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Hacía tiempo que no podía disfrutar de una de mis grandes pasiones. Sí que lo he hecho como actriz, pero no tanto como espectadora.

Esta semana he tenido la oportunidad de asistir a dos funciones tan dispares como significativas: “El Lazarillo de Tormes”, con Rafael Álvarez, “El Brujo”, devorando el escenario; y “Engáñala, Constante”, por “Alba Urgavo”, el grupo en el que di mis primeros pasos en el mundillo de la interpretación.

Mi gran amigo Nono me dijo que venía “El Brujo”, que ya había triunfado aquí hacía seis años y que se le esperaba desde entonces. Yo, a cualquier acto cultural, respondo sin mucha emoción pues, normalmente, son los fines de semana y ya es sabido que aprovecho para ahuecar el ala. El domingo, por casualidad, Nono me habló con entusiasmo de “la obra de mañana”. “¿¡Mañana lunes!?” pregunté en voz alta, aunque la conversación era por whatsapp. Al día siguiente me haría con una entrada, sin falta.

De camino al trabajo, pasé por la biblioteca para ver el cartel y asegurarme de la hora. “Entradas agotadas”. Siempre me ha gustado leer ese cartel cuando me toca a mí jugar a ser otra persona, pero no es del mismo agrado cuando no formo parte de ese juego desde dentro, sino desde la otra orilla. La representación era a las 22:00, mi memoria fotográfica así me lo dijo, porque yo ya no tuve ánimo para mirar nada más, salvo la cara del actor que parecía reírse de mí.

Decidí pasar por el teatro a eso de las 21:15, alguien podría haber devuelto la entrada a última hora, anular, no asistir… Pregunté amablemente y el señor que vendía (bueno, comprobaba) las entradas me dijo que si tenía mucho empeño, al ser yo sola, podrían añadir una silla en el segundo palco, pero iba a verlo regular. “Pues que pague regular”, dijo alguien detrás de mí. Conozco bien el teatro y no me apetecía verlo desde esa posición, pero me lo pensaría. Le dije que quizás volviera más tarde. Lo hice. A las 21:45 volví suponiendo que me indicarían el lugar donde habían puesto mi silla. Así lo hicieron pero, cuál fue mi sorpresa, que la habían añadido a una fila en el patio de butacas. Agradecida, me senté procurando no hacer ruido ni bulto por si era un error y yo no debiera estar allí.

Empezó. Empezó y acabó y gocé como nunca, antes, durante y después. No es común ver esa calidad interpretativa, esa naturalidad y esa complicidad con el público. Pocas veces se trabaja de esa manera un clásico: respetando la esencia pero adaptándolo a los tiempos. A mis alumnos (soy profesora de inglés) les insisto siempre en que la traducción, no se debe hacer literal. De hecho, la titulación bien dice “Traducción e Interpretación”. Requiere adaptar los textos al idioma correspondiente y su cultura. La misma concepción del término “interpretación” debería llevarse a cabo cuando se lleva a escena un clásico. No hace falta ser rancio, se puede respetar la literatura, al autor y a la época respetando también ésta en la que vivimos y haciéndolo todo más atractivo y menos pedante. Pero hay que saber medir cuándo es demasiado, para que no ocurra como nos ocurrió a mi amiga Carmen y a mí mientras veíamos en la universidad una obra titulada “Rapsodia La Vida Es Sueño”, en la que no supimos qué parte de la misma era de Calderón, aparte de algo del título y el nombre de los personajes. ¡La cara de tontas que se nos quedó! Algún día hablaremos de esto…

No hace mucho que me di cuenta de que este verano tenía un festivo: día 15 de agosto. Mis compañeros del primer grupo de teatro del que formo parte, actuarían, como siempre, 12, 13 y 14. Librando el 15, podría escaparme el día de antes, aunque estuviera varios días yendo y viniendo, pues volvía a trabajar el viernes y, por la tarde, como viene siendo costumbre, saldría de nuevo de aquí.

Pregunté por una entrada, quería verlos “como una señora”, desvincularme, de manera figurada, de mi conexión con el grupo y verlo como una espectadora más. Antonio insistía en que tenía entrada en zona preferente. “No, quiero en el patio de butacas”, yo ya sé lo que es “zona preferente” para los componentes del grupo. Otras veces he subido a la cabina del técnico a verlo desde allí, pero por dejar butaca libre. Esta vez quería ser parte del público y sentirme como tal, pero llegué tarde. Estos también son de colgar el cartel de “Entradas agotadas”. Así pues, me colé entre las camisetas azules que me hicieron un hueco para poder disfrutar de la actuación del primer grupo del que formo parte.

Noté que algo estaba cambiando allí también en la forma de actuar. Lo que normalmente hacemos no es lo que más me gusta hacer o ver. Pero estos son “los míos” y me entraron unas ganas terribles de colarme en escena, de hacer posible, al año siguiente, volver a actuar con ellos. No he hecho nada con Irene, ni demasiadas cosas con Carmen, con ninguna de las dos Cármenes, porque con la de siempre, nunca ha sido suficiente. Y, hoy por hoy, tengo claro que volveré a darle un mordisquito a esas tablas que tanto me han dado. Aunque cuento con la seguridad de haber dejado claro desde el principio que si no lo hago, no es por falta de ganas.

Así resumo una semana teatralmente activa ya que, desde arriba o desde abajo, estaré siempre al servicio de ese monstruo seductor. Con la sangre caliente por los nervios y los focos o bien por la risa y el aplauso.

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