ImageA mediados de otoño, llega la navidad. Este es un hecho que el alumbrado de las calles y los adornos en los comercios, hacen evidente cuando aún queda un mes para celebrar lo que sea que celebramos. Nunca he tenido claro qué es lo que celebramos en navidad ni, mucho menos, por qué lo celebramos así.

Ha coincidido esta navidad 2013 con una etapa de mi vida en la que mi estómago toma decisiones por mí. Esto me ha hecho darme cuenta de muchas cosas en las que ya antes había reparado, pero de la que no había hablado abiertamente hasta ahora.

Apruebo, sin duda, tener vacaciones del 24 al 7. Me gusta no saber en qué día vivo, dormir hasta tarde, disfrutar de no hacer nada porque puedo… ImageAplaudo reunirme con mi familia (más allá de los de mi casa) durante tres días y hacer larga la estancia con los que vamos quedando. Pero lo que llevo mal son las comilonas, a nivel físico y psicológico. Físico, porque mi cuerpo me exige unas rutinas y unos hábitos alimenticios de los que paso un poco en estos días y eso me pasa factura. Psicológico, porque tengo la tendencia de procesar datos, de repartir los excesos mentalmente y valorar cuánto hay de derroche.

Calculo que con la cena de Nochebuena y la de Nochevieja comemos en casa durante varios días, diría una semana o más. Y no, no comemos sobras al día siguiente porque ajustamos las cantidades a lo que realmente podemos comer, aunque siempre un poco al alza, pues somos más y vamos concienciados de que esa noche está para comérsela.

Asistimos a un desfile de manjares exquisitos que probablemente no consumamos el resto del año, pero esta es una noche especial… una noche en la que hay tantos platos deliciosos por probar, que nada está lo suficientemente bueno porque a medida que vamos probando, va faltando, como es obvio, la apetencia.

ImageLlega Nochevieja y, a una cena parecida a la de la noche del 24, hay que sumarle la presión por el tiempo. En casa consideramos que las uvas son el postre (¡Hala! ¡Fruta!) y para antes de las 12 tiene que haber pasado por la mesa todo lo demás. Observo además que hay mucha gente que sustituye las uvas (tradición absurda como casi todo lo que es tradición sólo por el mero hecho de serlo) por cualquier otra fruta como 12 aceitunas, 12 gajos de naranja… e incluso los que directamente destierran la fruta y optan por 12 conguitos, 12 lacasitos, 12 M&Ms… no vaya a ser que tomemos algo hipocalórico y nos siente bien.

Ayer estuve en una cena con el grupo de teatro con el que me he criado como actriz. El primero del que formo parte y el más antiguo de todos en los que he estado. Solemos hacer esta cena (que ya nos planteamos hacerla almuerzo) porque en esta fecha estamos la mayoría de los miembros por el pueblo, con la excusa de las fiestas. Lo más comentado durante el desfile de viandas, eran los kilos que habían hecho durante las fiestas (entre 2 y 8) y las dietas y el deporte que iban a hacer en cuanto pasen las fiestas. En cuanto pasen, claro, que hay que seguir comiendo. En estos días además tenemos que hincarle el diente al roscón de reyes. Es el único dulce de navidad que de verdad saboreo con ganas. Y es, a su vez, el símbolo de cómo apartamos la fruta y le metemos al cuerpo calorías que no necesita. Image

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