No sé qué circunstancia se tuvo que dar para que yo, ya universitaria, pudiera llevar a Ángel a ponerse un baby por primera vez. Los que me conocen saben quién es: cuando creíamos que los pequeños de la familia ya serían nuestros propios hijos, aún nació un primo hermano, el niño de los ojos de toda la familia. Además, mi ahijado.

Yo no había empezado las clases y me moría de ganas de experimentar lo que era llevarle al cole y ver cómo se desenvolvía con los demás niños.

En mis sueños de inexperta, le veía de lejos despedirse de mí con su manita, sonriendo mientras me alejaba o, símplemente, jugando con los otros niños, desordenando la fila, olvidándose de que yo estaba allí.

Pero nada podía ser más opuesto a mi fantasía…

Cada mañana, íbamos al cole de la mano, mientras hablábamos adormilados, él bastante más despierto que yo, con su mochila enana en sus diminutos hombros, como si no supiera adónde íbamos. Nada más cruzar la puerta, empezaba el drama. De pronto, el niño se agarraba a mi pierna, tan fuerte que parecía parte de mí. Así colgado le llevaba a la fila con sus compañeros, entre llanto y pataleos. Al llanto le seguía el vómito cada vez que conseguía soltarle. Y así un día tras otro. Sus zapatillas rojas de antelina guardaban cercos de manchas, frotadas y refrotadas, imposibles de borrar, del desayuno descompuesto del día anterior…

Tenía que irme corriendo, sin despedirme. Su seño lo intetaría distraer mientras me hacía señas de “vete ya”, cuando yo sólo quería llevármelo de vuelta a casa. Tenía que cruzar tres puertas para salir y aun al pasar la última le oía gritar mi nombre entre sollozos. Al salir, yo también lloraba.

Y tú, que conocías la historia, que sabías que pude dejar a Ángel cada mañana, los dos desalmados… ¿qué te hacía pensar que a ti no podría dejarte?

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