Desde las alturas se veía seductor.

Alzaba el brazo para probar, palpando, cuál era la mejor de todas. Yo aún era de las más pálidas. Pasaron varias semanas hasta que vi de cerca el hueco de su mano. Sus dedos se posaron sobre mí, yo ya no sentía mi peso. Era, de alguna manera, un alivio. Nadie me había tocado antes. Cada vez se me hacía más difícil sostenerme y más de una vez pensé que me dejaría caer, cansada, como ya lo habían hecho otras. La tierra apagaba sus voces y yo no alcanzaba a escuchar si era, o no, mejor destino. Arrullada en una de sus manos, noté cómo hacía presión con sus dedos sobre mí. Un giro, un tirón. Y yo ya no era yo.

Feliz de haber sido elegida, desprendida de mi sustento, me dejé mecer sintiendo el calor de su piel con mi piel. Dormitaba, sonreía… sí, también sonreía, las manzanas no sólo nos sonrojamos.

Sumida en el placer de sentirme valorada, fui dejándome amarrar, como si fuera una elección que yo misma hubiera hecho.

Él me miraba, me acariciaba, exhalaba su aliento cálido sobre mí y me frotaba, a veces con su camiseta; a veces, con su pantalón.

No pasó mucho tiempo hasta el primer bocado. Le gustó a él más que a mí. Me gustaba darle placer, pero necesitaba defenderme, teñir mi carne jugosa de algún color para protegerla. Fui mengüando, fui perdiendo fuerzas, mientras él me sostenía con ímpetu, entre la boca y las manos. Ya había pasado todo cuando miró mi corazón desnudo por última vez. Sorbió algo más del jugo y me lanzó con fuerza hacia ninguna parte.

No me dio las gracias.

Un perro me olisqueó. Unos niños jugaron a darme patadas durante más tiempo del que podía soportar. Fui dejando un rastro de lágrimas en todo el recorrido, pero a nadie le importaba. Sólo al perro, que las lamió hasta no dejar huella.

Cada vez más consumida, me fui dejando llevar por el viento, por algún animalillo, por alguna patada de quién fuera… hasta ningún lugar.

Sólo quería que me tragara la tierra. Y un día ocurrió. Casi cuando ya no tenía cuerpo que proyectara sombra alguna, yacía en mi no-lugar esperando no sabía qué. Y empezó a llover. Mi sequedad a la intemperie se convirtió en oscuridad húmeda, protegida al fin. Volví a sentir que me acariciaban, esta vez, de verdad. Me acariciaban y acariciaba yo. Noté que empezaba a cambiar, que me empezaba a sentir fuerte, más enérgica y viva que antes.

Pasaron meses y vi la luz. Broté lo justo sin saber que ya era inevitable, que el movimiento era únicamente hacia adelante. La lluvia volvió a mimarme varias veces más. Tantas, que ya voy desperezándome, estirando brazos y dedos y adornándome con otros matices. Creciendo, sintiéndome bella, querida, cuidada, libre.

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