El sábado tenía un plan. No es que los demás sábados no los tenga (vale, últimamente no es lo más normal), pero este es un plan para contarlo.

El Show de la Parroquia iba a Málaga. Con show y sin show, esa ciudad iba a ser pronto un destino de esos de escapada a la caza del verano, que después de la paliza de estos meses, una ya necesita guiñarle los ojos al sol.

Pero Sergio y Arturo iban a estar allí con su espectáculo y ahí ya se acumulan una sucesión de condiciones que hacen que fije mis ojos más al sur de este sur.

Verlos por separado es ya una gozada: Sergio, con su humor bobalicón y sus frases en bucle; Arturo, con un estilo más picarón y su entrega a hacer al público copartícipe de su diálo… monólogo.

Aunque los he visto repetidas veces, generalmente por separado, no me cansa seguir haciéndolo. Siempre hay algo nuevo, bien porque ocurre o porque lo han incluido.

Y, juntos… juntos ya es locura. Los artistas pueden no quererse y trabajar bien juntos. Pero lo bueno de estos dos, es que el cariño que se tienen llega al público. Entre la carcajada limpia y sanota provocada por un humor blanco (blanco roto, a veces), se esboza una sonrisa interior cálida, de esa que se aloja en el estómago y te hace respirar profundo cuando ves a gente que es compañera de verdad y lo demuestra con la habilidad espontanea de reírle las gracias al otro, de respetar su turno, de favorecerle siempre.

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Imagen de @Sergyruiz3

     Quien me conoce un poco, sabe que tengo motivos para no ser objetiva. Pero quien de verdad me conoce, sabe que sé serlo. Y es que, cuando no hay pegas, la crítica sólo puede favorable.

     En esta ocasión, tuve la suerte de estar en la Sala VIP (Very Important Parroquianas) o, como ellos dijeron: “el palco de las infantas”, donde me sentí muy querida por unas nuevas amigas charlonas. Y es que la gente de La Cochera Cabaret supo hacernos sentir familia. Agradezco muchísimo a todos por los buenos ratos, desde el primer abrazo de “por fin” o “ya está” cuando conseguí dejar el coche quieto en lugar seguro, los whatsapp con alguien del público a quien por fin conocí en persona, hasta el apretón cariñoso en el hombro cuando menos lo esperaba; la mano de una madre que no era la mía pero daba un calor muy parecido, la sonrisa del Chuky, alguien que, antes de conocerlo, yo ya sabía que me caía bien, el Charly y su capacidad de teletransportarse (aunque ese es un poder que mengua según avanza la noche)… Y, a todo eso, súmale temperatura de costa y paseíto por la playa.

Rodearse de gente así, vivirlo desde dentro y desde fuera, sólo trae grandes momentos de bienestar.

¡Enhorabuena!

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