espero que no sea así, que nos guste sufrir y vamos eligiendo la espina con la que queremos pincharnos, pero sí he hablado con gente que pedía ayuda y luego la rechazaba, como el mendigo que tira a la basura el bocadillo que le acabas de dar.

Son, ciertamente, situaciones que no sé cómo manejar. Si algo intento sacar de aquello es aprender a no prestar ayuda a quien no me la pida exclusivamente a mí, que realmente necesite algo que yo le pueda dar. Igual me estoy dando mucha importancia por ofrecer algo que a mí me ayudó. Nunca me he creído curandera de almas, pero me preocupo por la gente que me importa. Sin embargo, a veces me lo ponen muy difícil cuando trato de acariciarles y me responden a escupitajos. Es por eso que pienso que hay quien prefiere patalear en arenas movedizas antes que coger la mano de quien se la tiende.

Se vive muy bien de la pena de los demás.

Lo otro es echarle huevos a la vida.

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