Últimamente observo de cerca a las malas personas. Por mucho que quieras, están ahí. No sabría decir cuántas me rodean ni si tengo o no algún vínculo con todas, con algunas o con muy pocas. Aún sólo estoy empezando y, con pocos minutos, considero que les he dedicado más tiempo del que merecen. Pero no lo hago por ellos, sino por mí, para hacerme un escudo a medida.

En mi investigación, he indagado en los tipos de “mala gente” que existen y me sale la siguiente clasificación:

  1. Los que lo son, lo saben y se esfuerzan porque lo sepan los demás.
  2. Los que lo son, lo saben y se esfuerzan porque lo sepan los que le van a apoyar porque también lo son.
  3. Los que lo son, lo saben y quieren que parezca que no lo son.

Los más fáciles de detectar son, evidentemente, los del grupo 1, pero los más abundantes y peligrosos son los de los grupos 2 y 3. “Peligrosos” es un decir. El grado de peligro, es decir, el poder que tienen estas personas dependen del que nosotros mismos le demos. Cómo respondamos a un ataque de estos individuos dice mucho de nosotros mismos y suma o resta en la tabla de “puntuación de malote” que tienen pegada con un imán de gatitos en su nevera.

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Hoy en día, hay gente que se retrata a sí misma en las redes sociales. La más “impersonal”, donde casi todo el mundo se crea un personaje, es twitter. Pero es, a la vez, la más personal, donde mucha gente saca su mierda a relucir. Me he encontrado con alguien que aplaudió un ataque hacia alguien que no conocía por parte de alguien a quien tampoco conoce. Esta misma persona, acabó llorando en la misma plataforma porque habían atacado a un colega suyo. Alegaba, en el momento en el que le tocaron a uno de los suyos, que está mal hacer daño a otros. Por otro lado, preguntaba por cómo podía hacer uso de esa plataforma de manera anónima, pero que no era para causar ningún mal a nadie. ¿Cómo se utiliza con fines benéficos (y de forma anónima) una plataforma que, desde su inicio, se creó para dar mala imagen de unos y de otros? Hablo, sin duda, de una mala persona del tipo 3.

La persona que creó esa aplicación, es un cobarde del tipo 1, porque ni siquiera lo hace en nombre propio, como muchos de los malos malísimos de este tipo. Y, de hecho, está cayendo en su propia trampa. Si quien juega con fuego, se quema; quien remueve mierda, acaba pringado hasta las cejas.

Quienes apoyan, aportan, atacan, aplauden… lo hacen, en su mayoría, de manera discreta, para echar unas risas maléficas con sus coleguitas “los diablillos pillados en calzoncillos”, que saben que pueden ser los siguientes, traicionados, probablemente por uno de ellos mismos. Tipo 2.

Si tuviera que elegir ser mala persona de uno de estos tipos, no sé si quisiera ser del 1, que no te da otra opción más que rodearte de más escoria; del 2, que continuamente se está poniendo la zancadilla y acumula ya barro seco en el hocico; o, del 3, que vive con la pena de saber lo hipócrita que es, de no poder compartirlo, y con la presión de tener que recordar en todos los embolaos que se mete con el fin de maquillarlos bien para que, al final, siempre se le queden churretosos.

Hice este análisis, el cual me llevó sólo unos minutos, de manera accidental, para una entrada en el blog. La conclusión más cierta a la que he llegado, es que si sigo indagando en este asunto de la mala leche, tendré que empezar a buscar editorial.

¿Y tú, qué tipo de malote crees que eres? ¿Incluirías algún otro tipo en esta clasificación? Házmelo saber en tus comentarios.

Gracias, buena persona.

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