Todos tenemos recuerdos de regalos que no tuvimos. A veces pedíamos cosas caras o poco adecuadas. Yo tuve varios caprichos pasajeros; siempre he querido cualquier cosa que pringara y con las que pudiera hacer figuritas: plastilina, cerámica, escayola… y la fábrica de gominolas. Pero pronto me daba cuenta del poco recorrido que tendría el juguete en cuestión y acababa conformándome. Se me consintió tener la Rosaura, la muñeca gigante a la que le podías cambiar la longitud del pelo, la que andaba sin pilas – si le cogías las dos manos y la sabías llevar – y con la que podías intercambiar la ropa. Cuando la sacaron, yo tenía 8 años y era yo misma una muñeca gigante que ya intercambiaba camisetas con mi madre. No me supuso ningún trauma, aun así pude vestirla con mi ropa de cuando era pequeña, aunque yo no pudiera hacer ni el intento de ponerme el chándal choni que traía de fábrica y que nunca más le puse. La máquina de coser fue otro de mis caprichos adquiridos. Me llegó a la edad de 10 años y, si antes no la tuve porque era muy pequeña, cuando me la regalaron, el dedal no me cabía en ninguno de los dedos. Pero pasé muy buenas tardes fingiendo que cosía, atascándola y desatascándola.

pageTengo formidables recuerdos de juguetes que no pedí: la casita de Chabel, que a veces vuelvo a montar sólo para verla y que decora mi habitación desde que tenía 3 años, y la muñeca “Pocas Pecas”. La casita la recuerdo en el escaparate de una antigua tienda de juguetes. Sin contrastar la información y tirando de mi memoria infantil e incierta, me atrevo a decir que estaba situada en el primer escaparate, yendo desde casa, de los tres que había en la tienda. Como siempre fui cuidadosa, la casita sigue en pie con todas sus piezas. La única pequeña imperfección, me dolió como si en vez de un soporte de los que sujetan en el suelo de pasta, me hubieran arrancado el brazo, no fue culpa mía.
El pensamiento callado al ver la caja de la muñeca “Pocas Pecas” fue de “esta no era”. Pero sonreí, la acogí de buena gana y dejé que me sorprendiera. Tres veces más pequeña que la que anunciaban en televisión, en vez de la muñeca de trapo, me regalaron una erguida, de goma y plástico, que traía un puesto ambulante de fruta y verdura con el género en colores llamativos distribuidos por el mostrador. El olor de esa muñeca es uno de mis olores favoritos de mi infancia. Una crema hidratante de la marca Delyplus (la de aceite de argán) se acerca a ese olor, pero no he vuelto a encontrar algo igual. Creé todo un universo a su alrededor. Si sus apellidos iban a ser “Pocas Pecas”, Paqui me parecía un nombre muy adecuado. Esa cacofonía provocó grandes carcajadas en mis tardes de juegos. Como se me quedaba corta la historia, la completé con “el novio de Paqui Pocas Pecas es punky”.
Y de los que nunca tuve, recuerdo dos. A veces somos capaces de recordar algo que no ocurrió como hubiéramos querido, pero no recordamos todas las cosas que sí cumplieron nuestras expectativas. Afortunadamente, yo recuerdo con amor lo que sí ocurrió y con ternura lo que no. Todo tiene un porqué. Incluso conozco a alguien que siempre pedía una caja de lápices de colores y nunca la tuvo. Cada año le regala a su hija una caja de los mejores lápices con la más amplia gama de colores, simplemente porque él no los tuvo. Y ella no los quiere. Sin que me supusiera ningún trauma, recuerdo cómo nunca tuve una muñeca flexible que hacía música si ponías tus pies en los suyos y tus manos en las suyas. Así, los miembros de la muñeca, se alargaban hasta conseguir la longitud de los tuyos para hacer sonidos con tus pisadas y palmadas al activar el mecanismo que tenía en sus pies y manos. También recuerdo la letra pequeña anunciando “más de 5000 pesetas”. Una amiga del cole que siempre tenía lo que pedía, me la prestó alguna vez cuando iba a su casa y sacié así mis ganas de tenerla en la mía.
El Gusiluz es otro clásico en la lista de “Lo que no me trajeron los Reyes”. Supongo que no tengo que explicar lo que es un gusiluz. Me gustaba la idea de tener cerca una luz tenue en la oscuridad de la noche. Aunque la oscuridad de mis noches en la casa donde mi crié, no era del todo opaca. Ni siéndolo me hubiera dado miedo, pero yo quería ese muñeco, aunque lo anunciaran con niños mucho más pequeños que yo. Claro que, pensándolo bien, no estoy segura de que fuera un juguete adecuado para una niña con el sueño tan ligero como el que tengo yo desde que nací.

IMG_5664No sé en qué momento se lo conté. No recuerdo habérselo contado como algo realmente importante. Pero el 25 de junio de 2014, un día que estaba siendo digno de ser omitido en mi biografía, una persona muy importante en mi vida, hizo posible que yo tuviera uno de esos en mis brazos. Besé por igual al muñeco y a él. Lloré abrazada a los dos. Ni yo misma sabía lo mucho que aquello podría significar para mí. Jamás habían tenido conmigo un detalle de esa dimensión. Al dato de haberme escuchado más allá de una mera anécdota, hay que sumarle el hecho de que el Gusiluz, como tal, hace años que no se fabrica… y yo tengo uno auténtico. Dos meses de búsqueda y uno más de espera hasta que pudo entregármelo, guardando el tesoro como perro a su hueso. Él, un rey mago tan real como anacrónico. Un hombre que es capaz de colgar en mi balcón sus discos favoritos para espantar los pájaros de mi cabeza.

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