Los días previos a la noche en la que iba a ver Action Man, el espectáculo que traía Yllana, se parecieron mucho a aquellos en los que me rechinaban los dientes al ver el cartel de “Entradas agotadas” cuando vino El Brujo.

Nunca me resisto a un “no hay entradas”, como bien hice aquella vez. Parece ser que gusta hacerme creer que no voy a poder hacer algo que quiero y al final ha sido sólo una broma con poco gusto. Incluso si alguien se pusiera como objetivo procurar que no consiguiera entrada, siempre hay otra persona que puede facilitarme las cosas. Quizás porque últimamente concibo los espectáculos como algo para disfrutar en soledad, aunque esta vez tuve a mi lado a la mejor compañía que podría tener para esa noche: compañeros de teatro y otros quehaceres.

Y ahí estaba Raúl (Cano)2 llenando un escenario entero con su sola presencia. En mi recorrido por diferentes teatros, ya sea como actriz o espectadora, he aprendido a seleccionar aquello a lo que quiero prestarle especial atención. Este aprendizaje se lo debo a los dos espectáculos más grotescos en los que he estado. Porque, Carmen, he visto algo aún peor que Rapsodia: la vida es sueño. En ambos, aprendí a obviar un argumento cogido con pinzas para centrarme en la interpretación, los movimientos o la voz de alguien en particular.

En el caso de Yllana, el espectáculo en sí ya seducía, aunque debo reconocer que alguna vez dejé de atender a lo que se contaba para centrarme en cómo lo contaba él. Raúl tiene un dominio del cuerpo impresionante, no podía dejar de mirar y admirar cómo su cuerpo obedecía a cada orden que mandaba aquella cabeza privilegiada. Creo que es la primera vez que veo a alguien moverse con tanta precisión por un escenario. Y su voz, sin apenas palabras, desarrollando la historia con sonidos intranscribibles que todos acabamos imitando con bastante poco éxito. A consecuencia, salimos todos de allí entonando aquel pegadizo Guau! eh? Y con razón.

Los compañeros con los que me crucé por allí y yo llegamos a la misma conclusión: esa noche, alguien había puesto la palabra actor en un lugar al que ninguno de nosotros, aficionados con muchos años de interpretación a la espalda, podíamos alcanzar. Para mí no fue frustrante, lo tomé como enseñanza.

De esto hace casi un mes y mi amigo Nono ya le dio forma en su blog. Yo me he tomado más tiempo, por una mezcla de exceso de trabajo y pereza estival que han hecho que le quite vidilla a mi blog para poder dármela a mí misma. Sin embargo, el recuerdo de las misiones de aquel Superagente Especial han estado flotando en mi mente cada día desde entonces. Porque hacer reír así de bien tiene que ser un superpoder.

Anuncios