Recuerdo cuando tenía un huerto y lo trabajaba lo mejor que sabía. Podía pasarme horas regando, podando, limpiando, observando… Pasaba calor, sudaba, me ensuciaba la ropa, el pelo limpio de hacía sólo unas horas… A veces necesitaba unas atenciones que no me apetecía darle en ese momento, pero lo hacía y notaba que, de alguna manera, la naturaleza me lo agradecía.

ImagenCuando las matas crecieron y tanto las hojas como los tallos tomaron texturas diferentes,  mi piel (en su línea) creyó conveniente defenderse y me salía sarpullido cada vez que me rozaba cualquiera de mis plantas. Aun así, bajaba a trabajar casi a diario. Cada vez tenía que hacer esas labores más tapada y, a la vez, cada vez hacía más calor, a medida que se acercaba el verano.

ImagenDaba igual que estuviera 5 minutos o 2 horas. El resultado siempre eran ronchas y picores en los brazos que se iban pasada una hora aproximadamente.

Pronto empezó todo a dar sus frutos casi a la vez: tomates, berenjenas, pimientos… de colores y sabores que no existen en el mercado. Hortalizas que no dejaban de crecer y alimentarme cada día obligándome a inventar nuevas recetas para aprovechar todo lo que mis manos y la tierra habían sabido dar.

ImagenDisfruté cada momento con las labores más tediosas y las que más me entusiasmaban.

De la misma manera que hacia con el huerto, así siento todo lo que hago.

Así voy a vivir esta nueva etapa de mi vida: trabajando día a día para conseguir lo que quiero, en lucha constante y plácida, para obtener, al fin, lo que yo misma he elegido para forjar mi vida a mi gusto piedra a piedra.

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