ImagenNos creemos todo lo que nos cuentan.

Cada año, al acercarse el 21 ó 22 de septiembre nos van amenazando con una estación que probablemente sólo exista unas semanas y lo hace ya mezclándose con la siguiente. Pero nosotros sacamos la manga larga y las botas, aunque todavía no haya valor ni excusa real para calzárnoslas.

Hoy iba paseando por el pueblo, con los brazos y parte de las piernas descubiertas, aun a medianoche. Se sabe que es otoño porque no hay familias (si es que acaso había alguien) por las calles. Todavía se mantiene en verano la costumbre de salir de noche a la puerta “a tomar el fresco”. Hoy, ni gente, ni fresco.

Mi pelo (rara vez recogido), mi ropa, el sudor, las salamanquesas que trepaban muros y farolas… todo contradecía a los homicidas del verano.

Pero lo que más me extrañaba de todo es que al sonido de mis pasos no le acompañaba el crujido de ninguna persiana con ojos. Los fisgones duermen ya.

¿Será verdad que ha llegado el otoño?

 

 

Anuncios