La fama de que no soy buena en la cocina, me la he dado yo sola. Aquellos que han probado mis platos, me quieren quitar esa idea de la cabeza. No soy mala en la cocina porque cocine mal, soy mala en la cocina porque no tengo actitud de cocinera. Yo soy de las que no tienen paciencia para mirar durante un minuto la leche del cazo y se me derrama día sí y día también. Vivo sola y tengo poco tiempo, siendo estas mis excusas para buscar la trampa, las estrategias que me permitan alimentarme bien sin tener que pasar mucho tiempo cocinando. En invierno es cuando yo acuso la falta de energía que a los demás os viene después, y que está más que estudiada y asumida con un término precioso:  astenia primaveral. En mi caso, lo sufro antes, bien sea por la escasa cantidad de hierro en mi organismo, o por la alergia al ciprés de la que os hablaba en el post anterior. Soy una persona activa: trabajo, viajo, hago deporte, soy creativa, me hierve la cabeza si me quedo quieta… y no me gusta verme limitada.Es por eso que me puse al día de las propiedades de la avena y la quise ir incorporando a mi dieta. Empecé mal. Mal para ser yo, ya que últimamente prefiero los desayunos salados y que la fruta me gusta tal cual viene del árbol, sin añadirle nada, sin añadirla a nada. Merche, compañera de la carrera de esas con las que gusta seguir en contacto, me recomendó las gachas de avena (porridge). La verdad es que en sus fotos de instagram dan ganas de darse un baño en ellas. Las probé sin éxito. No sé si me equivoqué en la receta, en el método, en los ingredientes… pero conmigo no funcionó. Eso sí, el efecto saciante es increíble. Aunque en mi caso no es para adelgazar, sí que hay mañanas en las que no tengo hueco para tomar algo y pasan 5 horas hasta la siguiente comida y, el día que las probé, le hicieron un gran favor a mi estómago, aunque no a mi paladar. He estado investigando, leyendo recetas de galletas y tortitas para aprovechar la avena de alguna manera, hasta que por fin he dado con una fórmula, quedándome con cosas de varias recetas e inventando la mía. Eimage(6)n la mayoría de comentarios en las recetas, la gente se queja de que salen demasiadas, ya que no se indica cuántas van a salir. Reduciendo las cantidades de todo, he conseguido dar con la medida perfecta para mí sola. Ya que, insisto, no es para dieta, me he negado a separar yemas de claras y los huevos (dos) han ido enteros – la próxima vez, utilizaré sólo un huevo, ya lo hice con los crèpes y no se nota la diferencia – . He añadido 100ml. de leche, un puñado de copos de avena, medio plátano (le pondré uno a la próxima), una cucharada de queso crema y un sobre de stevia (por el capricho de investigar). Al pasarlo todo por la batidora ha quedado reducido a poco más de 200 ml., para que os hagáis una idea. La primera tortita ha ido a la basura. Se supone que es buena costumbre, aunque yo me niego, pero ha sido necesario, porque tenía la textura de una tortilla francesa. Supongo que me he quedado corta de avena, image(4)pero ya que estoy en periodo de pruebas, he preferido añadir a la masa una cucharada de harina, por estar más familiarizada con ella. Así lo he solucionado. He pasado una servilleta empapada con un poquito de aceite por la sartén y el hecho de no tener paciencia me ha dado la clave: a fuego lento no se hacen nunca. El olor de las tortitas haciéndose, me ha hecho entender que no necesitan ningún tipo de acompañamiento, tampoco soy muy fan del sirope… aunque aprenderé a hacero para cuando tenga visitas. Ser capaz de improvisar una receta, me ha hecho muy feliz. Las tortitas de avena han hecho las delicias de mi desayuno de hoy. ¿Os animáis a hacerlas? image(5)

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