Hace dos años que recuerdo el 8 de octubre de manera muy especial.

Aquel año fue sábado.

Llevaba meses ensayando con un grupo de teatro al que acababa de conocer. Ya nos seguíamos la pista mutuamente, pero aún no habíamos trabajado juntos de esta manera.

ImagenHacía unos meses que había recibido un e-mail bastante honesto de Nono preguntándome si le daba el sí a hacer un papel secundario en una obra que estaba preparando, confesando, además, que yo no había sido su primera opción. Agradecí a quien fuera que decidió no hacerlo para dejarme su puesto. Nada me entusiasmaba más que trabajar con quien, más tarde, se convertiría en mi mejor amigo. A él parecía pesarle no haber contado conmigo antes, pero nunca podrá imaginarse la sonrisa con la que leí su e-mail.

Había formado parte de un loco reparto de otra aventura en la que Nono apareció tarde pero a tiempo. Necesitaba trabajar con él de nuevo, con menos atropellos, o con más, ¿quién sabe? pero con más tiempo de disfrutar de su experiencia en las tablas.Imagen

Para entonces ya hacía 11 años que disfrutaba de subirme a un escenario al menos una o dos veces al año. Me había acostumbrado a trabajar de la misma forma, aunque había podido saborear la manera de trabajar de un grupo de Granada, en mi primer año de universidad.

Desde las primeras líneas del e-mail al que, por supuesto, dije que sí, ya supe que todo iba a ser diferente a lo que estaba acostumbrada a ver y a hacer. Sentí la fuerza, la valentía y las ganas de descubrirme a mí misma como hacía tiempo que no lo hacía.

Antes ya me habían dirigido otros, pero con él descubrí que una forma más acorde, personal y empática era posible. No sólo se ponía en la piel de cada personaje para dar sus indicaciones, sino que también lo hacía en la piel de cada uno de lo que estábamos allí, ajustando sus orientaciones a la personalidad de todos nosotros, a lo que nos podía y no nos podía pedir, con lo que nos sentiríamos cómodos, unificando persona y personaje en plena armonía.

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Y de esa manera se formó un grupo, sin nombre y sin apellidos como tal, pero con ganas de hacer lo que nos gusta. Un grupo de gente que disfruta del teatro y procura que sea realmente una afición, algo que nos dé motivos para reír y pasar un buen rato juntos.

En mis años de experiencia he pasado por diversas agrupaciones culturales y sé lo complicado que es conseguir un equilibrio entre todos los componentes. Siempre habrá alguien con quien seas más afín y otro con quien lo seas menos. Pero lo que sí saqué en claro del grupo de El sí de las niñas es que se puede conseguir un ambiente de eso tan desconocido que se llama fraternidad.

De allí me llevé la mejor experiencia interpretativa. He tenido papeles más intensos, más largos, más importantes. Sin embargo, el que hice aquí, ha sido el que más me ha marcado de todos, porque aunque no era uno de los que tenía más peso en la obra, con la ayuda de Nono supimos hacerlo grande. Yo, entre otras cosas, solía pensar que no iba conmigo hacer risas estudiadas. Y, de nuevo, se me rompieron los esquemas. Me tocó sacar, con Rita, mi personaje, el lado humorístico de la obra. Eran gracias sutiles y temblaba sólo de pensar que no sabría transmitirlas. A pesar de mostrarme insegura en este aspecto, lo pude hacer y el gran público que tuvimos la suerte de tener esa noche supo responder a todo con la mejor y más sana carcajada que ha llegado a mis oídos desde el patio de butacas.

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Me llevé, como ya he dicho, una experiencia sin igual a nivel artístico; el mejor comentario de mi padre al respecto y una amistad sin dobleces, entre otras cosas.

Y si estas palabras no han dicho lo suficiente,  lo dijeron mis lágrimas por ser la primera y también la última vez que he llorado a la bajada del telón. Lloraba de emoción, toda yo era un renacimiento. Así lo sentía y así ha sido que desde entonces no he hecho nada que no me recuerde a aquellos días de calor sofocante en el salón de actos de un instituto, a aquel ensayo en el teatro dando pasos grandes a los que teníamos que habituarnos en sólo un día, aquellas risas verdaderas, las pruebas, de vestuario, los chistes, los momentos entre bambalinas…  aquella complicidad por parte de todos.

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Gracias a todos y cada uno de los que lo hicisteis posible. A quienes me acercaron a Nono y a su familia, ya sea desde el carnaval o desde la banda del Cristo. Al público de aquel día. A mis padres, por venir adonde sea que se me antoje actuar. A Rafa, por las fotos tan acertadas con las que revivo aquellos momentos. A Manu, porque yo no te conocía y cuando salí a saludar tu aplauso sonó por encima de todos y supe que eras tú. A Enrique, que te dejaste en el aire el beso que te mandé cuando te vi de pie. A Raquel, que se conocía el teatro y se coló hasta detrás del escenario para abrazarme nada más terminar. A Arturo, que estuviste sin estar y me diste consejos que me valen para siempre. A Chele, por saber captar la esencia en cada vídeo y en cada foto y por consentirme resumir mi experiencia en 5 caprichosos minutos. Y a todo el reparto: Ana, Saúl, Marta, Merce, Pablo y Fernando, por darme la mano desde el primer día.

Entre todos me habéis demostrado que merece la pena esforzarse por mantener vivas las pasiones que nos mueven y nos mantienen erguidos. Aprendí que hay una forma mejor de trabajar cuando el objetivo no es más que el disfrute, tanto de uno mismo como de un público.

Cierto es que el aplauso es la mayor recompensa que te pueden dar cuando te involucras en una actividad como esta. Pero también es verdad que ese año yo ya me sentí premiada con el equipo con el que tuve el placer de trabajar.

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