Imagen

Antes de contarlo, me he asegurado de que alguien se acuerda de algo que viví algunas veces el año pasado.

Buscaba piso y encontré uno enorme, luminoso, céntrico, reformado y a buen precio. Allí me encontraba a gusto y durante cortos periodos, tuve alguna que otra compañía, pero la mayor parte del tiempo la pasé sola.

Varias veces oí un piano. A veces, por la tarde; otras veces, por la noche, no demasiado tarde. Nunca supe de dónde venía, pero siempre me daba mucha paz, hasta el punto de casi dormirme en el sofá. Tampoco identifiqué ninguna de las piezas que tocaba, pero lo hacía con gran maestría. Incluso llegué a pensar que no tocaban, sino que alguien ponía cds de música clásica. Pero las pausas no eran propias de ninguna grabación. Fuera lo que fuera, lo disfrutaba cada vez que ocurría hasta el punto de dejar lo que estuviera haciendo para sentarme a escucharlo.

Hoy he coincidido con las inquilinas del año anterior. No sabemos cómo lo hemos sabido, pero enseguida hemos sentido que nos conocíamos, que había algo que nos unía y una de las chicas ha dado con la respuesta. Nos preguntamos por nuestra relación con el casero, nos contamos los desperfectos del piso, las ventajas e inconvenientes de sus dimensiones, etc. Les he contado que la mayor parte del tiempo viví sola. Y claro, una ya se espera la pregunta que todos repiten cuando alguien recibe esa información: “¿Y no te da miedo?” Y mi respuesta es siempre la misma: “no, para nada, estuve muy a gusto, muy tranquila…” Y, entre anécdotas y risas, finalmente, una de ellas me ha dicho: “¿Te contaron alguna vez la leyenda del fantasma que tocaba el piano?”

Nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera ser en mi propia casa porque, entre otras cosas, allí no había ningún piano. Pero lo malo no es eso. Lo complicado sería contarles que disfruté de escucharle y que lo echo de menos.

Anuncios