Desde muy pequeña he tenido problemas para conciliar el sueño.
Una vez conciliado, lo difícil es mantenerlo.

En cuanto apagaba la luz, aparecían pirañas debajo de mi cama. Nunca supe muy bien qué era una piraña, pero había oído algo en la tele de que eran peces de miedo. No había agua en el suelo de mi habitación, sin embargo, siempre había pirañas. Era lo único que me mantenía en la cama, pero también una de las cosas por las que no podía dormir.

Aprendí a rezar, en una falsa calma de los que me decían que dios me protegería. Nunca hubo un dios que me sacara de mis pesadillas en vela.

Repasaba mentalmente la lista de clase, me sabía el nombre y los apellidos de todos mis (treinta y tres) compañeros, así como el orden que tenían en la lista. Examinaba sus rostros y pensaba si el nombre que habían elegido sus padres iba acorde con sus rasgos o no.

Jugaba a pensar tantos nombres de persona como me fueran posibles con cada letra del abecedario.

Cantaba en silencio canciones enlazadas.

Pensaba si había hecho todos los deberes.

Me aterraba pensar que salía a la pizarra y me equivocaba.

Reflexionaba y razonaba conmigo misma sobre las consecuencias que iba a tener no dormir las horas suficientes.

Pensaba que, si me dejaba caer en una plácida inconsciencia, podría no volver a despertar jamás.

Entonces, me dormía.

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