Siempre tuve conciencia política, porque siento y pienso. Intento estar al día de las relaciones socioeconómicas que me rodean y el sistema que nos rige… Por fuerza, por interés personal, por lo que sea, pero pienso que no puede no importarnos.

Controlo más bien poco del tema, menos de lo que me gustaría. Afortunadamente, en mi casa (en la que vivo sola) no se enciende la tele desde hace ya más de 3 años. Me informo de todo en las redes y es la única manera de obtener una información más limpia, aunque la imparcialidad es peligrosa en todas partes.

Desde que era muy pequeña me afecta la desgracia ajena, las bombas, las guerras, las desapariciones… pero en las noticias daban más importancia a un crimen individual nacional que a una guerra con miles de muertos donde tocara que fuera ese día. Fue así como tomé conciencia de lo que es ver mapas.

Empezaba escuchando atentamente y luego sólo oía de fondo debates que no llevaban a ninguna parte. Comenzaban hablando de Felipe González y de alianzas y partidos y, al no entender adónde pretendían llevarme, acababa preguntándome por qué no suena la “P” de PSOE. Lo más que sabía de la izquierda y la derecha, es que el maestro nos pintaba un puntito rojo en una mano para que supiéramos que la derecha es con la que comemos. Ahí también me di cuenta de que no todos comemos con la derecha. Me vaciaba la cabeza de contenido trágico, pero me llevaba las imágenes de guerra a la cama, arrastrando una muñeca rota con la mano del puntito rojo. Y yo qué sé qué decían de Chernóbil, de la amenaza nuclear y de la guerra fría, si yo era feliz fingiendo que tenía que soplarle al café de una diminuta taza vacía.

Atentados de ETA, guerra de Bosnia, mirar la tele espantada entre los huecos de mis dedos, aprender términos como la OTAN sin saber muy bien qué o quién era. Se hablaba de Estado de Bienestar y yo no veía que estuviéramos bien, bien, pero lo que decía la tele había que tomarlo en serio. La mayoría absoluta del PSOE, los juegos olímpicos de Barcelona, la EXPO de Sevilla… todo tan prometedor. Pero viene el escándalo de los del GAL y el GAL tampoco sé quién es y me lío y me voy a jugar a la calle.

Crezco y noto que a la gente ya no le gusta tanto quien nos gobierna, que yo sabía quién era ya por la costumbre de que estuviera ahí. Y no sé qué ha hecho mal, pero lo noto. Años después vi a gente angustiada porque empezó a gobernar dos “P” que sí se pronuncian.

Más o menos a partir de ahí fue cuando empecé a tener mis propias ideas, aunque seguía sin entender una mierda. Sólo sabía que en dos años iba a cambiar de colegio porque el sistema educativo también había cambiado y me quitaban dos años de primaria para llamarlos secundaria obligatoria. Tampoco ya se hacía la comunión con 7-8 años, porque decían los curas que a esa edad no éramos conscientes de todo y yo les preguntaba sin voz: “¿Pero de verdad creéis que con 10 me estoy enterando de algo?”. Y luego me di cuenta de que en ciertos asuntos es mejor que la gente no se dé cuenta de las cosas o tendrán criterio propio, con lo peligroso que es eso.

Manos blancas, el horror en unos calurosos días de julio, manifestaciones, libertad sin ira. De aquello sí que me enteré bien. Cambio de moneda y mayoría absoluta de Aznar.

Mi libro de historia de bachillerato ya llegaba al 2000 (todo esbozado, sin detalles) y ya leía y pensaba: “pues si esto que es reciente no está explicado como ha sido, ¿qué no nos estarán colando entre reinados y sistemas de otros siglos?”

De aquellos tiempos preuniversitarios recuerdo la angustia que me daba olvidar lo aprendido. Yo no quería aprender para un examen. Ansiaba recordar datos, fechas, obras, ideologías aprendidas en los libros de historia, filosofía y literatura. Quería leer más allá de lo que me ofrecían los libros de texto.

En la universidad di mis primeros verdaderos pasos como persona adulta y aprendí que hay cosas que no se pueden decir en voz alta, pero también supe que a veces es mejor hablar y ver quién se queda y quién se va. Me daba seguridad, aunque a menudo me dejaba sola. El 11M nos sacó de las aulas y nos llevó a una manifestación contra ETA. Nos dejaron hacer el ridículo un rato hasta que esclarecieron los hechos. Retumbaban los ecos del 11S y Al Qaeda.

La guerra de Bosnia ahora estaba en Irak. Bush y Ansar jugaban a los soldaditos y nos cubrieron de barro hasta las cejas. Ahora era consciente y dolía, dolía mucho. Mis tazas de café ya eran de verdad y estaban llenas y ni siquiera tenía tiempo para soplarles. Armas de destrucción masiva, zonas cero, primeros contactos con el activismo… todo me quemaba la lengua.

Y en mi ya avanzada juventud, he tenido muchos déjà vu. Lo peor es que siento que los seguiré teniendo.

2015, principio de mis vacaciones. Refugiados sirios mueren ahogados mientras intentaban alcanzar la costa europea. Aylan aparece en una foto que hará historia, como la niña que huía desnuda de las bombas en Vietnam. Los demás niños que llegaron sin vida, no se mostraron, tenían la muerte en cada parte de su cuerpo: en sus caras golpeadas por las rocas, en sus cuerpos hinchados por el agua, sus ojos abiertos llenos de espanto… Aylan parecía que dormía. Y dolió y reconstruimos su vida de niño pequeño y feliz, pero nos dijeron que a quienes tienen hijos les duele más. Ahora que soy mayor también me dicen lo que tengo que sentir. El debate se centró en si era ético o no publicar la foto, que había que pensar en esa madre que, por cierto, también murió junto con otro hijo… y lo que menos se planteaba era si las circunstancias que habían llevado a esos cuerpos sin vida a la orilla eran éticos o no. Paralela a esto, la controversia de si abrirías o no la puerta de tu casa a los refugiados, si tenemos o no corazón y si recordamos cuando nuestros antepasados huyeron a Alemania.

A mí no me preguntéis que haría yo, que todavía no soy madre y por eso aún no siento. Pero desde hace días no deja de sonar esta canción, a modo de interminable paramnesia reduplicativa:

Se rompen las cáscaras
de nuez contra tus costas.
Y el estrecho es un abismo
que salva a la vieja Europa.
¿De qué? ¿Ya no recuerdas?
Pueblo emigrante,
enfermo de amnesia.

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