¿De quién es la ilusión del día de Reyes?

Mira que yo no soy derrotista de ninguna fiesta – salvo las tradiciones rancias y, por supuesto, las que conllevan maltrato animal o cualquier otro tipo de salvajada – pero, ¿realmente les ilusiona a los niños toda la parafernalia que montamos? Y, si les ilusiona, ¿de verdad necesitan ilusiones basadas en mentiras pactadas? ¿Durante cuánto tiempo mienten los padres y durante cuánto, los niños?

Recuerdo esta situación cuando yo era pequeña, porque entonces no estaba de moda Santa Claus y sólo pasábamos el trauma de los reyes. En la tele veía las cabalgatas de diferentes ciudades y ningún rey se parecía al anterior. Antes de la cabalgata había habido la tradicional recogida de cartas en el ayuntamiento y también se habían pasado los reyes por la guardería. Otra vez, todos los reyes eran diferentes entre sí. La explicación que me dieron es que se disfrazaban hombres porque los reyes no daban abasto. Eso ya los hacía mucho menos magos de lo que yo los imaginaba. Los reyes necesitaban ayudantes, y no tres por pueblo, sino al menos 6 o 9 mas los pajes que les acompañaban. Todas las teorías flaqueaban.

Como nunca aparenté la edad que tenía, a los 8 años ya me habían dado el chivatazo varias veces, pensando que era mayor de lo que en realidad era. No me desilusioné cuando me lo confirmaron en casa, porque ya lo sabía.

Ayer fui a la cabalgata a observar a la gente: los padres miraban las carrozas haciéndose los sorprendidos; los niños, algunos, pasotas; otros, buscando caramelos en el suelo; otros, asustados. Y siempre, la amenaza latente “no te van a traer nada los reyes” que se repite durante un par de semanas todos los años, porque les da mucho poder a los padres cuya autoridad flojea.

Cuando iba a la cabalgata de pequeña, los padres comentaban entre ellos y sin esconderse, quiénes eran ese año Melchor, Gaspar y Baltasar. “Melchor es el hijo de noséquién, que está casada con nosecuanto, que trabaja nosedónde y está siempre con la moto”. Y se te quedaba una cara de tonto que no te la tapaba ni la bufanda que te chocaba con las pestañas al parpadear atónito.

Ahora desde mi perspectiva adulta, he vivido situaciones de aprovechar “el último año que nos aguanta el niño”, sabiendo que, en cuestión de meses, el niño se entera del cuento y se deja de hacer todo a escondidas, se deja de amenazar con que nos ven unos señores por vete tú a saber dónde y se dejan de escribir sueños por vía postal. Para antes de que los padres sean conscientes, el niño ya lleva años entreabriendo los ojos cuando colocamos los regalos el día de reyes, el de navidad y cada vez que se le cae un diente.

Por eso, no tengo muy claro quién disimula qué ni quién engaña a quién.

Yo no tengo ni idea de qué haré si alguna vez tengo un hijo. Me gustaría no basar su educación en mentiras – más aún siendo prescindibles -, pero, como tantos, supongo que veré mis deseos sucumbir ante las presiones sociales, cuando hasta en el telediario dan la noticia de la llegada de los reyes de oriente como real (en barco, en camello, en helicóptero…). Me proclamo defensora de la fantasía e imaginación como ingredientes fundamentales en el desarrollo de los niños pero, ¿dónde está el límite entre la fantasía y la mentira? ¿índiceLo hacemos por su ilusión o por la nuestra?

Se hace con la bondad de ilusionarlos, cuando los niños ya viven ilusionados con que sus padres no morirán, sus amigos no desaparecerán y serán amigos para siempre y ellos nunca crecerán pero, a la vez, serán mayores y todos serán astronautas y bomberos.

Me pregunto si en vez de crearle una ilusión, no estamos dando lugar a que se lleven de nuestra parte la primera hostia de su vida.

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