La vida es caprichosa. A menudo nos sorprende con amistades que ni empezaron ni acaban. Para que me entendáis, tendré que explicarme un poco más.

En la universidad conocí a mucha gente. Gente con los que intercambias más que apuntes, gente con la que cruzas un saludo, gente a la que no apetece mirar, gente que deseas que siga en tu vida después de la carrera…

Y el mundo gira y la gente cambia, pero Cris siempre está. A las dos nos ha cambiado poco la cara y mucho la vida. Pero seguimos ahí. Al menos eso siento. Nunca hemos sido amigas inseparables, ni siquiera amigas, en el sentido más puro de la palabra, pero siempre nos encontramos. Nunca nos tomamos un café juntas, ni nos reímos hasta que nos doliera la cara. Pero hay algo más allá de todo eso. Lo que sea que es, siempre hace que estemos la una pendiente de la otra, leyendo nuestras actualizaciones en las redes sociales con una sonrisa o con una palabra de ánimo. Y siento que confía en mí lo suficiente como para encontrar cobijo en mis palabras cuando la animé en su aventura Erasmus. Yo… que creo que soy la única persona que echa pestes de esa experiencia. Y allí estaba Cris escuchando agradecida. Ella, que ha vuelto para animarme con algo que significa mucho para mí, sin que pueda imaginarse cuánto. Ella, la que después de tanto tiempo recuerda que un día le escribí una frase en una entrada de otro blog, bien merece una entrada para ella solita.

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