De Raquel Martos sé muy poco, sólo que siempre me ha caído bien y que me hacía reír en los diferentes medios por los que se movía. Ahora también sé que me hace llorar con sus libros, y sentir más allá del tacto del papel en mis dedos.

Conocí a alguien que nos quiere a las dos y me acercó a su primera novela: Los Besos No Se Gastan, un libro cercano y emotivo.

Mi madre me decía que “por la calle no se llora”. Hace tiempo que descubrí que sí y, con este libro, (tan apto como no apto para nostálgicos) he llorado en casa, en el parque, en la peluquería… y me he reído con esa carcajada infantil y bobalicona al imaginar, por ejemplo, a un ciervo masticando. He sentido el vértigo de la primera vez que me tiré de cabeza a una piscina, el humo de la primera (y última) calada a un cigarrillo, el cosquilleo de pensar en dar el primer beso y la sensación nerviosa e insípida de acabar de darlo, las separaciones y los reencuentros, la vida y la muerte.

Raquel nos lleva, de la mano de Eva y Lucía, a una infancia vivida en los 70, que no dista mucho de lo que fue la mía, 15 años más tarde. Juguetea con el término “amigas inseparables” separándolas un tiempo para volverlas a juntar. Alterna la vida en la actualidad en los capítulos impares con los recuerdos del pasado en los capítulos pares, haciendo un total de 29 secciones, en las que también cambian las voces de las protagonistas: de un tono más infantil y desenfadado a otro más maduro, dependiendo de la etapa en la que se encuentren.Imagen

He revivido parte de mi infancia y mi adolescencia, así como las inseguridades y pasiones propias de la edad adulta por la que me muevo como puedo desde hace unos años.

Y, como cada vez que me leo un libro, busco las similitudes. Esta vez se trataba de saber quién era quién. Es fácil, pero atravieso una fase de mi vida un tanto vertiginosa y la concentración no es mi fuerte. Así pues, tuve que hacerme mis esquemas mentales y, aunque era muy obvio, tardé mucho en darme cuenta de que Eva era yo (aunque espero que mi vida se enderece de otra manera). Claro que, no dejé mi carrera para ser actriz, aunque no me faltan los escenarios los cuales, actualmente, combino con mi profesión; mi hija no se llamaría Lola y no he tenido a mi novio temblando por mí en el patio de butacas, ni la primera vez que actuaba (uno, año 2000), ni la única vez que he sido protagonista (otro, año 2010). Creo que por eso, entre otras cosas, esos novios ya no son mis novios. Tampoco he tenido una amistad de esas de toda la vida como la de Eva y Lucía, esa amistad en la que una de las dos deja lo que esté haciendo para llamar a la otra en el mismo momento en el que sabe que lo necesita, le venga lo mal que le venga. Pero he tenido varias amigas que representan, en cada una de las etapas de mi vida, mucho de lo que Raquel proyecta en una sola persona. Me ha hecho recordarlas cariñosamente a todas ellas, siendo esta una de las cosas que más le agradezco.

No sé si el libro es así o si sólo ha sido mi caso: aunque es sencillo, para mí no ha sido de lectura rápida. Eran tantas las emociones, que necesitaba parar a pensar y no lo retomaba hasta pasados unos días. Eso sí, las cien últimas páginas aleteaban cual palomilla entre mis manos hasta darle fin a todas las historias que encierra el texto.

Recomiendo la lectura con unos cuantos paquetes de pañuelos cerca. A veces, también, unas onzas de chocolate negro.

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