Tanto en preescolar como en los primeros cursos de la EGB, en las reuniones, el maestro le comentaba a mi madre que la niña era muy madura. “Lo que quiera que sea eso, debe ser malo”, pensaba. Si bien fui niña cuando me tocó serlo, sí que es cierto que algo notaba diferente.

     En el instituto, me interesaba por libros y música que no podía compartir con mis compañeros. Con 12 años traduje casi todas las canciones de Los Beatles (junto con las de las Spice Girls, para no desentonar demasiado). A los 14, me interesé por Dr. Jekyll y Mr Hyde; me metí de lleno en El Túnel; me aprendí Seis Personajes en Busca de Autor… Aunque, claro, como buena adolescente, me fastidiaba tener que leer algunos libros que me mandaban para lengua. Realmente, La Celestina se me haría infumable hasta como lectura opcional incluso ahora.

     No digo que fuera una adelantada en nada, pero fueron muchas las ocasiones en las que me dijeron que hacía cosas que no eran propias de mi edad. Afortunadamente, sexo y drogas no eran ninguna de ellas.

     Salvo alguna excepción, siempre me he rodeado de personas mayores que yo. Y no hablo de una diferencia de un par de años.

     A los 18 años me vi la primera cana. Fue sólo un cordial un saludo: se ha mantenido en unas pocas durante 10 años.

     Puedo asegurar que me he divertido y me divierto, aunque mis fiestas no fueran todos los fines de semana y no frecuentara los botellones. Cuando me habitué a hacerlo, lo agoté pronto, como si lo hubiera hecho ya el tiempo debido.

     Hace poco fui a consultarle a una amiga (de 42 años) sobre una manchita que me había salido. Ella trabaja en una clínica y tiene muchos tratamientos, especialmente relacionados con la piel. Por teléfono me dijo que sería del sol. Cuando me vio, me dijo que no era solar, que era una “mancha de la edad”.

     – ¿De qué edad? – Le dije contrariada.
– De la que todavía no tienes. – Contestó entre risas.

     Esta ha sido sólo una de las últimas evidencias de que me llega la edad antes que los años.

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