Verónica siempre se quejaba de que su abuela la entretenía mucho poniéndole bien la ropa cuando salía de su casa. La había ayudado a vestirse en su dormitorio, le había puesto bien los cuellos en el salón y le había vuelto a poner la camisa tirante por debajo de la falda mientras la perseguía con un cepillo para fijar mejor su coleta.

Me recuerdo a mis 8 años diciendo: “yo quiero una abuela que me ponga bien la ropa.” Es increíble cómo se puede echar de menos a personas con las que apenas has compartido nada. Desde muy pequeña me faltó esa figura. Siempre ha sido inmensamente dolorosa la gracieta de “no tienes abuela.” Si bien de una no llegué a conocer su voz, de la otra apenas si la recuerdo.

Los abuelos se fueron antes de lo esperado y muy seguidos en el tiempo. El último que se fue, se llevó mucho de mí, pero aún no puedo ir a recuperarlo…

Me cuesta creer que haya gente de mi edad aún con abuelos. Hasta hoy lo he envidiado en silencio, porque los míos se fueron pronto. Pronto para mí y pronto para ellos.

Sólo espero que la conocida “ley de vida” no corra mucho para darle paso a la siguiente generación. Ya era pronto el año pasado cuando se fue la siguiente. Todo lo que queda por venir dolerá más y más. A principios de diciembre fui a decirle adiós. En enero volví y le reproché cariñosamente que me hubiera engañado forzando aquella despedida. Le dije, en nuestro idioma secreto, que estaba preparada para que se fuera, pero no para verla sufrir, que ya no tenía aquí nada que hacer, que descansara tranquila.
Un mes después, de madrugada, mi hermano y yo sentimos que ya había ocurrido lo inevitable. Nos llamaron por la mañana. Me tocaba dar la noticia en el trabajo: “Me tengo que ir… ha muerto mi tía, la hermana de mi padre.” “¿¡Qué!?” “¿Cómo?” Y una sucesión de preguntas a las que yo respondía soltando la retahíla “Mi tía-la-hermana-de-mi-padre”. Quería dejar muy claro lo injusto que era, quería que no me consolaran con “es ley de vida”, quería que supieran que no era una tía-hermana-de-mi-abuelo/a.

Cuando era pequeña, me enorgullecía, a sabiendas de que no era verdad, que me sacaran algún parecido con ella. “Era la más guapa de la familia”, decían. Cuando te dicen que te pareces a alguien, sacan rasgos muy generales: los ojos, la boca, la nariz… “La niña tiene la mata de pelo que tenía su tía Mercedes cuando era joven.” Si bien me parezco más a esa rama de la familia, creo que es más que evidente que el volumen, la textura, el grosor y el color de mi pelo tienen bastante más que ver con mi madre y su familia que con mi familia paterna. Pero me gustaba que me lo dijeran, porque veía el interés en compararme con una persona realmente bella. No bella como yo la conocía, pero sí como la vi en fotos en su juventud. Mi tía siempre ha sido una mujer mayor de pocos años.

Sonriente, ruidosa, cosiendo cara a la ventana de par en par, recibiendo visitas, con el brasero de ascuas que sólo ella soportaba…

Y después, cansada, con la mirada de niña perdida, prefiriéndome, agarrándome la mano.

Intentando recordar quién es quien le habla. Dormida. Despierta. Callada. Sonriendo de medio lado, persiguiéndome con la mirada. Haciendo por no dormirse para que no nos fuéramos. Para ser ella quien se fuera mientras hacíamos por dormir.

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