En una clase en la universidad tuve un nuevo concepto de la palabra “mapa”. Si alguien que lanza una bomba desde un avión viera más allá de la superficie, más allá del mapa donde señaló su objetivo, quizás se replantearía si quiere hacerlo o no. Quizás se le ablandaría el corazón si viera dentro de cada casa a la niña que juega con un trenecito, a la madre que mece a su bebé, al abuelo echándose la siesta… Cada persona, cada situación, cada sentimiento. Pero sólo vemos mapas.

Mapas, cuando el paletismo más grande del país publica tweets quejándose porque MHYV empieza más tarde de lo habitual para dar la noticia de una tragedia que ¿no? les incumbe.

Mapas, cuando periodistas y fotógrafos persiguen a los familiares de las víctimas para obtener la declaración o la fotografía más dramática para vender al mejor buitre.

Mapas, cuando, de otro modo, el garrulismo se manifiesta en seres diciendo que no han muerto personas, sino catalanes (o franchutes, o panchitos).

Mapas.

Y agresores verbales lanzando su bomba al aire en forma de tweet.

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