He perdido el móvil y eso significa algo más.
¿Cuántas veces hemos oído eso de: “he perdido la cartera CON DINERO dentro”? Yo puedo decir que he perdido el móvil con dos años de mi vida dentro. Lo que importa no es la cartera, no es el móvil, en sí, es todo lo que conlleva su pérdida: buscar, renovar, recuperar, denunciar…

índice

Tanto plantearme que me lo robaran, como que se me perdiera, me deja perpleja. No soy despistada, ni a mí ni a nadie de mi entorno nos encaja que se me haya caído. ¡Si hasta cuando se me cae un pelo lo oigo! Cuando lo irremediable ya ha ocurrido, asumo los hechos con un “estaba pa’ mí”.

No es, lo puedo asegurar, apego por lo material. Llevar encima un móvil es llevarse a sí mismo a cuestas, en una de esas mochilas con mucho agarre, que no pesan.

Cuando hablé con mi madre, me quitó la tontería del posible apego cuando le dije “yo tenía un móvil” y me contestó “ya… y yo tenía una madre”. Y se relativiza todo.

Pero, ¿qué supone hoy en día perder un móvil?

Con él se fueron fotos, conversaciones y recuerdos que, como lo último que pienso es que va a dejar de estar conmigo, a veces no guardo en el portátil que, por otra parte, también podría fallar. Afortunadamente, tengo la cabeza en su sitio y no había nada comprometido, pero símplemente el hecho de sentir que mis payasadas estaban en manos de un desconocido, hacía ya que me sintiera desnuda. Lo superé pronto: esta soy yo, no tengo nada de qué avergonzarme. Yo no he entrado en tu casa, has sido tú el que ha mirado por la cerradura de la mía. Algunas fotos y vídeos se quedan allí, o en la nada, para siempre.

Según iban pasando las horas, y tras asumir que no lo iba a encontrar, iba notando cómo tengo el cuerpo acostumbrado a gestos que ya son involuntarios cuando quiero consultar la hora, cuando quiero dejarle un beso a él, cuando tengo alguna duda en la cocina o con algo relacionado con mi trabajo, cuando quiero llenar el silencio de mi casa con música, cuando necesito consultar el tiempo por si lavo hoy o mañana las sábanas (soy de las que tienden al aire)… Me di cuenta entonces de que no tengo relojes en casa. Mi hermano me regaló uno grande, muy yo, que espera en un cajón a que tenga residencia fija. El año pasado compré uno pequeño que me recordaba al recordatorio que mi madre encargó para mi comunión, pero estaba sin pilas desde hacía meses. ¿Cómo me iba a despertar al día siguiente? Mi móvil era también mi alarma. La primera y la segunda. Me di cuenta, además. de lo que es que se paralice el mundo porque me llamaban al fijo: apagar el fuego, levantarme del sofá, dejar una ficha a medio corregir, el bocado en el plato…

Mi móvil era mi calculadora, mi agenda, mis citas para el médico; mi lista de la compra – la libreta al final siempre me la dejaba en casa – ; mi calendario menstrual – aunque ahí no necesito recordatorios, pues mi menstruación llama a la puerta con objetos punzantes… pero llevar la comparativa de síntomas y el control del peso me dan tranquilidad -. Era mi contacto con el mundo, mi salir más allá que de mi casa al trabajo. Hablar con gente a horas a las que no las llamarías. Mi libro de direcciones, mi juego de palabras favorito en una nota entre otras que dicen naranjas de zumo o, martes 28 a las 17:30 o, rebeca azul o, 17 docentes. Mensajes inconexos que sólo tienen sentido si los leo yo.

Mi móvil tenía las capturas de pantalla de nuestras coincidencias, fotos para publicar o enviar en días concretos a personas determinadas, los vídeos de mis playbacks de sola en casa, mis contactos desde hace siete años; aplicaciones que nunca he usado, mi Flappy Arturo, porque nos gusta hacer cosas con nuestras cabezas; canciones que no sé cómo llegaron hasta ahí, alarmas para despertares físicos y mentales, redes sociales que me mantienen activa (viva ya estoy).

Sin mi móvil he sabido que mi ordenador va más lento de lo que parecía ir cuando no me hacía tanta falta, que lo estoy haciendo bien, que no he perdido el tiempo. Me he evaluado y he medido el tiempo que le dedico a todo. Pensé que la conclusión sería que ganaría algunos minutos al dedicárselos a otras cosas pero, para mi sorpresa, tardo más que antes en hacer todo al tener que buscar por otros medios las cosas que antes tenía en una misma pantalla.

Si bueno ha sido descubrir que no había espacios desaprovechados en mis horarios tan agitados, mejor ha sido saber que, sin móvil, mis hábitos no son más sanos, tampoco mis posturas ni mi salud. No salgo más a la calle, ni me duermo antes. No leo más. No quedo más con mis amigos.

Y es por eso, porque he descubierto que puedo pasar sin él, que ya me he comprado otro.

Anuncios