Ayer, de camino al trabajo, me encontré una caja de cartón grande, vacía, en mitad de la calle. Los contenedores, tanto los de reciclaje, como para materia orgánica, por los que ya había pasado, quedaban a unos 50 metros por detrás de mí y yo iba con el tiempo justo. Mientras miraba la caja, todavía desde la distancia, pensaba qué hacer con ella. Mínimo retirarla a un lado para que no estorbara a los coches, no estaba segura de tener el tiempo necesario para volver sobre mis pasos y depositarla en el contenedor adecuado. Un hombre venía en dirección contraria. Los dos caminábamos a buen ritmo mirando la caja y él llegaba a ella antes que yo. También él iba en dirección hacia los contenedores. Pero no sabía qué pasaba por su cabeza, así que seguía con la idea de encargarme yo de ella.

Llegó él antes, como estaba previsto y, sin la menor duda, cogió la caja por una de las solapas encaminándose hacia los contenedores. Le sonrié agradecida y le seguí con la mirada.

La tiró al contenedor de materia orgánica.

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