“Cómo hablar” es la canción que sonaba en la radio cuando arranqué para salir de Linares. Tú estabas al lado para indicarme la salida y, lo sé, para alargar la despedida de unos días, de nuevo, muy especiales. Unos días en los que, pasando mucho de un “¿por qué no salís?”, nos hemos dedicado a querernos, a hablar, a respirar con los ojos, a cogernos los pies mientras hablábamos una enfrente de la otra en el mismo sofá. Y “¿cómo hablar?” de algo que se disuelve entre palabras porque no lo abarcan. Algo que es más grande que nosotras. Huyo de los tópicos. Me niego a un “las palabras se quedan cortas”, si bien lo hacen. Necesito verbalizarlo por especial, aunque me falten herramientas (cuando no tenía cera color carne, pintaba con naranja muy flojito). Se busca una las formas. Y tampoco “sobran las palabras”. Eso es muy de gandules. Intuyo que lo sabes porque lo has vivido, pero quiero que tengas claro que también lo he vivido yo. Y ahora que no te veo, lo que tengo son palabras.

Estas cosas no se saben cuándo pasan ni cuánto duran, pero yo ahora lo tengo y pocas cosas siento tan ciertas como que en ti tengo una amiga. Certeza que, hay corazones inútiles que, convierten en celos y miedos. El mío lo vive con tranquilidad, con la misma con la que un día, sin pensarlo, nos encontramos (“al otro lado del arcoíris” ¿es muy cursi?).

Por eso, amiga, aunque quise intentar no dedicarle una entrada en mi blog a nadie, lo hago. Prometí repetir errores y aciertos de blog a blog. Y tú te lo mereces. Y yo elijo.

“Suave buscando los mares del sur”.

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E.H.F.

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